Cuando Tespis se subió al escenario en la antigua Grecia, rompió un molde milenario: por primera vez un ser humano se atrevía a representar a otro, a cuestionar mitos, y a poner voz a los personajes del poder divino. En ese momento, nacía no solo el teatro, sino también la crítica. Y con ella, las primeras incomodidades del poder ante el espejo de la verdad escénica.
Siglos después, en pleno 2024, Canal 7 y El Chinamo se enfrentan al mismo dilema que Tespis: ¿tenemos derecho a usar el arte esta vez la sátira para criticar al poder?
La Sala Constitucional (Sala IV) ha respondido con claridad: sí, tenemos ese derecho, y retirarle la pauta publicitaria por hacer humor político es censura indirecta, y por tanto inconstitucional.
La historia se repite: antes fue Tespis enfrentando a los filósofos que temían el efecto de las emociones en el pueblo; hoy son programas de televisión enfrentando castigos económicos por hacer reír con crítica social.
Pero el teatro y con él, la libertad de expresión nunca fue para complacer al poder, sino para interpelarlo. Para recordarnos que no todo lo solemne es justo, y que la democracia necesita voces incómodas para respirar.
Celebremos este fallo como una victoria histórica, no solo para el canal, sino para toda la ciudadanía. Porque si el arte no puede cuestionar, entonces estamos perdiendo más que entretenimiento: estamos perdiendo libertad.