
Es bien conocida la tendencia (más presente en algunos regímenes que en otros) de crear y alimentar mitos y narrativas que, a la manera de las producciones literarias o cinematográficas, sirvan de contexto para justificar o glorificar las actuaciones del poder político. En buena teoría, el arte de un “mito político” se basa en la credibilidad: entre más se conecte con los valores, actitudes y rasgos de la ciudadanía a la que va dirigido, y entre más cómoda la hagan sentir, más efectivo resulta.
En nuestro país, por ejemplo, la democracia y el pacifismo tienen prácticamente el rango de mitos nacionales, que no concuerdan para nada con muchos episodios de nuestra historia, pero que al ser creíbles y ofrecer una sensación de comodidad, han dado cohesión e identidad a nuestra sociedad y han direccionado sus actitudes en ciertos momentos. En el plano económico, el estatismo ha adquirido también dimensiones de “mito” en nuestro país, de la mano con la idea de que la participación del Estado tiende a distribuir más equitativamente la riqueza (y no las pérdidas, como termina pasando casi siempre).
Los mitos, sin embargo, se vuelven un problema cuando se abusa de ellos, cuando son burdos e inverosímiles, o cuando persiguen una finalidad política demasiado obvia. En esos casos, como cuando uno ve una película con malos actores, la sensación es tan chocante que inmediatamente se interrumpe la credibilidad. Sin duda este es el problema que enfrenta la actual Administración: en su esfuerzo por ensalzar y levantar la abismal imagen de un presidente al que algunos analistas han catalogado de “distante“, “elitista” e “intelectualmente limitado“, y que no se ayuda mucho a sí mismo con sus desplantes en Guanacaste y Limón, o sus risas burlonas ante la desconfianza económica, su delirante partido ha intentado convertirlo en una especie de figura heroica, venderlo como un genio incomprendido y adelantado a su tiempo, y construir a su alrededor un mundo fantástico de prosperidad, inclusión y naturaleza… sin advertir que los actores de esta película son bastante malos, y aún no terminan de decidir si se trata de un drama o una comedia. Por añadidura, la similitud del guión con otras obras vistas y no muy gustadas en países vecinos, tienen a nuestro público bastante incómodo e irritado, además de temeroso de vivir en carne propia los predecibles y desagradables desenlaces de tales obras.
La realidad es que aquí nadie cree que nuestro mandatario merezca títulos tan pomposos como el de “Campeón de la Tierra”, capaz de “salvar al planeta” con sus presuntos superpoderes, ni que la primera dama (una perfecta desconocida hace año y medio) se haya tornado repentinamente en una de las “mayores líderes del mundo” por delante de Theresa May, Angela Merkel o Malala Youzafai. En un país donde la igualdad es no sólo un rasgo natural de la República como sistema político, sino además otro mito nacional particularmente arraigado, estos títulos rimbombantes, lejos de generar empatía alguna, atizan una franca hostilidad.
Por este camino, no hay forma de que llegue a prosperar el “mito” que se intenta construir en torno al mandatario y su burbuja inmediata… máxime cuando se acompaña de un esfuerzo por presentar al resto del mundo una imagen falsificada y casi irreal que es tan fácil de desmentir. Bastó con el lamentable espectáculo brindado por este en su comparecencia ante las Naciones Unidas, acompañado por una inflada comitiva donde, por lo visto, no hubo quién tuviera alguna noción de protocolo y diplomacia, o (aún peor) quién revisara los disparates que presentó como “datos” el presidente para apuntalar su imaginaria reputación como superhéroe ambiental planetario.
Una misericordiosa dosis de realidad haría maravillas por nuestro desubicado Gobierno, pero… ¿estará dispuesto a recibirla, o se aferrará con la usual soberbia a su encierro de autocomplacencia?
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