Congreso sin patria: los que legislan para sí mismos mientras el pueblo se hunde

Costa Rica vive una crisis política profunda y no, no es una exageración, es una realidad que se siente en cada cita médica que no llega, en cada trámite inútil, en cada persona sin empleo y en cada emprendedor que no puede más. Lamentablemente esta es una realidad que se huele en la calle, a pesar de que desde los curules se hagan “de la vista gorda”.

Una parte importante de quienes hoy ocupan la Asamblea Legislativa han demostrado, no solo su desconexión con la realidad del ciudadano de a pie, sino una preocupante falta de compromiso con el país que los eligió, no están ahí para vos, están ahí para ellos.

Hace pocos días, el presidente Rodrigo Chaves dijo lo que muchos ya sentimos: Costa Rica necesita 57 diputados patriotas, de cualquier partido político y no se refería – desde mi perspectiva – a patriotismo como una palabra bonita para adornar discursos, se refería a un acto de coherencia, porque cuando ves a legisladores más ocupados en proteger sus alianzas, sus cuotas de poder o sus cálculos electorales que en resolver los problemas reales del país, entendés que la palabra “patria” dejó de tener sentido para muchos de ellos.

Como ciudadano, duele y enoja ver cómo el primer Poder de la República se ha convertido en una fábrica de leyes chayote, un lugar donde se discuten ocurrencias, mientras los temas urgentes se quedan empolvados en los escritorios del sistema, se perdió la vocación de servicio, se perdió el sentido común y sí: se perdió la vergüenza. ¿Cuántas veces más vamos a tolerarlo?

No olvidemos que quienes hoy critican al Ejecutivo, tuvieron el poder durante décadas y en lugar de cambiar las reglas del juego, decidieron mantener el sistema. Un sistema que premia la burocracia, castiga al que produce, engorda al Estado y entierra al ciudadano bajo una avalancha de requisitos, formularios y obstáculos, nos llenaron de instituciones que operan como feudos y cada vez que alguien se acerca a pedir un servicio, lo recibe con listas de espera, maltrato institucional y una sensación de impotencia brutal.

Mientras tanto, seguimos endeudándonos, seguimos exportando talento e importando frustración, seguimos viendo cómo quienes se dicen representantes del pueblo legislan como si vivieran en otro país, como si no supieran lo que cuesta comprar medicina, sostener un negocio o criar hijos solos, como si no les doliera nada.

Esto no se trata de ideología, se trata de dignidad. ¿Hasta cuándo vamos a seguir permitiendo que se gobierne desde la comodidad del privilegio? ¿Hasta cuándo vamos a dejar que el Estado siga sirviéndose a sí mismo mientras exprime a quienes lo sostienen con impuestos, con trabajo, con esperanza?

La política tradicional ha producido rostros, no líderes, ha fabricado personajes, no convicciones, han aprendido a decir lo que queremos oír cada cuatro años, pero lo olvidan apenas se apagan las cámaras, vuelven al juego de siempre: el de las cuotas, los pactos en lo oscuro y los discursos que no tocan la vida de nadie.

Pero ya no, hoy los costarricenses queremos otra cosa, queremos representantes con coraje, con voz firme, con la capacidad de desafiar el sistema cuando el sistema se pudre, queremos diputados que sientan, que escuchen, que sangren con el pueblo y que estén dispuestos a decir basta.

Porque ya basta, basta de institucionalismo vacío, de tecnocracia sin alma, de politiquería sin propósito. Basta de vivir en un país diseñado para que flote la clase política mientras se hunde la clase trabajadora.

No estamos pidiendo milagros. Estamos exigiendo decencia, exigiendo visión, exigiendo acción y sobre todo, exigiendo que nunca más se sienten en una curul personas que no estén dispuestas a poner primero a Costa Rica.

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