En el anecdotario político de Costa Rica, pocas figuras encarnan con tanta claridad el ideal del servidor público como don Cleto González Víquez. Médico, abogado, alcalde, diputado, presidente en dos ocasiones (1906-1910 y 1928-1932), su figura representa una Costa Rica republicana, austera y profundamente comprometida con la ética del deber. A través de su ejemplo, más que de sus discursos, dejó lecciones imperecederas para la administración pública. Una de ellas, ampliamente conocida por generaciones de funcionarios, sigue despertando admiración y reflexión.
Se cuenta que, durante su segunda presidencia, don Cleto fue informado de que cierto empleado estatal tenía la costumbre de llegar tarde a su oficina. En lugar de enviar un memorando, ordenar una sanción o delegar la advertencia, el presidente decidió actuar con una pedagogía silenciosa. Se presentó personalmente, muy temprano, en la oficina del infractor, se sentó en su silla y esperó. Cuando el empleado llegó, sorprendido al encontrar al presidente de la República ocupando su puesto, recibió una única frase:
—“No se preocupe, joven… yo solo estaba cuidándole el puesto… mientras usted llega.”
No hubo necesidad de más palabras. La escena, repetida en la memoria popular, se convirtió en símbolo de integridad, responsabilidad institucional y liderazgo ejemplar. Lejos de los desplantes autoritarios o del castigo humillante, don Cleto apeló al poder del ejemplo, recordando que quien lidera debe ser, ante todo, un modelo.
Esta anécdota no puede desligarse de su contexto. El primer tercio del siglo XX fue una época de consolidación de las instituciones republicanas costarricenses. González Víquez, formado en los valores liberales del siglo XIX, creía en la función pública como vocación. Su propio estilo de vida austero contrastaba con la tentación del clientelismo y la corrupción que ya se insinuaban en ciertos círculos políticos de la época. Como lo han señalado estudiosos del pensamiento costarricense (Obregón, 1999; Molina, 2005), don Cleto representaba la “ética del funcionario ilustrado”, opuesta al caudillismo y cercana al modelo de república cívica.
El episodio del escritorio vacío puede parecer anecdótico, pero encierra una ética profunda. En lugar de convertir el poder en distancia, don Cleto lo usó para acercarse, para corregir sin humillar y, sobre todo, para encarnar el compromiso que exigía a los demás. En su gesto, hay una pedagogía del ejemplo que la política contemporánea, tantas veces desgastada por el discurso sin práctica, haría bien en recuperar.
Hoy, cuando en diversas latitudes se denuncian ausencias éticas, negligencia institucional y privilegios desconectados del bien común, conviene recordar la imagen del presidente que llega primero y espera, no para imponer, sino para enseñar. Don Cleto no necesitó más que una silla y una frase para recordarnos lo esencial: que el servicio público no es un derecho adquirido, sino una responsabilidad diaria que se honra con puntualidad, integridad y presencia.
Referencias
- Molina, I. (2005). La formación del Estado y la democracia en Costa Rica (1870-1940). Editorial UCR.
- Obregón, C. (1999). La república ilustrada: ideología y política en Costa Rica, 1882-1914. Editorial Porvenir.
- Umaña, I. (1986). Cleto González Víquez: semblanza de un republicano. San José: EUNED.