
Primer episodio: Cuando se aprobó el plan fiscal en diciembre del 2018, quienes lo impulsaron y aprobaron dijeron que era necesario para el bienestar del pueblo. Sin embargo, en esa negociación nunca se tomó en serio las voces que tenían opiniones diferentes sobre el plan que estaba en discusión. El plan machote se convirtió finalmente en ley con una participación en trilogía, tanto del gobierno, como de los sectores empresariales más organizados, y de las fracciones legislativas mayoritarias, respaldado por importantes medios de prensa. Ahora estamos en la etapa de la implementación y muchos de los que aplaudieron ese plan se arrepienten. Las expectativas de recaudación y de solución al problema fiscal mantienen severos signos de interrogación. Los economistas y la poca experiencia del gobierno, no contemplaron las variables políticas y psicológicas que acompañan este tipo de decisiones, y en el país reina la incertidumbre y la desconfianza. El plan fiscal se aprobó en nombre del pueblo, supuestamente para beneficiar al país. El gobierno y los partidos se felicitaron, algunos factores de poder se complacieron, y el pueblo, el hombre y la mujer de carne y hueso, los empresarios pequeñitos, pequeños y medianos, y la masa trabajadora formal e informal se quedaron en medio, con la vista fija en un horizonte lleno de nubarrones. De nuevo el pueblo quedó atrapado como en bisagra, sin voz y sin destino, porque la democracia participativa que prescribe nuestra constitución política, es para algunos solo representativa. Gobernar es más que conquistar el poder, es orientar y articular la sociedad desde el poder con una idea de país marcando rumbo.
Segundo episodio: Hace tres años un grupo de ciudadanos de todas las corrientes políticas y civiles se constituyen en un movimiento, para solicitar al Tribunal Supremo de Elecciones autorización para plantear un referéndum, a fin de consultar al pueblo, si avala o no, na convocatoria a la Asamblea Constituyente para reconstruir la institucionalidad del aparato público nacional que está haciendo aguas. La solicitud ciudadana se hace en virtud de que las dirigencias políticas, solo proponen parches y remiendos mediante reformas parciales, estimando los promotores que es mejor una visión holística y con ello ir a una definición popular sobre una reforma integral, especialmente relacionada con la organización del Poder. El TSE conoce la solicitud y en virtud del cumplimiento por los interesados de todos los requisitos para un referéndum, dispone avalar la consulta, y entrega los folios sellados para la recolección de firmas exigida por la ley. Una ciudadana presenta una acción de inconstitucionalidad contra la decisión del TSE, y a pesar que el TSE le dice a la Sala IV que no debió haber admitido la acción porque no es competente, y que la Procuraduría General de la República también le señala a la Sala Constitucional el mismo argumento, de manera sorpresiva y sin dar audiencia necesaria a los interesados, que prescribe la Ley de Jurisdicción Constitucional, declara con lugar la acción y comunica por la prensa del Poder Judicial la resolución, aún no notificada en su integralidad. Entretanto los miembros del movimiento ciudadano ya habían recogido más de 50 mil firmas, y acuerdos de apoyo de más de 60 Consejos municipales del país. Otra vez, la ciudadanía atrapada. Un Poder de la República, el TSE autoriza la recolección de firmas, y un Tribunal del Poder Judicial, la Sala IV, desautoriza la recolección de firmas. De nuevo el pueblo, en este caso miles de miles de costarricenses silenciados por 7 personas que se brincan los derechos políticos y humanos de participación, que la misma norma constitucional exige, irrespetando al soberano. La Sala Constitucional toma una decisión política que podría incluso ser constitutiva de prevaricato de quienes votaron acogiendo la acción, y cercena el derecho de participación política de los ciudadanos.
Tercer episodio: Llegamos al mes de agosto del 2019, y se genera una huelga de los trabajadores organizados de la salud, especialmente de la CCSS, que reclaman la no aplicación de la regla fiscal como estandarte, y también el respeto a un acuerdo previo de principios de año entre las autoridades de la CCSS y sus trabajadores que tienen que ver con pluses y salarios. La huelga suspende servicios de salud, y se acumulan faltas de atención para los costarricenses que recurren a la seguridad social. La huelga se hace en nombre no solo de los trabajadores de la CCSS, sino del pueblo, aduciendo además los peligros de una privatización de la CCSS. Finalmente y después de varios días de negociación, el Gobierno, las Autoridades de la CCSS y los Sindicatos, llegan a un acuerdo que cesa la huelga a cambio de la aceptación de una serie de demandas de los sindicatos, cuyo contenido no es objeto de este artículo. Lo que me interesa es de nuevo señalar, que el acuerdo es entre el Poder y los trabajadores de la CCSS, por medio de los Sindicatos, pero el gran pueblo, es decir los miles y miles de asegurados tampoco nunca tuvieron la palabra ni tampoco fueron partícipes como destinatarios finales de las implicaciones de esos acuerdos. Otra vez, el pueblo, el verdadero pueblo que demanda servicios oportunos y de calidad, quedó atrapado, en medio de unos y de otros, y a la expectativa del devenir azaroso de una institución que como toda la institucionalidad del país, demanda cirugía de gran envergadura.
Señalo estos tres casos como episodios para ejemplificar, que en nombre del padre pueblo, del hijo pueblo y del espíritu santo pueblo se cometen muchos atropellos. En los tres casos concretos, el gran pueblo, el que sufre o se beneficia de las decisiones y acuerdos de las autoridades, no ha tenido la palabra formalmente expresada. Cuando se aprobó el plan fiscal los sindicatos adujeron que el Gobierno solo negoció con las Cámaras empresariales. En el caso del acuerdo de los Sindicatos con la CCSS, son los empresarios los que se quejan de que los trabajadores sindicalizados arrodillaron al Gobierno, y se comieron a las autoridades de la CCSS. Pero el verdadero pueblo, aquel que no forma parte de la UCAEP, ni de los Sindicatos; ¿dónde está, dónde lo escuchan, dónde lo atienden, dónde lo consultan? ¡Qué falta hace, por ejemplo, una organización nacional de asegurados de la CCSS, para que su voz sea escuchada cuando en nombre del pueblo se generan acuerdos entre los patronos institucionales de la seguridad social y los trabajadores ¡
Nuestra democracia tiene serios problemas de democracia. Hay una tendencia autoritaria de atender los grandes desafíos del país argumentando siempre, que se hace a nombre y para beneficiar al pueblo, pero omitiendo la participación real de la población, que efectivamente es la destinataria final, para bien o para mal, de las decisiones del poder. Existe en nuestra dirigencia política, empresarial y sindical, muy a menudo, una carencia certera de interpretación de la realidad, y una falta de verdad en el uso del lenguaje, que impide una auténtica conexión y relación con la gran ciudadanía. En una sociedad democrática, tan importante es el empresario como el sector laboral sindicalizado, pero hay que entender que existe una franja muy grande de costarricenses, que no son ni empresarios de cámaras, ni son sindicalistas, y que merecen ser escuchados y tomados en cuenta, para que no queden atrapados simplemente en los intereses de unos y de otros, pues al final esa gran población es la que en verdad recibe las consecuencias de los acuerdos y las decisiones tomadas muchas veces bajo la presión de los grupos de facto. Hay un peligroso desencuentro que debe ser motivo de reflexión. Si no hay relación y participación de todos los componentes sociales hay desintegración. El tema fiscal, el de la CCSS, y el de una nueva Organización Política Constitucional, son tan trascendentales en nuestra sociedad, que no deben ni debieron dejarse, solo en manos de los políticos y de los sectores de interés, sean gremiales o empresariales o judiciales. El soberano, esa mayoría muchas veces silenciosa, debe tener voz y exigir que sus propuestas sean escuchadas y deliberadas. Que así sea ojalá, algún día.
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