Las elecciones costarricenses han dejado claro que ya no se trata solamente de partidos y banderas, sino de valores en disputa. En un escenario político marcado por la erosión de las identidades partidarias tradicionales, los discursos importan tanto como los símbolos, y la forma de leer el futuro del país pasa inevitablemente por entender qué tipo de sociedad quiere construir el electorado.
El caso del candidato de Liberación Nacional es ilustrativo: al pelearse con su propia estructura territorial y, peor aún, al sostener que la Ley de Paternidad Responsable ha sido negativa porque redujo la “base productiva” al desalentar la natalidad, no solo evidencia desconexión política, sino también cultural. Esa afirmación revela un marco de valores anclado en la visión instrumental de la familia y la demografía, propio de una era en la que la producción material era el eje de la política. Hoy, en cambio, buena parte del electorado se mueve bajo otra lógica: la de la calidad de vida, la igualdad de género, los derechos reproductivos y la autonomía personal. En términos de Ronald Inglehart, se trata de un choque entre valores materialistas y posmaterialistas.
En este terreno aparece la figura de Claudia Dobles, ex primera dama, que sin la sigla del PAC puede proyectarse como outsider y, a la vez, representar una narrativa progresista moderna. Su fortaleza no reside únicamente en su capacidad de debate, sino en que encarna —voluntaria o involuntariamente— los valores emergentes: sostenibilidad, derechos sociales, apertura cultural. Frente a una candidata oficialista como Laura Fernández, que se apoya en la continuidad del chavismo político, con un discurso de orden, antiélite y confrontación, el choque es más profundo que el simple enfrentamiento electoral: es un duelo entre dos sistemas de valores.
Laura Fernández simboliza la persistencia del clivaje materialista: promesas de seguridad, empleo, control político. Claudia Dobles, en cambio, introduce el eje posmaterialista: equidad, diversidad, medio ambiente. Esa diferencia puede movilizar un electorado que no encuentra representación en el PLN ni en figuras como Juan Carlos Hidalgo, demasiado preocupado por no incomodar al votante socialcristiano puro.
El ejemplo internacional es útil para dimensionar este fenómeno. Kamala Harris intentó oponerse a Trump desde la narrativa progresista, pero quedó atrapada en el marco del establishment demócrata. Su error fue no diferenciarse con claridad en temas sensibles como Palestina, donde se mostró demasiado alineada con la ortodoxia. Claudia Dobles tiene la posibilidad de no repetir ese error: su “condición outsider” le da un margen de maniobra para proyectar un progresismo auténtico, sin las ataduras del pasado partidario.
Costa Rica, como otros países de democracias consolidadas, está experimentando la transición que Inglehart describió hace décadas: cuando las necesidades materiales básicas están relativamente satisfechas, emergen demandas culturales, de participación, de igualdad. La disputa electoral entre Laura y Claudia es, en esencia, la traducción política de ese giro cultural.
El PLN puede seguir atrapado en sus contradicciones, pero el verdadero pulso de estas elecciones no está allí. Está en si la sociedad costarricense opta por consolidar la narrativa de continuidad materialista del chavismo criollo o si decide dar espacio a un progresismo posmaterialista que, nuevamente , podría instalarse en el centro del tablero político.
Y antes de que me cuelguen, yo no votaría por Claudia pues no encaja en mi pensamiento, sin embargo, tenemos muchos jóvenes que podrían redescubrir su sentir progresista.