Ya con los resultados en frío, quiero referirme a algo que mencionó Ariel Robles: “Es tiempo de hacer autocrítica”. Los desastrosos resultados de las elecciones no son resultado de algo que se dio de un día para el otro, sino que fue algo que se fue gestando de tiempo atrás y que tiene como culpables no solo a los gobiernos anteriores, sino a nosotros mismos como oposición al gobierno.
Entre los muchos males que aquejan a la administración pública en Costa Rica, hay dos dignos de destacar:
En primer lugar, la falta de comunicación entre instituciones, que, lo digamos todos aquellos que pasamos años esperando a que nos pavimentaran la calle frente a nuestra casa y cuando esto al fin se cumplía, al día siguiente veíamos, con una extraña mezcla de frustración, enojo y tristeza, cómo el AYA le estaba haciendo un hueco a la nueva calle para instalar o arreglar una tubería. Casi que podemos decir, con una dosis de humor negro, que “más tico que el AyA haciéndole un hueco a una calle recién arreglada”.
Y en segundo lugar, pero no menos importante, Costa Rica tiene un problema gigante de hacer cosas sin tener un plan B o, peor aún, teniéndolo, pero siendo incapaz de ejecutarlo. Y este es un tema al que no le ponemos la suficiente atención y no nos movilizamos como sociedad lo suficiente para mitigar esta situación. Tan grande es este problema que nos llevó a tener en el poder a figuras como Rodrigo Chaves y, desde ayer, a Laura Fernández. Aquí las razones:
Desde agosto del año pasado me mudé a Madrid y he podido ser testigo de muchas cosas que han cuestionado mi ser costarricense y latinoamericano. Una de ellas fue el hecho de que aquí, en Madrid, empezaron a hacer arreglos en la línea 6, una de las líneas más importantes del metro de Madrid, ya que es una línea circular que conecta con muchos puntos bastante visitados y las universidades de la ciudad. Ante este cierre, la presidencia de la Comunidad de Madrid puso al servicio de los afectados un servicio de bus gratuito entre las estaciones que estaban siendo remodeladas. Sin embargo, el descontento en Madrid fue monumental. ¿La razón? En primer lugar, el momento del cierre de la línea, pues fue justamente cuando las universidades retomaron clases después de vacaciones, y segundo, porque el servicio de autobús no daba abasto y era la única medida alternativa.
Esto indudablemente me hizo pensar en Costa Rica y cuando tanto gobierno y municipalidad de San José se unieron para cerrar la circunvalación, el puente del Bajo de los Ledezma, así como otras tantas vías alternas, y colapsar la Uruca, ruta que, aun con rutas alternas, es un caos. Pero lo peor fue que no tenían plan B. El plan B fue pedirles a las empresas que mandaran a teletrabajar a los empleados provenientes de las zonas impactadas, principalmente de Cartago, cuya experiencia les robó siglos de vida.
Y aquí entra el tema polémico del día. Cuando Carlos Alvarado vetó el proyecto de la pesca de arrastre, muchos nos alegramos por lo necesario que era vetar dicho proyecto debido al enorme impacto ambiental que este tenía, pero nunca nos hicimos la pregunta más importante: ¿cuál plan alternativo tenía el gobierno para la gente que dependía de esta actividad para subsistir? Y, aún más importante, preguntarnos: ¿cómo, como sociedad, nos preocupamos por que dicho plan alternativo se cumpliera? La respuesta a ambas preguntas es muy simple, pero los efectos sumamente complejos. Sí, sí había planes para esas personas y no, no se cumplieron y se quedaron en promesas en su inmensa mayoría.
Pongo otro ejemplo. Dicen que el infierno está lleno de buenas intenciones y hay un lugar especial en el averno para la ley de Usura presentada por el diputado Welmer Ramos del PAC. Dicha ley, desde su concepción, estuvo repleta de banderas rojas, pero, así como uno ignora esas banderas cuando de la persona que nos atrae se trata, el PAC y Welmer Ramos ignoraron por completo las banderas rojas de la Ley de Usura, aun cuando instituciones como el Banco Popular pusieron sobre la mesa muchas preocupaciones sobre dicho proyecto de ley, preocupaciones que fueron completamente ignoradas y la ley, al final, fue aprobada. ¿Resultado? Cientos de personas y familias excluidas del sistema bancario formal, personas que no podían acceder a créditos de una entidad bancaria. ¿El plan B para esta situación? Ninguno de parte del gobierno y sí uno de parte del crimen organizado: el gota a gota, estos ejemplos, realmente no explican por sí mismos el fenómeno electoral pero sí contribuyen a ejemplificar y comprender como en el país se fue acumulando una percepción de abandono y de falta de alternativas reales.
Como toda receta, Costa Rica adquirió todos los ingredientes para cocinar un desastre, pero le faltaba la sal, la sazón para que dicho desastre se cocinara, y llegó en la figura de Rodrigo Chaves. Odies al personaje o no, con sus muchos errores, hay que reconocerle algo al aún presidente de la República: entendió el juego político como nadie y le dio a mucha parte del pueblo costarricense una figura en la cual depositar un voto emocional más que racional, ya que conectó con el hartazgo, la desconfianza y el enojo de muchos costarricenses, creado y acumulado a lo largo de muchos gobiernos anteriores que menospreciaron la periferia y se concentraron en el Gran Área Metropolitana. Este escenario, no fue realmente creado por Chaves pero sí supo leerlo, interpretarlo y principalmente utilizarlo con eficacia.
Esa concentración de atención en la GAM hizo que el discurso antiélite del presidente Chaves calara en la población fuera de ella y, principalmente, el presidente Chaves hizo algo que no hicieron los presidentes anteriores: hizo que las personas fuera de la GAM se sintieran escuchadas y validadas. Fuera con promesas a medias o de plano sin cumplir, el discurso caló y los resultados tan lapidarios en lugares como Puntarenas, Guanacaste y Limón nos gritan un mensaje que muchas veces nosotros ignoramos: “No estamos del todo bien, pero estamos mejor y no queremos volver a lo de antes”.
Realmente no se puede culpar a las personas que viven fuera de la GAM por su voto, cuando las necesidades básicas tales como llevar el pan a la mesa no se ven cumplidas y, encima, tu día a día se convirtió en supervivencia absoluta debido a la inseguridad. Cuando la economía es del día a día, los empleos precarios y la amenaza del narco es constante, temas tales como la institucionalidad y la división de poderes pasan a ser temas de segunda e incluso tercera mesa ante la inclemente realidad que azota a muchas familias costarricenses.
Y es aquí donde entra el último de los factores que quiero analizar: la culpa que hemos tenido muchos desde la oposición. Al día de hoy no conozco a absolutamente nadie que haya cambiado su postura cuando su interlocutor le menosprecia por completo, y eso es algo que en esta reciente campaña electoral estuvo siempre en primera plana, desde imágenes haciendo referencia a que había una enorme diferencia de escolaridad, siendo superior entre los votantes del resto de partidos en comparación al oficialismo, hasta bromas, “reels”, “TikToks”, dando a entender una superioridad moral e intelectual entre los que votamos contra el oficialismo y quienes le apoyaban, esto no exime, por supuesto, al gobierno actual cuyas políticas, decisiones y principalmente formas han fomentado la polarización de la sociedad costarricense y más grave aún, ha debilitado la confianza en la institucionalidad democrática.
Y aquí me salta una pregunta: ante la incipiente necesidad, ante la supervivencia de sobrevivir al día a día, ante el enojo y la desesperanza creada por los mismos partidos de siempre, ¿cuál de las muchas reprochables actitudes o acciones del presidente le podía hacer contrapeso? ¿Comer o el menosprecio a los poderes de la República? ¿Encontrar un trabajo con condiciones estables o la pachucada del presidente? ¿Sobrevivir en un barrio venido a menos o la institucionalidad? En este panorama, todos los contrapesos palidecían ante las necesidades básicas de las personas, quienes preferían la vaga promesa de mano dura por parte de la Presidencia de la República, promesa que tomaba forma en una megacárcel y que daba esa falsa sensación de seguridad, y que hacía a muchos costarricenses querer arriesgarse por la continuidad a volver a los mismos que toda la vida les habían dado la espalda o, peor aún, a un partido nuevo que podría llegar a ser peor que lo anterior mencionado. Es por ello que nos vimos en una situación donde la gente decidió votar por aquello conocido y que daba esa sensación de cambio.
Es por ello que el verdadero enemigo no debe ser la gente que votó por el continuismo sino el discurso populista del presidente Rodrigo Chaves que no solo hizo a la gente sentirse escuchada y comprendida sino que además ofreció soluciones con símbolos fuertes pero muchas veces carentes de evidencia y sustento, con remedios que parecían definitivos pero sin realmente atacar los problemas de fondo.
Ahora, no quiero decir que el voto en zonas como Guanacaste, Puntarenas o Limón, fuera un simple voto reaccionario o únicamente desde la urgencia, ya que esto sería obviar algo muy importante, la mayoría del voto en las zonas antes mencionadas, responde a un voto consciente e informado pero a la luz de prioridades diferentes a las que se podían encontrar en la GAM.
Al final, nosotros, al menospreciar a los votantes del partido oficialista, transmitimos un mensaje de amenaza al incipiente bienestar que muchos costarricenses estaban experimentando, bienestar que el presidente se atribuyó el logro, aunque no tuviera injerencia alguna —que lo diga el precio de la gasolina—, pero es que, al final, la oposición se comportó como lo que el votante del chavismo quería eliminar: se comportó como los mismos de siempre.
Al final el gobierno que tenemos hoy no es más que el resultado de un contexto nacional específico, un contexto marcado por el miedo, un contexto marcado por la decepción política de la población pero principalmente un contexto de urgencia en el cuál muchas personas votaron por la urgencia a resolver necesidades inmediatas amparadas en un peligroso discurso populista que fue muy bien llevado por el gobierno de turno.
En fin, decía Ariel Robles que es tiempo de hacer autocrítica, y no puedo estar más de acuerdo. Pero dicha autocrítica solo es útil si nos permite crear y conformar una oposición que entienda que tanto la justicia social como la defensa institucional no son competencia, sino complementos, ya que ambas se necesitan mutuamente. Es por eso que es momento de reconocer los errores del pasado sin perder de vista que tenemos, hoy más que nunca, que defender la democracia costarricense, aunque sea difícil, aunque duela y, principalmente, aunque sea completamente impopular. En este contexto de autocrítica, quiero iniciar yo con una pregunta: ¿Qué he hecho yo para que el discurso populista del gobierno de turno calara de manera tan profunda en la sociedad costarricense?