Cómo Rodrigo Chaves y Pilar Cisneros reconfiguraron la política y dieron protagonismo a los indecisos

» Por Dr. Kirk Salazar Cruz - Investigador y especialista en innovación.

La política costarricense ya no es la misma, y negarlo es ignorar el terremoto que ya movió todas las estructuras tradicionales. En un país acostumbrado a los discursos suaves y calculados, irrumpieron Rodrigo Chaves y Pilar Cisneros con un estilo directo, frontal y disruptivo. Para muchos, son una amenaza al orden de siempre; para otros, la bocanada de aire que hacía falta. Sea cual sea la opinión, lo cierto es que cambiaron las reglas del juego.

Lo que sí permanece inalterable —y más decisivo que nunca— es el papel de los indecisos. Ese grupo prudente, observador, que no se deja arrastrar por banderas ni por discursos encendidos, es el que termina inclinando la balanza de cada elección. Costa Rica ya no vota por herencia ni por tradición: vota por análisis… o no vota. Y eso ha tomado por sorpresa a los partidos que todavía creen que el país vive en otra época.

En medio de este escenario político movido, yo mismo tomo distancia: no pertenezco a ningún partido político, no respondo a estructuras ni le regalo mi lealtad a ningún color. Tampoco cargo odios ni la tengo en contra de nadie. Lo que sí tengo claro es que estas elecciones deben decidirse con un voto informado, un voto consciente, un voto que no se base en emociones súbitas ni en campañas vacías.

Ser independiente en un país tan polarizado incomoda a muchos, pero es justamente desde esa independencia que uno puede ver el panorama completo. Por ejemplo, aunque reconozco que Rodrigo Chaves ha sido un actor central en este cambio político, no simpatizo con su liderazgo. Su estilo puede funcionar para algunos, pero a mí no me representa. Y está bien decirlo: el voto no es una camiseta que uno se pone por obligación.

En cuanto a Laura Fernández, mi relación con ella tiene una particularidad importante: fuimos compañeros de fórmula como candidatos a diputados allá por el 2018. Conozco su forma de trabajar, su personalidad y algunas de sus posiciones. Pero conocer a alguien no significa necesariamente simpatizar, y simpatizar no implica entregar el voto. Lo que realmente importa es evaluar si la persona tiene la capacidad y claridad para liderar el país en este momento tan complejo. Y eso, como siempre, debe analizarse con frialdad y sin romanticismos políticos.

Mientras tanto, los políticos tradicionales se mantienen repitiendo discursos gastados, sin comprender que el país cambió. Siguen buscando votos como si todos ya estuvieran decididos desde hace meses, sin entender que la fuerza real —la decisiva— está en quienes piensan antes de escoger. En quienes no se casan con nadie. En quienes no levantan otra bandera que no sea la de Costa Rica.

Lo que ocurra en estas elecciones no dependerá del ruido en redes ni de quién grite más fuerte, sino de quién logre conectar con esa mayoría silenciosa pero exigente. En esa arena más cruda, más real, los indecisos tienen más poder que cualquier partido político.

Porque al final, más allá de las simpatías, los pasados compartidos o las diferencias de estilo, solo queda una certeza: la única bandera que vale la pena levantar es la del país. Y el futuro de Costa Rica será decidido no por el aplauso fácil, sino por quienes se toman el tiempo de pensar.

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