Columna Cantarrana

Día del padre

En la novela de Newton Thornburg, Morir en California, un granjero de Illinois viaja a la costa oeste para investigar la muerte de su hijo. Según la policía, el muchacho se había suicidado: medio borracho, medio despechado, se lanzó por un risco. 

El tata, sin embargo, no se traga el cuento. 

Está seguro de que su hijo jamás se habría suicidado y poco a poco va descubriendo una trama de corrupción y decadencia: el hippismo, la política progresista, la cultura de las drogas y el glamour hollywoodense. 

La novela de Thornburg es curiosa porque, a diferencia de las abundantes tramas de Telemacos contemporáneos que vagan buscando a su padre, en este caso se trata de un padre amputado de hijo, un padre huérfano de hijo. 

No es casual que ocurra en la época que ocurre. En el fondo en eso consistió la Revolución Cultural de los años sesenta y setenta: un sacrificio masivo de muchachos. 

Ya fuera en los ejércitos sin épica que marcharon a Vietnam.  

Ya fuera en los ejércitos con épica que se internaron en las selvas para (según ellos) erigir el reino de los cielos. 

Ya fuera en la alucinada devoción lisérgica. 

Ya fuera en la alucinada devoción partidista.

Todos murieron. 

Por eso, después de los sesenta y los setenta, contrario a lo que se cree, no hubo más jóvenes: únicamente idiotas de mediana edad desesperados por vestirse como adolescentes o universitarios, hablar con su misma jerga, escuchar su misma música e incurrir en sus mismos vicios. 

La publicidad, como ya se ha dicho, es la poesía del siglo XXI y durante este fin de semana estaremos abochornados de exaltaciones afectadas sobre el heroísmo “de papá”. Nos invitan a comprarle un single malt o una parrilla. Nos inoculan severas dosis de melancolía en caso de que ya no estén con nosotros. 

Y del otro lado, los bienpensantes del rencor virtuoso sacan sus lastimeros testimonios de abandono y no falta, por supuesto, el narcisista seudokafkiano que reelabora cada junio su propia Carta al padre: todos los terceros domingos de junio se intenta abolir el capitalismo y el patriarcado a punta de reproches contra el tata propio y el ajeno.   

Está claro que desde el Génesis hay tatas bien cabrones. El Antiguo Testamento, de hecho, es particularmente pródigo en esos episodios. Pero lo cierto es que, también, hay mamás bien cabronas. 

Y hermanos y tías y primos y vecinos y compañeros de la escuela. 

No se trata de un gran hallazgo: sucede que hay gente bien cabrona. 

Sin embargo, cuando se trata de valorar la cabronidad de un tata, indefectiblemente, la insana vocación de mártires progres construye un esencialismo: el tata cabrón es cabrón porque es tata. 

Rozánov decía que sin hijos, la felicidad es una necesidad superflua. Y yo creo que sucede lo mismo con un mundo que no honra a su padre: es pura necesidad superflua. 

Así que… ¡Salud por los tatas! ¡Incluso por aquellos que son progres!

Los artículos de opinión aquí publicados no reflejan necesariamente la posición editorial de EL MUNDO. Cualquier persona interesada en publicar un artículo de opinión en este medio puede hacerlo, enviando el texto con nombre completo, foto en PDF de la cédula de identidad por ambos lados y número de teléfono al correo redaccion@elmundo.cr, o elmundocr@gmail.com.

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