Es común observar y escuchar, que las decisiones arbitrales sometidas al VAR, son cuestionadas por uno u otro protagonista que se ve perjudicado o bien favorecido con decisiones arbitrales o de video arbitraje bien o mal tomadas. Sin fanatismo ni atención a los colores que del partido de futbol del cual soy seguidor, es importante que se realice a nivel de las autoridades futbolísticas un análisis de que esta realmente sucediendo en las decisiones tomadas y que luego se dicen fueron mal tomadas o mal valoradas.
El llamado VAR nació con una promesa clara: reducir el margen de error y acercar la decisión arbitral a la verdad de los hechos. No sustituir al árbitro central, sino asistirlo; no imponer criterios, sino aportar evidencia. En esencia, el VAR debía ser un mecanismo de control, una segunda mirada más serena y técnica sobre aquello que, por la velocidad del juego, puede escapar al ojo humano.
Sin embargo, esa finalidad se desdibuja cuando la valoración de las imágenes queda atrapada en la subjetividad del juez arbitral que las interpreta. Si dos tomas, dos ángulos y una misma acción pueden generar conclusiones radicalmente distintas, el problema ya no es la tecnología, sino el método de análisis. Vaciar de objetividad la valoración del VAR es, en los hechos, vaciar de contenido su razón de ser.
De ahí los cuestionamientos que hoy rodean su aplicación. La percepción —cada vez más extendida— de que el VAR se utiliza con un rigor distinto según el equipo, el partido, o incluso según quién dirige la cabina de video y quién conduce el encuentro en cancha, erosiona la confianza en el sistema. Y la paradoja se vuelve aún más evidente cuando, ya concluido el partido, salen a la luz pública grabaciones que muestran con claridad errores que, en tiempo real, quienes resolvían no advirtieron o no quisieron advertir.
Unos hablan de favoritismo; otros, de simples errores humanos. Ambas explicaciones son plausibles, pero ninguna resulta plenamente satisfactoria si el objetivo del VAR es precisamente minimizar la discrecionalidad y el error. Si todo termina dependiendo, otra vez, de la apreciación personal, entonces la tecnología se convierte en un adorno costoso y no en una herramienta de justicia deportiva.
Tal vez el debate de fondo no sea si el VAR debe existir o no, sino cómo se valora la prueba que se somete a los jueces. Pensar en protocolos más estrictos, criterios interpretativos más claros y una racionalidad probatoria más sólida no es una exageración: es una necesidad. Porque, al final, el fútbol —como cualquier sistema que pretende ser justo— no puede descansar únicamente en la percepción subjetiva, sino en decisiones que, además de rápidas, sean razonadas, coherentes y verificables ante la luz pública.
El refugiarse, en que quienes analizan son humanos, es lo mismo que venimos escuchando sin la existencia de ello o bien cuando a nivel de tomas televisivas, son evidentes los gruesos errores, que todos vieron, menos el árbitro central o quien dirige los videos de apoyo.
El VAR no puede ser un refugio para la duda ni un sustituto del criterio arbitral. Para reducir errores se requieren protocolos claros, capacitación constante, criterios uniformes y la valentía de asumir responsabilidades. Sin coherencia ni transparencia, la tecnología deja de ser justicia y se convierte en ruido.