Columna Cantarrana

De Viviana Gallardo al mae necio de Twitter: la clandestinidad como narcisismo

» Por Fabián Coto Chaves - Escritor

Freud lo entendió todo desde el inicio: la socialización humana se funda en el complot del Hijo contra el Padre. Es decir, no es raro que en el tuétano mismo de nuestros tabús y nuestros rituales se encuentre la sospecha de que el prójimo, incluso uno tan amado como el primogénito, perfectamente nos la puede montar en el momento más impensado. 

En Roma, por ejemplo, Salustio consideraba los complots y los contracomplots como el verdadero motor de la historia. Luego, ya se sabe, Carlitos Marx agarró esa misma consideración y le puso el pomposo nombre de lucha de clases y desarrolló un potentísimo sistema de pensamiento que aún hoy no logramos sacarnos de encima.   

Pero era, básicamente, lo mismo: una visión policiaca de la historia.  Ahora bien, independientemente de si uno es policía o ladrón, esta visión policiaca de la historia implica siempre la existencia de conspiraciones y, naturalmente, de conspiradores. Hablamos, según sea el caso,  de judíos, protestantes, jesuitas, aristócratas, masones, nazis, comunistas, ambientalistas, gachos, gays, ultraderechistas y, por supuesto, los más atroces de todos, reguetoneros que cantan con autotune. 

Sucedió desde las visiones del Apocalipsis al asalto al Capitolio, del milenarismo al Gran Miedo, de Los sabios de Sion a Elon Musk. 

Una interpretación binaria, maniquea del mundo. 

Saprissa y La Liga.

Coca y Pepsi.

Nintendo y Sega. 

Surge, entonces, en el corazón mismo de la antinomia, un rasgo que resulta particularmente llamativo. Un rasgo relacionado con algo que bien podría ser un narcisismo de las diferencias menores. Una cierta racionalidad complotada. Una suerte de rebeldía primitiva. Una insana autocomplacencia del tipo “Soy el mae al que siempre le mandan boleta”

Me refiero, pues, a ese regodeo insano de la oveja negra. 

Me refiero, pues, a la delectación por la actitud clandestina, cuyo correlato, desde luego, es el delirio de persecución. 

Porque ser perseguido, cuando la totalidad del espacio social se ha transformado en exhibición, representa una verdadera distinción. 

Como los muchachitos de familias bien que integraban la guerrilla montonera en Argentina y que, desde el gobierno de Los Kirchner, dejaron de ser terroristas para convertirse en militantes. 

Como la muchachita de familia bien del Liceo Franco que participó en acciones que incluyeron bombas, asesinatos y asaltos y que, de un tiempo para acá, dejó de ser terrorista para ser activista. 

Como el mae necio de Twitter que un día sí y otro también alega que oscuros ejércitos de troles lo persiguen y lo atacan y lo amenazan de muerte. 

Joaquín de Flore, un monje italiano de la Edad Media, efectuó una curiosa periodización de la historia. Decía que existía un reinado del Padre (periodo de los judíos), un reinado del Hijo (periodo de los cristianos) y que, por último, vendría un reinado del Espíritu (de la reconciliación). Las interpretaciones históricas basadas en interpretaciones de las escrituras, ciertamente, no gozan de buena salud en estos días. Es más, desde hace mucho impera una cosmogonía según la cual el universo entero es ajeno a nuestros ruegos y plegarias. Y quizás por eso en el delirio de persecución reside la nostalgia de Dios. 

Tenemos un miedo espantoso de reconocer que los guerrilleritos de los setenta no eran más que un puñado de asesinos desquiciados que pretendían erigir el Reinado del Espíritu a punta de bombas y consignas comunistas.

Tenemos un miedo espantoso ante la posibilidad de que nuestra existencia sea una bagatela,  que la vida pública simplemente se diluya en el infinito y en el Big Data, que no le importemos ni a la NSA ni al FBI ni a Facebook ni a Google ni a los rusos ni a la DIS ni a los troles. 

Detrás de la puerta, seguramente, no hay nadie escuchando. Solo hay indiferencia y, a lo mejor, un puñado de plegarias apiladas en la esquina, a la par de la maceta donde dejamos esa llave que nadie robará. 

Y eso a muchos, al parecer, les provoca un vértigo perturbador. 

Los artículos de opinión aquí publicados no reflejan necesariamente la posición editorial de EL MUNDO. Cualquier persona interesada en publicar un artículo de opinión en este medio puede hacerlo, enviando el texto con nombre completo, foto en PDF de la cédula de identidad por ambos lados y número de teléfono al correo redaccion@elmundo.cr, o elmundocr@gmail.com.

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