Día mundial contra la esclavitud infantil: Reflexiones desde la Educación

» Por Lic. Esteban J. Beltrán Ulate - Educador

Imaginemos por un momento a un hombre que debido a deudas se vea en la condición de vender a su hijo de 4 años, para que este trabaje en una fábrica de alfombras. Esta fue la historia Iqbal Masih, un niño paquistaní, que luego de huir de la fábrica a los 10 años en 1992, fue asesinado en 1995, abatido por una cascada de disparos; los criminales huyeron y su historia fue asumida como símbolo de la lucha contra la explotación infantil y en su memoria se hace eco de los millones de niños y niñas esclavizados en todo el mundo.

Las condiciones de desigualdad económica conducen a la humanidad al umbral de la desesperanza; la primera crisis que afronta el ser humano es la crisis antropológica, es el olvido por preguntas fundamentales como: ¿Qué es el hombre?, y ¿cuál es el sentido de la vida?

Nuestros tiempos develan grandes paradojas: la humanidad ha logrado la fisión nuclear pero es incapaz de fraccionar el pan para al prójimo, la humanidad ha logrado caminar sobre la Luna pero ha olvidado caminar con el hermano, la humanidad ha alcanzado procesos de reprogramación celular pero es errática a la hora de reprogramar reformas económicas que permitan una redistribución de bienes y servicios en favor de todas las clases sociales, hemos encontrado el material más resistente del mundo (el Grafeno) pero seguimos haciendo sufrir con misiles “bonitos, nuevos e inteligentes” a los hijos e hijas de nuestra madre Tierra.

Son muchas las cadenas que atan al ser humano, en el fondo de una cueva donde se habita bajo la ilusión de sombras; las clases desposeídas siguen esperando mientras se desilusionan día a día, de profetas políticos y en medio de este torbellino de incredulidad, en los agujeros negros de pobreza la niñez encuentra su asiento, los sin voz de los excluidos. La niñez se encuentra vulnerable ante la esclavitud y explotación, ambos productos de una dinámica económica desigual.

La esclavitud infantil es un drama que no podemos soslayar, si bien las causas son estructurales, no podemos desplazar nuestra responsabilidad. No debemos escapar a la posibilidad de elaborar en conjunto una respuesta multigeneracional y multidimensional, personal y comunitaria. Todos somos responsables y a su vez capaces de responder al clamor de los sin voz, de la niñez que llora y espera una palabra que le ayude a levantarse y caminar en paz.

En Costa Rica, no escapamos de la sombra de la esclavitud infantil, hay un fantasma que recorre las calles de nuestro país, es el fantasma del narcotráfico y la explotación sexual. En nuestro país, niños y niñas son esclavos silenciosos, de estructuras de esclavitud al servicio de una cultura de muerte. Los hijos e hijas de nuestra tierra nunca serán parte de una guerra, pero se encuentran vulnerables ante el ataque de un ejercito invisible, que se mueve en medio de la pobreza y la desigualdad.

Frente a este ejercito silencioso, debe afirmarse la estructura liberadora por antonomasia: la educación encarnada en las voces de miles de educadores. Nuestra niñez no está sola, debemos avivar la esperanza y sembrar la semilla de la justicia, para acompañar y generar procesos de liberación ante la esclavitud de la cual pueden estar siendo parte. Si la educación no es liberadora no tiene razón de ser: ¡Educadores de toda Costa Rica, elevad vuestra palabra y avivad la esperanza y la justicia en el corazón de cada niño y niña, llamadlos por su nombre y animadlos a levantarse y caminar en paz!

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