Costa Rica: el turismo atrapado entre la burocracia y el olvido

» Por Boris Marchegiani - Empresario turístico

Aunque parezca mentira, en la parte material del turismo costarricense nunca he logrado entender el razonamiento detrás del gran atraso que padecemos frente al turismo mundial. He expresado en muchas ocasiones mis puntos de vista sobre las mejoras culturales esenciales que debemos ejecutar para recuperar el espíritu del Costa Rica que alguna vez conquistó al turismo internacional.

Sin embargo, cuando hoy se habla de turismo, la mayoría de las personas piensa únicamente en infraestructura y Parques Nacionales, como si ese fuera el todo del sector. Ciertamente, ambos son pilares fundamentales de un modelo turístico moderno y lleno de experiencias; sin embargo, lo que hemos tenido durante décadas es un turismo plagado de burocracia, mentira y desorden, que ha ocultado bajo capas de papeleo un desempeño que, en su esencia, fue alguna vez meritorio.

Hablemos con franqueza: para llegar a la mayoría de los destinos turísticos del país, especialmente en Guanacaste, Limón y Puntarenas, el primer requisito, una infraestructura vial válida, moderna y eficiente, simplemente no existe. Y mejor ni preguntemos las razones por las cuales distintos gobiernos han permitido semejante falla, porque las respuestas son tan absurdas como las excusas.

Un ejemplo sencillo: con lo que ya tenemos podríamos crear tres líneas rápidas, una en cada vía principal del país, rutas 27, 32 y 1. Estas vías podrían operar con salidas controladas, sin desvíos intermedios, y funcionar como carreteras de pago automático exclusivas para automóviles livianos, no para vehículos pesados ni camiones.

La ruta 27, por ejemplo, podría tener accesos únicamente en la conexión con la ruta 34 y en Puntarenas. Con una redistribución inteligente de carriles y espaldones se obtendría un tránsito más fluido y un ingreso adicional para el Estado.

Este modelo reduciría significativamente el tiempo de viaje desde San José hacia las zonas turísticas y, aunque sería apenas un paliativo temporal, representaría un avance concreto frente a décadas de ineficiencia acumulada.

Si pasamos ahora a nuestros Parques Nacionales, el panorama se vuelve aún más preocupante. Durante años, su diseño institucional ha sido perverso, grosero y egocéntrico, construido sobre la idea de que el ser humano es una amenaza y no un aliado del entorno. Se ha relegado al ciudadano y al turista al papel de visitante indeseado, como si el propósito de un parque fuera existir sin gente.

La administración de estos espacios está en manos del SINAC, compuesto en su mayoría por profesionales con formación en biología, ecología o investigación ambiental. Sin desmerecer sus méritos, es evidente que sus competencias corresponden más a la auditoría ambiental que a la gestión turística. Un Parque Nacional, sin embargo, es, o debería ser, una empresa turística con función ecológica, no un museo cerrado a la experiencia humana.

No se requieren títulos universitarios para vender un boleto o revisar una mochila, pero sí se necesita personal especializado para vigilar quemas, controlar residuos o prevenir destrucción forestal. Paradójicamente, carecemos de lo segundo y sobramos de lo primero. El resultado es visible: parques abandonados, infraestructura deteriorada, baños que requieren contratación pública para ser reparados y un nivel de servicio que avergonzaría a cualquier país que viva del turismo.  ¿No debería formar parte del recurso humano de los parques un simple equipo de mantenimiento interno?

Esto no es más que un breve bosquejo de las locuras ambientales y burocráticas que mantienen a Costa Rica atrapada en un turismo de tercer mundo. Pero pronto hablaremos con más detalle de proyectos que podrían marcar una diferencia real: la Marina de Limón, el Teleférico de Quepos, el Chirripó, Pavones, Corcovado y Rincón de la Vieja.

Sin embargo, más allá de las obras físicas, debemos reconocer que el alma del turismo costarricense está en peligro. Recuperar nuestros valores culturales, nuestro sentido de comunidad y respeto será una tarea ardua, pero elevar el nivel físico y empresarial de nuestro turismo es igualmente urgente.

Tanto un Parque Nacional como una carretera son empresas públicas y deben funcionar como tal: con eficiencia, objetivos medibles, rentabilidad y propósito.
La función ecológica y ambiental es vital, pero no es la única. Porque proteger la naturaleza sin darle sentido humano es como cuidar un jardín al que nadie puede entrar: una belleza solitaria, inútil, condenada a marchitarse. Y una ruta que no es vivible termina generando polución, desgaste y paciencia innecesaria.

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