Cuando un político reacciona ante una dictadura y decide hablar primero de formas, soberanías y procedimientos, pero no de las víctimas, algo esencial se ha desplazado. No es un error técnico; es un error moral.
El pronunciamiento de Ariel Robles frente a la captura de Nicolás Maduro incurre precisamente en ese desorden: el énfasis no está en el régimen que aplastó libertades, persiguió opositores y expulsó a millones de personas, sino en condenar a quien actúa contra él. Cuando la forma eclipsa al fondo, la justicia pierde voz.
La soberanía no es un amuleto para tiranos. Existe para proteger a los pueblos, no para blindar a quienes los oprimen. Invocar el derecho internacional sin nombrar la injusticia concreta es usar palabras nobles para esconder una renuncia moral.
Costa Rica ha tenido una tradición distinta: condenar las dictaduras sin adjetivos ni excusas, vengan de donde vengan. Por eso la ambigüedad no es un detalle menor. Revela una jerarquía de valores donde la ideología pesa más que la libertad.
Y aquí surge la pregunta inevitable, no agresiva, pero sí honesta:
si ante una dictadura tan evidente la condena es tibia, ¿qué garantías hay de firmeza cuando el poder se ejerza en casa?
Porque la neutralidad frente a la injusticia no es prudencia. Es abandono.
Y cuando la brújula moral se tuerce, no siempre apunta al bien, aunque el lenguaje suene correcto.