Costa Rica mantiene una red diplomática amplia, costosa y, en muchos casos, poco medida. Más de 40 embajadas y cerca de 50 consulados representan al país en el exterior, pero buena parte de estas misiones opera con recursos limitados y sin indicadores claros que permitan saber si realmente están generando turismo, inversión o comercio. Con un presupuesto cercano a los ¢30.000 millones para 2025, varias embajadas funcionan prácticamente en modo supervivencia: poco personal, pocas actividades y escasa capacidad para promover al país. Y sin informes comparables por misión, evaluar el retorno es casi imposible.
No se trata de cerrar puertas al mundo, sino de preguntarnos si la estructura actual responde a las necesidades del país o si seguimos sosteniendo un modelo heredado, más simbólico que estratégico.
Una diplomacia inteligente sí existe
Otros países pequeños ya recorrieron este camino.
El Salvador reorganizó su diplomacia para enfocarla en turismo, comercio e inversión, y en pocos meses logró coordinar decenas de actividades internacionales.
Chile amplió su presencia global con embajadores concurrentes y herramientas digitales, reduciendo costos sin perder alcance.
México integró sus embajadas con agencias de promoción económica y obtuvo mejores resultados sin aumentar presupuesto.
La lección es sencilla: la diplomacia moderna no se mide por la cantidad de edificios, sino por la capacidad de generar resultados concretos.
Una propuesta para Costa Rica
Esta es una recomendación de modernización; no describe la situación actual.
El Modelo de Plan Estratégico plantea cuatro líneas claras:
- Optimizar embajadas y consulados: cerrar misiones de bajo impacto y convertir otras en consulados honorarios o locales, apoyados por personal residente. Los embajadores concurrentes cubrirían regiones secundarias sin elevar costos.
- Priorizar mercados estratégicos: Estados Unidos, Canadá, España, Alemania, Reino Unido, China, Japón y Corea, donde realmente se mueve el turismo, la inversión y el comercio.
- Aprovechar tecnología digital: reuniones virtuales, coordinación centralizada con ICT y Procomer, y menos viajes que consumen presupuesto sin garantizar resultados.
- Medición y transparencia: indicadores claros y comparables por misión, publicados periódicamente.
¿Qué ganaría Costa Rica?
Un modelo más eficiente permitiría ahorrar decenas de millones de dólares al año, recursos que podrían destinarse a promoción turística, marca país o innovación tecnológica.
Con una estrategia enfocada, el país podría atraer miles de turistas adicionales y facilitar nuevos proyectos de inversión, especialmente en sectores como tecnología, comercio y turismo. El retorno indirecto de la inversión diplomática podría incluso duplicarse.
Como señalan especialistas en política internacional: “Una diplomacia enfocada en resultados convierte cada misión en una inversión productiva.”
¿Y qué se podría perder?
No todo es ganancia. Cerrar embajadas puede generar resistencia política, tensiones internas y la percepción de menor presencia en ciertos países. Los consulados honorarios requieren supervisión y no siempre pueden asumir gestiones complejas. Y una diplomacia más digital exige infraestructura y capacitación.
Pero aun con estos riesgos, el balance es claro: las ganancias superan ampliamente las pérdidas.
Costa Rica aún no ha dado el salto hacia una diplomacia moderna, eficiente y orientada a resultados. Mantener la estructura actual es cómodo, pero no necesariamente útil. Un modelo más estratégico permitiría que cada embajada y consulado deje de ser un gasto fijo y se convierta en una inversión que rinde frutos: ahorro, turismo, inversión y transparencia.
La diplomacia del siglo XXI no puede limitarse a la representación política. Debe ser un motor de desarrollo económico y social, capaz de traducir recursos en beneficios concretos para la ciudadanía. Con planificación, tecnología y enfoque, un país pequeño puede competir globalmente y optimizar cada dólar invertido.