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China, sobrecapacidad, y la sátira del libre comercio

Fotografía de Vyvan BÙI VY VÂN.

Ante el avance de China en sectores que hasta hace pocos años jamás hubiéramos imaginado posible, una discusión se ha hecho fuerte en los medios y en la mesa de la política internacional: la sobrecapacidad manufacturera de China.

La idea es sencilla; las empresas chinas producen más de lo que su mercado puede absorber y exporta los excedentes a precios con los que nadie puede competir con tal de mantener los niveles de producción. Detrás de ello, señalan sus críticos, estaría el gobierno de China, manteniendo a flote a empresas que, en un escenario de libre competencia, deberían haber cerrado sus persianas hace tiempo.

De esta manera, se justifican los altos aranceles, las medidas proteccionistas y se acusa a Pekín de generar desequilibrios globales.

Sin embargo, hay una pregunta que algunos analistas nos planteamos y que abre la puerta a un debate más sereno: ¿es realmente sobrecapacidad o refleja que China ha alcanzado niveles de eficiencia difícilmente igualables por el resto?

Lo primero que hay que mencionar es que no existe una definición oficial de “sobrecapacidad”. Ni la OMC, el Banco Mundial ni el FMI tienen un criterio único que determine, por ejemplo, que un uso de la capacidad por debajo del X% equivalga automáticamente a exceso de oferta. Aquí entran en juego estadísticas, interpretaciones y, por supuesto, intereses políticos. Pero lo que resulta curioso es que el componente histórico del análisis suele quedar fuera, y es precisamente ese ingrediente el que ayuda a entender el fenómeno en su justa medida.

Desde el proceso de Reforma y Apertura de 1978, China fue convirtiéndose gradualmente en la fábrica del mundo, tanto por las multinacionales extranjeras que siguen fabricando allí (Apple, por ejemplo) como por sus propias punteras tecnológicas (Xiaomi, Huawei, BYD, CATL, Hisense, etc.). En el medio estuvo siempre el gobierno chino atrayendo inversiones y estimulando las fuerzas productivas locales.

Al fin y al cabo, llevar a un país por el camino del desarrollo hasta hacerlo una potencia, requiere necesariamente industrializarlo, y el gobierno chino, como hicieron todas las potencias económicas, ha impulsado el desarrollo de sus industrias con políticas activas (basta recordar lo planteado por el economista coreano Ha-Joon Chang en su conocido paper “Patear la escalera”). Y no son cosas del pasado: Hace unos meses Trump potenció Intel con casi 9.000 millones de dólares. Su política de “America First” es un claro ejemplo, o  la ayuda alemana por $1.000 millones a una empresa sueca para que se instalara en tierras germanas.

Lo segundo, y no menos importante, es entender el ecosistema productivo chino, cuyo marco es un mercado interno inmenso. En este ecosistema, la escala, el aprendizaje, los encadenamientos y los clústeres se retroalimentan constantemente, convirtiendo su enorme mercado doméstico en una plataforma de competitividad global jamás antes vista. Eso permite, en gran medida, que los productos chinos sean cada vez de mayor calidad y tengan precios ultra competitivos. No existe otro país con semejante escala e integración vertical.

El mejor ejemplo es la industria automotriz, tradicionalmente dominada por alemanes, japoneses, coreanos y estadounidenses. El año pasado, China se convirtió en el principal exportador mundial de automóviles. Europa y EE.UU. respondieron con aranceles para encarecer y dificultar su ingreso. ¿Sobrecapacidad? ¿O es que sus carros —especialmente los eléctricos— son mejores y más baratos? El propio CEO de Ford, Jim Farley, reconoció públicamente que la tecnología y la eficiencia de los VE chinos superan por mucho a la industria occidental (pueden buscar el video en Youtube). Esa eficiencia es real y no puede atribuirse únicamente a ayudas estatales; responde a décadas de inversión en innovación y a una cadena de suministro muy integrada.

Un tercer punto, que se cita a menudo y que resulta clave para matizar el debate, es la debilidad de la demanda china. Efectivamente, la demanda china enfrenta desafíos estructurales innegables que se suman a una cultura fuerte del ahorro y eso ha alimentado la narrativa de la sobrecapacidad.

El gobierno chino es consciente del tema y por ello es que el XV Plan Quinquenal presentado este año (que nos adelanta los objetivos del gobierno durante los próximos 5 años) pone el foco en mejorar las condiciones de ingreso de la población y potenciar el consumo interno como motor económico.

En resumen, etiquetar la situación únicamente como “sobrecapacidad” resulta reduccionista, e ignora el proceso de desarrollo histórico chino y de las potencias mundiales. Descartar el término por completo y atribuirlo todo a la ‘eficiencia’ sería incurrir en una simplificación que no hace justicia a la complejidad del momento, ya que dejaría de lado los ajustes estructurales, las observaciones hechas por organismos internacionales y los retos de demanda interna que China, como toda gran economía en plena transformación debe afrontar.

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El autor es economista, comunicador y profesor de Economía Internacional – @javiereleconomista.

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