Demarquía ciudadana

Foto: Sofía Chacón
Foto: Sofía Chacón

La humanidad entera atraviesa el período de cambio más veloz y potente de toda su historia. Los eventos evolucionan de manera exponencial. Y ya sea el descenso de los precios de las celdas fotovoltaicas -que conducen a la energía eléctrica gratuita-, o bien, el del costo del almacenamiento de datos, todo ocurre muy rápido. Energía solar, el Internet de las cosas, educación en línea, inteligencia artificial, “blockchain” y otros fenómenos semejantes impactarán el sistema económico para inaugurar la llamada era del procomún colaborativo, cuyas manifestaciones ya se ven en muchos campos.

Pensar que esta situación no afecta al sistema político es encerrarse en una prisión mental. Hay una reacción general contra la actual distribución de poder, los políticos, los partidos y contra la propia democracia representativa. Todo está unido. Las encuestas revelan el descenso del apoyo a la democracia. A “esta” democracia.

Hasta aquí, pareciera existir un gran acuerdo. Casi todo el mundo percibe esta situación. Lo extraño es que esta no parece alimentar una voluntad de cambio de la misma magnitud. Y tanto en las élites políticas, como en la sociedad misma, se observa algo que es casi una reacción a cambiar el orden vigente. Hablar de distintas formas de parlamentarismo o de descentralización efectiva activa un conservatismo subconsciente que se niega a admitir el anacronismo del sistema político actual.

Se piensa que la falla está en la calidad intelectual y moral de los políticos, los partidos o en los aparatos burocráticos. Esto es solo la superficie. En realidad, estamos ante un fenómeno generado por el hecho de que la era del conocimiento trajo consigo una nueva forma de creación de riqueza, lo cual suele venir acompañado de un nuevo sistema económico y la invención de una nueva forma de gobierno.

Nos estamos guiando por estrellas filosóficas  desaparecidas. El pensamiento que dio origen al orden político, económico y social de los dos siglos anteriores ya no puede sustentar un orden nuevo donde predominan la hipercomplejidad y la aceleración del cambio.

La visión reduccionista y lineal de la realidad, herramienta todavía en uso, sucumbe como método para observar un proceso que no duda de calificar de caótico porque se sale de sus ecuaciones elementales. Hoy es necesario reconocer que solo una concepción holística o cuántica, nos da las gafas para entrever el orden en el actual desorden. Las viejas palabras mágicas suelen caer como hojas muertas en otoño. José Figueres, al ofrecer nuevas ideas, consideró las palabras democracia, libertad y socialismo, como gastadas. Eso fue en la primera mitad del siglo pasado y esos vocablos se siguen pronunciando como si mantuvieran su frescura de otros tiempos.

Por ello, los socialdemócratas de Alemania no entienden como cae su partido en el apoyo popular a niveles imprevisibles. ¿Y cómo no, si los obreros industriales representan ahora solo el 10% del total de la planilla?  Las ideas sociales que lograron bienestar y mejoramiento en el siglo pasado ante la segunda revolución industrial no tienen el mismo efecto en el siglo XXI, ante la cuarta revolución industrial. Esta ya empezó a desplegar su potencia histórica. Es necesario subir para ampliar los horizontes de una nueva política.

Si tenemos un diagnóstico equivocado, no es posible pensar en soluciones correctas. Con solo ver el grado de repudio al sistema y la idea casi generalizada de  que las campañas son estrategias de manipulación, mentira y teatro, es suficiente para comprender que estamos ante un fenómeno histórico y no una falla momentánea. De uno u otro modo, casi nadie acepta un sistema electoral decadente como una verdadera democracia. Ya la gente se hartó del ritual politiquero y de la liturgia electoralista.

Mientras no se cambie la actual distribución de poder y los sistemas de toma de decisiones no se aplacará la frustración aunque se cambie la forma de elegir a los diputados. El frío no está en las cobijas.

No lo vemos claro aún, pero percibo un proceso que avanza hacia un modelo de sociedad autogobernada, donde el Estado se sumerge y se hace uno con la sociedad misma. Hay claros destellos hacia una democracia más directa.

Y si la energía solar trae consigo el modelo de generación distribuida, a cargo de millones de techos de casas, también se avanzará hacia un modelo granular de Estado, distante de los monolitos piramidales de hoy, en el que el ciudadano habrá de contar cada vez más. El poder descentralizado es una tendencia histórica imparable. Se percibe el deseo de una mayor despersonalización de la política y una despolitización de la administración.

Nada de esto puede hacerse de un día para otro, pero es preciso tener claro el rumbo que lleva la historia. Y empezar. En realidad, la era espacial comenzó cuando nuestros primitivos antecesores, ya fuera de las cavernas, empezaron a contemplar el cielo estrellado.

En la conciencia colectiva, subyace el anhelo de sustentar la armonía social y ecológica en una suerte de autogobierno ciudadano. Cuanto mejor sea la educación de un pueblo, mayor es su capacidad para vivir en un orden social de este tipo. Hacia allá vamos. Y esa debe ser la nueva estrella: una democracia más profunda que prefiero llamar demarquía ciudadana para no usar las palabras gastadas que ya no inspiran. Algo cercano al sistema directorial suizo.  Alcanzar la plenitud democrática tomará tiempo, pero es preciso arrancar ahora.

Creo que, aún ante retos tan colosales como el cambio climático,  las amenazas a la biodiversidad y la búsqueda de una nueva armonía social, el renacer político vendrá como resultado del autogobierno ciudadano. Cuán rápido sea el avance dependerá de otra transformación en el campo educativo orientada al desarrollo de la inteligencia. Un orden social más avanzado será el producto natural de la cultura y de la nueva conciencia.

Los artículos de opinión aquí publicados no reflejan necesariamente la posición editorial de EL MUNDO. Cualquier persona interesada en publicar un artículo de opinión en este medio puede hacerlo, enviando el texto con nombre completo, fotocopia de la cédula de identidad por ambos lados y número de teléfono al correo redaccion@elmundo.cr.

Los artículos de opinión aquí publicados no reflejan necesariamente la posición editorial de EL MUNDO. Cualquier persona interesada en publicar un artículo de opinión en este medio puede hacerlo, enviando el texto con nombre completo, foto en PDF de la cédula de identidad por ambos lados y número de teléfono al correo redaccion@nuevo.elmundo.cr, o elmundocr@gmail.com.

Últimas noticias

Te puede interesar...

[tipocambiocompra]
[tipocambioventa]

Últimas noticias

Edicto