Chaves y la trampa del estilo

Si algo caracteriza los análisis sobre el presidente Rodrigo Chaves y su administración, es la superficialidad y el esfuerzo por confirmar las percepciones propias, más que por entender el fenómeno.

Y es que no es fácil. Tenemos un mandatario cuyos primeros 6 meses se han caracterizado por un discurso duro, que denuncia las instituciones tradicionales del país, a las que reprocha ser las sostenedoras de un statu quo, marcado por abusos y privilegios que entiende, a su vez, como la fuente de una desigualdad creciente y ajena a la auto imagen que los costarricenses tenemos. 6 meses que también están llenos de salidas en falso e improvisaciones, producto de una combinación conflictiva, como es la voluntad de hacer grandes cosas, cuando esta se suma al desconocimiento de las dimensiones jurídicas y políticas del Sistema, y todo, en medio de una popularidad altísima.

Sin embargo, ya han pasado seis meses desde que asumió el mandato, y casi 10 desde que ganó la primera ronda, resultado que volvió real la posibilidad de que alcanzara la Presidencia y por lo tanto le obligaba a prepararse para gobernar, que no es lo mismo que manejar una imagen y un discurso atractivos para cumplir una meta electoral.

Es decir, después de 10 meses aquellas debilidades ya no son aceptables. Mas la inmensa mayoría de los analistas y comentaristas, erran al reclamarlas. Se quedan en la superficie y en el argumento fácil que descarta a Chaves como un autócrata en potencia que amenaza la democracia. Sus diatribas contra los poderes judicial y legislativo, y las decisiones que afectaron medios de prensa, son traídas y llevadas como prueba de lo dicho.

Desgraciadamente sus opositores y críticos, al insistir en esto, menosprecian fortalezas de nuestro Sistema que impiden derivas como las de Nicaragua, El Salvador, Venezuela o en su momento Bolivia y Ecuador. Olvidan así, que en esos países se aprobaron una serie de reformas constitucionales y legales antes de que fueran posibles los desmanes autoritarios que conocemos.

Tanto la Sala IV en los casos de la periodista Vilma Ibarra y de Parque Viva, como la respuesta política ante proyectos de ley como los que pretendían reducir el porcentaje para ser electo Presidente en primera ronda, o para hacer obligatorio el voto, demuestran que nuestro Ordenamiento tiene capacidad suficiente para prevenir aquella evolución.

Igualmente, sus opositores y críticos, al insistir en aquel enfoque, menosprecian el apoyo popular que respalda al presidente. Desprecian lo que este implica, así como la fuente de este sentimiento. Es cierto que tener un alto apoyo popular no es lo mismo que contar con una fuerte capacidad de convocatoria, pero esta no existe, sin aquel. Al mismo tiempo, ignoran deliberadamente que el apoyo popular que Chaves recibe, resulta de la manera como interpreta en sus discursos y en sus acciones, el enojo y la frustración que sienten los costarricenses contra los políticos, los partidos y algunas instituciones. Descartar esto como parte de un fenómeno mundial, es valerse de una realidad muy general y abstracta con el fin de evitar reconocer la responsabilidad de quienes han gobernado, en el diseño de los aspectos más negativos del Sistema, y la forma como los han aprovechado en su beneficio.

La manera como los costarricenses entendieron la falta de experiencia del presidente, y la aceptaron el día de las elecciones, explicaría por qué le siguen disculpando las pifias de estos 6 meses, al mismo tiempo que continúan sintiéndose reflejados en su discurso. Todo esto merece un análisis profundo, cuyas consecuencias serían difíciles de asumir para el statu quo. Siempre es más fácil tacharlo de dictador y evadir la cuestión de fondo.

Lo anterior sería apenas la mitad del cuento, porque aún con todo lo dicho, permanece el hecho de que aquello, es decir, el estilo agresivo y atractivo del presidente es una trampa para él y para él país. Lo es porque amenaza, no la democracia, sino la gobernabilidad.

La empresa para la que se ofreció en campaña es esencialmente política. No es un cargo de naturaleza gerencial o militar que pueda ejercerse con el mismo tipo de liderazgo que se requiere en una empresa o en un ejército.

El estilo agresivo de la campaña, una vez instalado en Casa Presidencial, tomó la forma de una confrontación permanente que sin duda, estimula su popularidad, pero lo hace como una droga, es decir, de manera efímera, mientras lo agota e indispone con aquellos elementos del Sistema que son indispensables para ejecutar sus planes.

Por características muy propias de nuestro Ordenamiento, ninguna de las decisiones relevantes que el país requiere puede tomarse exclusivamente desde el Poder Ejecutivo. Ni es posible gobernar por decreto ni es posible transformar el país vía referéndum. En ambos casos, la realidad demostró que repetirlo antes de las elecciones, era parte de los fuegos artificiales propios de la campaña, y ya no estamos en campaña.

Hoy, los efectos de los problemas pendientes, se acumulan. Recordemos, en este sentido, que el mandato del presidente consiste en resolver aquellos y obviamente para ello debe hacerlo con los recursos que el Sistema le da, y en el contexto de la realidad en que vivimos. Eso debió saberlo antes de buscar la Presidencia. Por esto, asumir el viejo discurso de las herencias recibidas, las fincas encharraladas y de como el país es ingobernable, es berrear, y en democracia, todos tenemos derecho al berreo, menos el presidente.

Rodrigo Chaves y su equipo, deben serenarse, analizar bien estos 6 meses para cambiar de rumbo y adoptar un objetivo y una estrategia, con base en los cuales reconfigurar totalmente su relación con los otros poderes del Estado, sectores y demás factores políticos.

En el caso de la Asamblea es indispensable entender que en Costa Rica es imposible gobernar sin esta, y que los diputados fueron elegidos por la ciudadanía, exactamente de la misma forma que el presidente de la República. Debe entender que no es cierto que haya recibido un mandato libre y absoluto del pueblo soberano, sino uno limitado y condicionado, como demuestra el resultado de combinar las elecciones legislativas y presidenciales.

Ahí está una parte fundamental del problema. La empresa para la que el candidato se ofreció y para la que se le escogió Presidente es, como dije antes, esencialmente política y solo podrá reconducirla, si actúa políticamente. Gobernar es negociar, y hacerlo de forma permanente y estratégica.

Aquello parece un esnobismo, pero entenderlo, es clave para lograr una gestión efectiva.

Un político que actúa con torpeza por una combinación de voluntarismo e ignorancia, puede hacer borrón y cuenta nueva; en cambio, en Costa Rica, un político autoritario que confía en el espejismo del “ordeno y mando” está destinado a que lo abrace el Sistema y se lo trague. Por eso, prefiero pensar que Chaves es lo primero y no lo segundo.

Él cuenta con un apoyo popular que bien podría transformar en el capital político que le permita reunir las voluntades que requiere una gran reforma, pero tiene que dejar de pelear y de creer que en Costa Rica se puede gobernar desde la unilateralidad. Hasta ahora no ha hecho más que embestir como si fuera un toro suelto en el redondel de Zapote.

Y digo todo lo anterior consciente de dos cosas, que no por obvias dejan de ser relevantes. Ni los problemas que padece el país los creo Chaves, ni su fracaso como presidente le conviene a Costa Rica.

Los artículos de opinión aquí publicados no reflejan necesariamente la posición editorial de EL MUNDO. Cualquier persona interesada en publicar un artículo de opinión en este medio puede hacerlo, enviando el texto con nombre completo, foto en PDF de la cédula de identidad por ambos lados y número de teléfono al correo redaccion@elmundo.cr, o elmundocr@gmail.com.

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