
Perdónenme la expresión del título, pero no encuentro una mejor manera de describir lo que está pasando con los opositores del presidente.
No me refiero solo a los partidos en la Asamblea Legislativa, sino también a políticos y analistas que actúan desde los medios de comunicación y las redes sociales, y que muchas veces, más que un esfuerzo por entender y explicar objetivamente el apoyo a Rodrigo Chaves, parecen condicionados por “el efecto invernadero”, que se da por hablar de lo mismo entre los mismos.
Ciertamente, la actual administración apenas comienza y como dicen, “toda escoba nueva barre bien”. Así, es predecible que los críticos descarten el entusiasmo con el presidente, como un apoyo efímero que se evaporará en cualquier momento.
Sin embargo, no estoy tan seguro de que vaya a ser así. En parte, porque los críticos no están considerando el origen del apoyo a Chaves. Este no entró subiendo salarios, además de los del gabinete, bajando impuestos, repartiendo diarios, regalando créditos, cortejando minorías, y demás medidas que sí podríamos calificar de populistas. Es el primer aspecto que debería llamar la atención.
Es cierto que hasta ahora no hay resultados que analizar, o al menos, no hay algo trascendental y concreto. Sin embargo, quienes apoyan al Presidente, no lo hacen por sus logros. Es el segundo aspecto que debería considerarse.
Donde algunos no ven más que un juego de pólvora, otros comenzamos a percibir algo más. Reconozco que yo mismo era de los primeros, y recuerdo, para no pasar por hipócrita, que no voté por Chaves. Aquí está el tercer aspecto que deberían analizar los opositores. Para explicar lo que digo, me remito a las disculpas que ofreció a las mujeres que lo denunciaron por acoso y a la declaración mediante la cual aseguró que en su administración no se tolerarían estas conductas. Lo hizo inmediatamente después de ganar las elecciones, es decir, cuando ya no tenía necesidad de hacerlo. Trump y Bolsonaro, con quienes le comparan sus críticos, nunca hicieron algo semejante. Esto me hizo pensar que el personaje que ganó las últimas presidenciales es un actor que fue de cero a cien siguiendo un libreto y, por supuesto, aprovechando muy bien los errores de sus adversarios. Un libreto que, basado en un buen diagnóstico de la naturaleza y la intensidad del cabreo predominante, exigía cierto estilo. Uno directo y desafiante que enviara el mensaje, después de varios presidentes débiles y erráticos, de que su candidatura ofrecía un liderazgo fuerte que se enfrentaría a un Sistema secuestrado por el privilegio y la corrupción. Ese fue “su programa de gobierno”.
Créanme que cualquiera que se tomara en serio las quejas más comunes del costarricense, y las analizara cuidadosamente, podía entender que los ticos, colectivamente hablando, estábamos pidiendo esa seguridad. De hecho, hablando con una amiga del éxito aparente de la candidata del PUSC, antes de enero, coincidimos en que la posible explicación estaba en que doña Lineth interpretaba bien el papel de la mamá que el tico buscaba. Y aquí hay un cuarto factor a considerar. Así como Saborío demostró durante el mes de los debates una superficialidad que desinfló sus posibilidades, Chaves dejó clarísimo que ese tipo agresivo al que le faltaban las formas y había sido acusado de lo que sabemos, era capaz de hablar con profundidad de temas complejos, haciéndolo en las pocas oportunidades en que la Campaña lo permitió.
Para mi sorpresa y la de muchos, una vez electo, este recién llegado a la Política, que se unió temprano y de forma exitosamente sugerente a Pilar Cisneros, logró además integrar un gabinete que, de momento, se mantiene sin caer en los problemas que muy pronto vimos en administraciones anteriores, en los gabinetes y en las fracciones del PAC, por ejemplo.
Obviamente, esto apenas comienza, pero de momento Chaves desde el Ejecutivo y Cisneros desde la Asamblea, junto con sus colaboradores, han sabido interpretar el disgusto del costarricense que, consciente de su falta de experiencia y de la novedad de su oferta electoral, les han perdonado errores de forma y fondo en sus declaraciones y acciones, así como les aceptaron el aumento salarial del gabinete. ¿Por qué? Posiblemente porque al mismo tiempo, sus declaraciones y acciones coinciden con las preocupaciones y las certezas más comunes y populares, y porque corresponden “al programa” por el que votaron. Esto es lo que sus críticos descartan de manera auto complaciente como una demostración de populismo.
A falta de espacio para analizar esto último en la presente opinión, debo decir que descalificar un político porque entiende que su actividad tiene un componente de espectáculo y entretenimiento, que debe saber manejar, es pasarle la cuenta por el efecto acumulado de años de una prensa que da la misma importancia al conocimiento de un candidato sobre el potencial de la matriz energética o sobre el porcentaje de la deuda pública, que a su conocimiento del precio de un casado o a su participación en un programa de cocina por TV, para citar dos casos de la politiquería local, y la cosa no para aquí. Llevamos años de estar pervirtiendo la democracia con la idea de que en nombre de la transparencia, no deben existir espacios privados de discusión y decisión, ni dentro ni fuera de las instituciones, de tal forma que esa dimensión de entretenimiento y espectáculo, acabó inundándolo todo. Así, el día que el presidente visitó la Corte Suprema de Justicia, para hablar de temas que están bien descritos en el Estado de la Justicia, sabía que no le hablaba a los magistrados, sino al pueblo que de manera transparente, observaba, y no solo observaba, lo hacía desde una censura más que demostrada hacia el Poder Judicial.
Lo que quiero decir con todo esto, es que en lugar de intentar corregir a Chaves con diatribas postizas, sus opositores deberían darle una oportunidad a la autocrítica para analizar cuanta responsabilidad tienen en el disgusto acumulado por la ciudadanía, cual es la naturaleza de este, y por qué sintoniza tan bien con el estilo del presidente. Lamento decir, que hablarle al pueblo con la afectación elitista de quien se dirige a un auditorio universitario, cuyos miembros tienen sus problemas resueltos, no sufren las congojas diarias de quienes padecen las dificultades de la economía real, ni las exigencias absurdas de la burocracia, es un error.
Argumentar, por ejemplo, que su estilo amenaza la democracia, es ignorar o menospreciar las fortalezas de nuestra institucionalidad. Descalificar las críticas de Pilar Cisneros a la Asamblea Legislativa como un desprecio a la democracia, es hacer a un lado de manera oportunista señalamientos que desde diferentes instancias y en distintos momentos se han hecho a nuestro proceso legislativo. Es olvidar que nuestro congreso, por muchas razones dentro de las cuales, las de naturaleza estructural no son menores, perdió hace tiempo la capacidad de transformar el Estado, la economía y la sociedad.
Hasta ahora, cada llamada de atención a Chaves o a Pilar Cisneros se ha transformado en abono para su imagen. Estos dos se están comiendo a sus opositores, y lo hacen por la misma superficialidad y autocomplacencia de sus críticos. Entre los cuales, algunos, por resentir las formas, se olvidan de que hasta hace poco criticaban al Sistema, por las mismas razones que Chaves, Cisneros y sus colaboradores. Esto lo digo sin perjuicio del reconocimiento a la respetabilidad que infunde Rodrigo Arias desde la Presidencia de la Asamblea Legislativa. Algo que debe valorarse por más razones que las inmediatas.
Finalmente, pienso que a Rodrigo Chaves corresponde adoptar una narrativa que de sentido y coherencia a su administración. Una narrativa que de propósito al activismo propio del arranque y un norte a la política costarricense, así como le corresponde también serenarse y adoptar una actitud dialogante, indispensable para allanar el camino a reformas que inevitablemente deben pasar por la Asamblea.
Debe hacerlo para galvanizar el apoyo popular que lo acompaña, hasta convertirlo en una fuerza transformadora. De lo contrario, los que hoy le siguen comenzarán a perder entusiasmo, no por adoptar la crítica de sus opositores, sino por su propia incapacidad para evolucionar; y un Presidente sin apoyo, es un líder sin capacidad de convocatoria, que acaba teniendo la confiabilidad de un porfiado.
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