La política costarricense tiene una destreza admirable para el cambio de vestuario. Lo que ayer se defendía como doctrina hoy se vende como sensibilidad, y lo que antes era un proyecto de transformación estructural hoy se empaqueta como catálogo de causas. A ese fenómeno, cada vez más visible, conviene llamarlo por su nombre. Es reciclaje ideológico. No es evolución programática, es rebranding con maquillaje moral.
Hace cuatro décadas, la izquierda, en su versión clásica, era discutible pero reconocible. Su núcleo era la economía política. Hablaba de clases sociales, propiedad, trabajo, capital, distribución, explotación, y proponía un tipo de reemplazo del capitalismo o una reforma profunda del mismo. Marx, Engels y Lenin eran referencias inevitables, no por devoción, sino porque funcionaban como gramática de un diagnóstico y de una promesa.
El problema es que el siglo XX, con su brutalidad estadística, desarmó la utopía. Los regímenes que se proclamaron socialistas o comunistas no produjeron la emancipación prometida, produjeron aparatos autoritarios, partido único, represión, censura y élites extractivas. No abolieron el privilegio, lo administraron. Cambió el dueño del poder, no la lógica del poder. De esa experiencia quedó una izquierda desacreditada, obligada a mutar para no desaparecer.
La mutación fue estratégica. A partir del auge de nuevos movimientos sociales y de agendas culturales, una parte relevante de la izquierda abandonó el lenguaje de la estructura económica y abrazó con entusiasmo el lenguaje de la identidad, el reconocimiento, el ambientalismo y los derechos como eje central. Nada de eso es ilegítimo en democracia. Lo problemático es la sustitución. Cuando el eje cultural se usa para evitar el eje material, la política deja de ser propuesta y se vuelve tribunal moral.
China ilustra esta transición con una claridad incómoda. En 1993 se incorporó en su Constitución la idea de una economía socialista de mercado. En otras palabras, mercado con partido único. Planificación selectiva con pragmatismo capitalista. El viejo catecismo fue reemplazado por un híbrido eficaz para concentrar poder y generar crecimiento, pero inútil para sostener la promesa igualitaria original. El discurso sobrevive, el modelo cambia, y el ciudadano queda sin la utopía, pero con el control.
Este contexto explica por qué se volvió popular la figura del socialista de caviar. Es la izquierda que denuncia el sistema con buena dicción, pero no renuncia a los dividendos del sistema. Señala al adversario como inmoral, mientras disfruta, sin culpa, del confort que critica. Es una estética política de alta indignación y bajo sacrificio. En Costa Rica, además, suele venir con un ingrediente adicional, el jamón serrano de la vida cómoda, la coherencia flexible y la moral acomodadiza.
Con esa lente, el panorama local se ordena rápido. Hay tres marcas que, con símbolos distintos, tienden a operar con un mecanismo parecido. El puño y la rosa liberacionista, asociada a la socialdemocracia. La bandera amarilla del Frente Amplio, que se presenta supuestamente como izquierda democrática. El partido ciudadano, el PAC, que ha construido identidad alrededor de la ética pública y un progresismo de causas. Tres máscaras. Un mismo libreto cuando se trata de convertir agendas en sustituto de ideología y marketing en sustituto de modelo.
El PLN, en su estatuto, se define como democrático y socialdemócrata. Esa identidad, en su momento histórico, tuvo contenido, Estado social, institucionalidad y pacto social. Con el tiempo, sin embargo, el PLN se consolidó como maquinaria atrapalotodo, capaz de adaptarse a casi cualquier clima, siempre que la brújula electoral lo pida. El puñu y la rosa no desaparece, se usa. Se saca cuando conviene y se guarda cuando estorba. El resultado es una socialdemocracia como etiqueta, no como programa verificable.
El Frente Amplio, por su parte, se define sin rodeos en su estatuto como socialista, feminista y ecologista. Su claridad identitaria es un mérito formal, pero su talón de Aquiles aparece cuando la moral sustituye a la ingeniería de políticas públicas. Las sociedades no se administran con adjetivos, se administran con instituciones, incentivos, presupuesto, productividad y ejecución. Cuando la política se reduce a la superioridad ética, la izquierda se vuelve un club de pureza discursiva, no una alternativa de desarrollo.
El PAC se construyó como partido de ciudadanía, ética y reforma democrática, y su propio estatuto enfatiza valores como la paz, la defensa del ambiente, el desarrollo sostenible, la igualdad y la no discriminación. Ese marco, en abstracto, luce impecable. El problema es que una colección de valores no equivale a un modelo de país. Cuando la agenda se vuelve el sustituto del programa, la gestión termina chocando con la realidad fiscal, la seguridad ciudadana, la productividad estancada y un Estado que promete más de lo que puede ejecutar.
En los tres casos, el patrón se repite. Se privilegia el conflicto simbólico porque moviliza rápido y cuesta poco. Se encienden guerras culturales porque permiten dividir al país entre virtuosos y culpables. Se fiscaliza al adversario con ferocidad y se exime al aliado con silencio. Se grita en causas con alto rendimiento emocional y se omiten otras con costos políticos, incluso cuando la evidencia es igualmente dramática. Es selectividad moral convertida en estrategia.
Costa Rica, mientras tanto, no se gobierna con hashtags ni con catecismos reciclados. Se gobierna con coherencia, números, prioridades, y con la valentía de decirle al país lo que cuesta cada promesa y lo que implica cada decisión. El electorado tiene derecho a exigir una auditoría intelectual básica. Qué Estado se propone, cuánto cuesta, quién paga, qué se recorta, qué se protege, qué se reforma, y en qué plazo. Sin esa respuesta, la izquierda se vuelve utilería electoral, y la socialdemocracia se vuelve nostalgia.
Lo más revelador es que, en los últimos años, el Partido Liberación Nacional, el Frente Amplio y el Partido Acción Ciudadana han terminado caminando en fila india cuando se trata del guion cultural progresista. Han compartido causas, consignas y tonos, a veces con los mismos diputados rotando entre comisiones, dictámenes y plenarios, como si el debate fuera una puesta en escena donde todos conocen el libreto y se reparten los papeles. Cambian los colores, pero la agenda se repite, y hasta las risitas de complicidad parecen las mismas, como si todos compartieran el mismo caviar, el mismo jamón serrano y hasta el champán, mientras le explican al país cómo debe pensar.
El resultado de esa convergencia no es una alternativa de desarrollo, es una burbuja política que habla mucho de derechos y poco de Estado eficaz. Costa Rica vivió una larga etapa previa a Rodrigo Chaves, de 2010 a 2022, con gobiernos del PLN y del PAC, mientras el Frente Amplio se consolidaba como referente parlamentario de esa misma sensibilidad. La promesa era modernizar, transparentar y transformar, pero la realidad dejó un Estado más caro que efectivo y una ciudadanía más escéptica que representada. Lo irónico es que los reportes recientes del Fondo Monetario Internacional resaltan que, en el periodo 2022 a 2024, el crecimiento real promedió alrededor de 5 por ciento anual, la deuda pública cayó unos 8 puntos del PIB y los indicadores sociales mejoraron, incluida una reducción de la pobreza. (FMI, Artículo IV 2025). El Banco Mundial reporta un crecimiento del PIB de 4,3 por ciento en 2024. (Banco Mundial, 2024). El INEC informó que la pobreza por hogares se ubicó en 15,2 por ciento en 2025. (INEC, ENAHO 2025). Los números hablan, y por eso hoy la vieja trilogía progresista intenta diferenciarse a gritos, aunque en campaña se ve cada vez menos la diferencia.
Quien escribe sostiene una tesis simple. El reciclaje ideológico no es una opción moral superior, es una forma elegante de evitar la responsabilidad de proponer un modelo completo. El puño y la rosa, la bandera amarilla y la agenda ciudadana pueden seguir compitiendo en el mercado de símbolos. Pero la democracia, si quiere sobrevivir con dignidad, debe exigir proyectos que resistan preguntas duras, que sostengas datos duros y no solo aplausos fáciles.