Cuando el lenguaje directo expone lo oculto

» Por Luis Fernando Allen Forbes - Director ejecutivo Asociación Salvemos El Río Pacuare

En la política reciente de Costa Rica, el gobierno de Rodrigo Chaves ha sido un punto de quiebre que divide opiniones con intensidad poco común. Sus críticos, muchos de ellos vinculados a partidos tradicionales, han insistido en señalar un estilo confrontativo, con expresiones calificadas como machistas, misóginas o alejadas de las formas habituales del discurso político.

Sin embargo, para un sector importante de la ciudadanía, ese mismo lenguaje ha sido interpretado de otra manera: como una ruptura con años de discursos cuidadosos que, en su percepción, encubrían prácticas cuestionables. Desde esta óptica, el estilo directo no es el problema, sino una herramienta para evidenciar redes de poder, privilegios y relaciones poco transparentes entre actores políticos y económicos que habrían operado durante décadas.

Parte del apoyo que ha recibido su gobierno se explica por un malestar acumulado hacia los partidos tradicionales en Costa Rica. Durante años, distintos sectores de la población han señalado problemas como ineficiencia estatal, clientelismo o vínculos poco transparentes entre actores públicos y privados. En ese contexto, el discurso de confrontación ha sido interpretado por algunos como un intento de visibilizar redes de poder que antes operaban con menor escrutinio.

Bajo esa narrativa, el gobierno ha sido visto como el inicio de una “limpieza” en la función pública: un esfuerzo por cuestionar estructuras arraigadas, revisar nombramientos y promover perfiles considerados más técnicos o independientes. La expectativa detrás de este enfoque es ambiciosa: que un Estado más eficiente y menos capturado por intereses particulares permita a Costa Rica avanzar hacia mayores niveles de desarrollo.

No obstante, el reto de fondo sigue siendo el mismo que ha enfrentado cualquier administración: convertir el discurso en resultados sostenibles. Denunciar irregularidades o señalar responsables puede ser un primer paso, pero el progreso real depende de reformas concretas, reglas claras y procesos institucionales sólidos que trasciendan a un solo gobierno.

En el contexto electoral, figuras como Laura Fernández se convierten en símbolos de esa disputa. Para algunos, representan una posible continuidad de enfoques que buscan profundizar los cambios recientes; para otros, son vistas con escepticismo o como parte de una narrativa polarizada donde se enfrentan “lo nuevo” contra “lo tradicional”. Las campañas, como suele ocurrir, amplifican tensiones, críticas y también desinformación, lo que obliga al electorado a analizar con cuidado cada propuesta.

Finalmente, más allá de estilos o etiquetas, la decisión de los costarricenses girará en torno a una pregunta central: qué tipo de liderazgo y qué modelo de país consideran más capaz de generar oportunidades, fortalecer las instituciones y mejorar la calidad de vida. Porque el desarrollo no depende únicamente de confrontar el pasado, sino de construir un futuro viable, con resultados medibles y beneficios reales para la población.

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