Cuando el poder olvida sus límites

» Por Lic. Rafael A. Rodríguez Salazar - Abogado y notario, director legal La Firma de Abogados CR.

Permítame hablarle sin rodeos.

Lo que ha ocurrido con Celso Gamboa Sánchez no es simplemente una noticia más de la coyuntura nacional. Tampoco es un tema que deba consumirse con ligereza, como si se tratara de un episodio pasajero destinado a desaparecer en el siguiente ciclo informativo.

Esto merece algo distinto.

Merece que nos detengamos.

Piense por un momento en esto: estamos hablando de alguien que conoció el sistema desde adentro, que ocupó espacios de poder real, que tomó decisiones que incidían directamente en la vida de otras personas. No es un dato menor. Es, precisamente, lo que hace que lo ocurrido tenga un peso mayor.

Ahora bien, más allá de lo que corresponda determinar en el ámbito judicial —que no nos compete adelantar—, hay una pregunta que sí nos corresponde hacernos:

¿En qué momento el poder deja de ser una responsabilidad y comienza a convertirse en una zona de confort?

Porque ese es, quizás, el fondo del asunto.

El poder no es malo en sí mismo. Es necesario. Es parte del funcionamiento del Estado. Pero cuando se ejerce sin límites claros, sin controles efectivos y sin un compromiso ético firme, deja de ser una herramienta de servicio y se transforma en un riesgo.

Y eso, tarde o temprano, pasa factura.

Ahora déjeme plantearle algo más, que a mi criterio es igual de importante.

¿Cómo estamos reaccionando como sociedad?

Tal vez usted también lo ha notado: comentarios cargados de burla, juicios apresurados, una especie de satisfacción frente a la caída de alguien. Y aquí vale la pena hacer una pausa.

Porque esto no se trata de celebrar desgracias.
Tampoco se trata de defender lo indefendible.

Se trata de entender.

De entender que estos hechos no solo hablan de una persona, sino de un sistema. De sus fortalezas, sí, pero también de sus debilidades. De los espacios donde fallamos como institucionalidad y, en alguna medida, también como sociedad.

Le propongo entonces otra reflexión:

Nadie está exento.
Nadie está blindado por el cargo que ocupa.
Nadie debería estarlo.

Al final, lo único que realmente sostiene una trayectoria —en lo público o en lo privado— es la forma en que se ejerce.

Con límites.
Con criterio.
Con responsabilidad.

Porque cuando esos elementos se pierden, lo demás es transitorio.

Y se cae.

Tal vez la pregunta más importante no es qué pasó, sino qué vamos a hacer con lo que pasó.

Si lo dejamos pasar como una noticia más… o si lo asumimos como una oportunidad para exigir más, para mejorar, para no repetir.

Ahí es donde, en realidad, empieza lo importante.

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