En los últimos meses he escuchado candidatos a la presidencia y varios diputados actuales de nuestro congreso, insistir en que son “demócratas” y lo repiten como un sello de pureza, lo repiten como si bastara con eso para ser virtuosos, pero cada vez que los escucho, me queda una pregunta dando vueltas: ¿por qué tantos se esfuerzan en llamarse demócratas y tan pocos se atreven a decir que son republicanos?
Vivimos en una República, así lo dice nuestra Constitución, pero en el discurso político pareciera que esa palabra da miedo, suena anticuada, o tal vez —lo más triste— se ha olvidado su verdadero significado.
“Suena bien” andar con el estribillo “soy demócrata”, pero muchas veces es solo una forma elegante de decir “yo sigo la corriente de la mayoría”. En cambio, ser republicano es otra cosa: es creer en los límites al poder, en la responsabilidad individual, en el respeto a la ley y en que el Estado debe estar al servicio del ciudadano, no al revés.
El problema es que la “democracia” se ha convertido en un paraguas enorme donde todo cabe: desde el populismo hasta el abuso del poder mientras haya elecciones de por medio, pero la República es exigente: pide principios, pide carácter, pide coherencia. No basta con ganar votos; hay que gobernar con límites y rendir cuentas.
Por eso creo que Costa Rica no necesita más “demócratas” de discurso, sino republicanos de convicción.
Personas que no teman decir que la libertad viene antes que el Estado, que los derechos no se conceden, se reconocen, y que el poder sin límites, aunque venga del voto, sigue siendo peligroso.
Lo digo como un ciudadano con el anhelo de que podamos tener una República donde el poder tenga freno, donde la palabra valga, y donde la libertad no dependa del humor del gobernante de turno.
Al final, no se trata de etiquetas, sino de principios y yo, sinceramente, prefiero vivir en una República imperfecta pero libre, que en una democracia perfecta… sin libertad.