En el panorama político nacional resurgen viejos actores con rostros renovados, en donde intentan nuevamente ganar espacio en la escena pública. Representando corrientes ideológicas que ya fueron puestas a prueba y cuyas propuestas generaron más división que soluciones reales para el país.
Durante sus gestiones y participaciones políticas, impulsaron una agenda marcada por conceptos que poco respondían a las necesidades del ciudadano común. En lugar de fortalecer la economía, la educación o la seguridad, centraron el debate en posturas filosóficas y sociales alejadas de los valores que históricamente han definido a Costa Rica.
Resulta preocupante que pretendan insistir en agendas ideológicas que poco o nada aportan al desarrollo nacional. La llamada “agenda progresista”, con su insistencia en temas como la ideología de género y la redefinición de la familia, no hace más que distraer la atención de los verdaderos problemas.
Costa Rica es, por tradición, una sociedad de principios firmes, donde la familia constituye la base de la convivencia y el desarrollo. Cualquier proyecto político que pretenda representar a la ciudadanía debe partir del respeto a esa realidad y no de la imposición de ideologías que fragmentan el tejido social.
Costa Rica necesita un diálogo político más responsable, enfocado en el bienestar común, la generación de oportunidades y el fortalecimiento de la unidad nacional. No es momento de revivir agendas que dividen, sino de recuperar los valores y la sensatez que siempre han caracterizado al pueblo costarricense.
Costa Rica necesita un rumbo distinto. Es hora de dejar atrás las promesas vacías y las posturas filosóficas que confunden más de lo que aclaran. Nuestro país requiere liderazgo, trabajo y compromiso con la familia, la producción y el crecimiento económico responsable. No más experimentos ideológicos: el pueblo necesita soluciones reales, no discursos que dividen ni agendas ajenas a nuestras raíces y valores.
Mientras la mayoría de los costarricenses enfrenta el desempleo, la inseguridad, el deterioro de la educación y un sistema de salud colapsado, estos grupos insisten en imponer agendas filosóficas y de género que poco aportan al bienestar común. La llamada “agenda progresista” ha sido, en la práctica, un distractor que divide a la sociedad y debilita los valores que sostienen a la familia costarricense.
Costa Rica necesita liderazgo, no retórica. Necesita trabajo, no ideología. Es hora de que el país despierte y diga basta a quienes viven de discursos y promesas huecas.
El futuro de la nación no se construye desde el conflicto ni desde laboratorios ideológicos, sino desde la unidad, la producción y el respeto a nuestras raíces.
Finalmente, el pueblo costarricense debe exigir resultados, no relatos. La verdadera transformación del país vendrá de quienes apuesten por el crecimiento económico, la educación de calidad y el fortalecimiento de la familia, no de quienes buscan dividir para mantenerse vigentes.