
Ser mujer no es tarea fácil y menos, cuando eres considerada como un trozo de carne, sin importar la edad que tengas, la etnia de la cual provengas, la cultura a la que pertenezcas, la condición social y económica que poseas, la orientación política que compartas, al igual que la profesión que ejerzas y por último la religión o no que practiques; siendo explotada o abusada sin más en cualquier entorno que te rodea.
Porque la falta de respeto y la minimización en relación con quien eres y los derechos, capacidades y deberes que posees, son reducidos o vistos como a una “masa amorfa”, misma que ha sido históricamente violentada siglo tras siglo y que se espera que ahora guarde silencio pese a todo, cuando de nuevo se la quiera subyugar, soportando una y otra vez, los atropellos a su condición de Ser Humano, con lo cual hay que combatir el machismo, la misoginia y el patriarcado, más allá de cualquier “Estado”.
En la actualidad los tiempos han cambiado, tal vez no tanto como quisiéramos, pero sí, como para no repetir los errores del pasado y mucho menos, bajar la mirada y acallar nuestra voz, ya sea por miedo, intimidación, represión o falta de apoyo desde otros “colectivos” que ahora como dicen, miran los toros desde la barrera.
Algunas féminas, no nos encontramos seguras pese a las llamadas políticas públicas y sus denominados “protocolos de seguridad” que para el caso concreto, no sirven para nada, ya que la “justicia” no es igual para todos, debido a los privilegios de que gozan algunos que parecen intocables.
Cuando la lucha por nuestros derechos, está supeditada a intereses políticos, ministeriales y sindicalismos verticales que además, no han sido fieles a la verdad y ahora la están manipulando a su antojo en cuanto al supuesto apoyo que han brindado, para lograr enfrentar la violación a nuestra integridad, es que esperamos que alguna autoridad, sea capaz de poner orden a esta “generación espontánea”, pero de tanta “solidaridad”.
Las mujeres en este siglo XXI, exigimos más que nunca respeto y resguardo hacia nuestra integridad personal y a nuestro trabajo; mismo que debe ser reconocido en todos los ámbitos y bajo los parámetros de equidad e igualdad entre géneros, pero sin que se violenten o pongan en peligro nuestros Derechos Humanos.
Por ello, armadas solo con la verdad y acompañadas de la valentía, debemos alzar la voz, pero en los ámbitos correspondientes, mismos que sean capaces de generar un cambio y no solo visibilizar un problema o varios, para generar diagnósticos que legitimen el actuar de quienes son ajenos a la violencia que padecemos o la miran desde lejos con incredulidad.
A través de los años, el maltrato ejercido hacia las féminas, ha sido naturalizado e institucionalizado como la “cruz” que debemos cargar y que muchas veces, también es aprovechada en los corrillos políticos, para jugar con el “progresismo de viejo y nuevo cuño” y a su vez con el populismo de antaño que hoy por hoy, tiene divididas a muchas sociedades del mundo y donde Costa Rica no está exenta de ello.
Así que para finalizar, debemos aprender a separar la cizaña del trigo, porque en estos temas, aquellos girasoles que se declararon en fuga todavía no le han dado la cara al sol…
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