El reciente enfrentamiento entre Rodrigo Chaves y la Iglesia Católica no es más que el capítulo más nuevo de una historia que ya se volvió predecible: un presidente que cada semana necesita un adversario distinto. Esta vez le tocó al arzobispo José Rafael Quirós, pero la pregunta que muchos costarricenses se hacen no es por qué discute con él, sino por qué nunca discute con los verdaderos problemas que afectan al país.
Mientras el mandatario dedica tiempo y energía a abrir frentes con periodistas, empresarios, rectores, jueces, sindicatos, alcaldes, organismos internacionales y ahora la Conferencia Episcopal, la pobreza sigue creciendo, el narcotráfico se fortalece, el desempleo golpea a miles de familias y la educación pública continúa en caída libre. Costa Rica arde por dentro y el gobierno parece más preocupado por apagar fuegos que él mismo provoca.
El contraste fue evidente. La Iglesia respondió al ataque presidencial con una carta prudente, en la que reafirmó que no busca privilegios ni prebendas en el tema de las frecuencias de radio. Recordó que su posición es de diálogo, legalidad y respeto, y advirtió que cualquier trato especial sería injusto para el resto de la sociedad. Mientras tanto, desde Casa Presidencial la discusión se redujo a lo personal, como si el país no tuviera desafíos mucho más urgentes que un pleito con un arzobispo.
Y ahí está el punto central: Costa Rica necesita soluciones, no peleas.
Necesita a un presidente que se enfrente a la pobreza con la misma determinación con la que se enfrenta a sus críticos.
Que combata el narcotráfico con la fuerza con la que combate a los medios.
Que discuta el futuro de la educación con la intensidad con la que discute en conferencias de prensa.
Que busque reducir el desempleo con el mismo impulso con el que busca nuevos enemigos.
Pero nada de eso está ocurriendo.
La seguridad continúa deteriorándose. Las escuelas carecen de recursos. Las comunidades están atrapadas entre la falta de oportunidades y el avance del crimen organizado. Miles de jóvenes no encuentran trabajo. Y las familias sienten que cada mes es más difícil llegar al siguiente. En lugar de gobernar para enfrentar esta realidad, el país presencia un liderazgo que desperdicia su capital político en confrontaciones estériles que no ponen un plato más en la mesa de nadie ni hacen más segura ninguna comunidad.
La prudencia de la Iglesia dejó en evidencia algo que muchos ya sospechaban: las instituciones del país están mostrando más madurez que el propio Presidente. Mientras unos llaman al respeto, al diálogo y al bien común, el Ejecutivo insiste en una narrativa de pleito constante.
Costa Rica no necesita un presidente que se pelee con todos.
Necesita un presidente que se pelee —de una vez por todas— con los verdaderos enemigos del país: la desigualdad, la violencia, el desempleo y la crisis educativa.
Todo lo demás, incluidos estos enfrentamientos innecesarios, son simplemente distracciones en un país que ya no puede darse el lujo de seguir perdiendo el tiempo.