Cerrar las puertas a China es dispararse en el pie

» Por Mauricio Ramírez Núñez – Académico, Máster en Estudios Latinoamericanos con énfasis en Cultura y Desarrollo.

Fotografía de Ruiyang Zhang.

Durante la actual administración se ha intentado encasillar la relación entre Costa Rica y China dentro de un marco ideológico anacrónico, llegando incluso a calificarla de fracaso. Se plantea como una dicotomía simplista: buena o mala, basada en valores o en afinidades políticas, que desvirtúa la naturaleza misma de lo que es una verdadera política exterior. Ese enfoque no solo es reductivo, es conceptualmente erróneo.

La política exterior no es y nunca ha sido un ejercicio moral, sino una práctica estratégica guiada por intereses concretos. En un entorno internacional en transición hacia un orden multipolar, donde las decisiones se estructuran en torno a capacidades económicas, acceso a mercados y posicionamiento geopolítico, la clave para el desarrollo de los Estados reside en la diversificación de vínculos y en una inserción inteligente, flexible y pragmática en la economía global.

Hoy el poder se encuentra disperso, los centros de decisión se han multiplicado y la competencia entre potencias ya no se articula en bloques rígidos, sino en entramados complejos de interdependencia. En este contexto, evaluar una relación internacional bajo parámetros ideológicos propios de la Guerra Fría, un ciclo histórico cerrado desde 1991, no solo resulta analíticamente insuficiente, sino que constituye un error de diagnóstico grave, cuando no deliberado.

La relación entre Costa Rica y China no puede entenderse como una apuesta política abstracta, sino como un vínculo económico concreto, medible y dinámico. Los datos más recientes de la Administración General de Aduanas de China lo evidencian con claridad. En 2024, el comercio bilateral alcanzó los 7.760 millones de dólares, con un crecimiento del 36,1%. Más significativo aún, Costa Rica exportó 4.380 millones de dólares, lo que representó un aumento del 50,1%, mientras que las importaciones desde China fueron de 3.380 millones. Es decir, en ese año el país registró un superávit comercial frente a una de las principales potencias económicas del mundo.

Al año siguiente, en 2025, el comercio total se contrajo a 5.860 millones de dólares. Sin embargo, esa reducción, propia de las fluctuaciones del ciclo económico global, no altera la naturaleza estructural de la relación. Costa Rica continúa exportando bienes de alto valor estratégico, como circuitos integrados, dispositivos médicos, carne de res y café, mientras que China provee automóviles, productos electrónicos, acero y manufacturas. Lo que emerge de esta dinámica no es una relación fallida, sino una relación compleja, basada en complementariedades reales dentro de las cadenas globales de valor. Así funciona el mundo real.

Y es precisamente ahí donde se revela uno de los errores más persistentes del debate: la idea de que toda relación comercial debe ser simétrica. La economía internacional no funciona bajo ese principio. Pensar o afirmar esto lo que demuestra es un desconocimiento absoluto de la realidad económica global. Funciona a partir de especialización, ventajas comparativas y articulación productiva. Costa Rica no compite con China en los mismos sectores, se inserta en un esquema donde exporta tecnología y bienes diferenciados, e importa insumos y manufacturas que fortalecen su propia estructura productiva. Eso no es dependencia, ni sumisión, es interdependencia funcional.

El problema de fondo, sin embargo, no es económico, sino conceptual. Se persiste en analizar la política exterior como si se tratara de una elección binaria: estar con uno implica necesariamente estar contra otro. Pero el sistema internacional ya no opera bajo esa lógica. Si aun así se insiste en ese marco, conviene al menos ser realistas: la primacía de Estados Unidos enfrenta límites cada vez más visibles. Conflictos como los de Ucrania o Irán evidencian las dificultades para imponer su hegemonía frente a actores como Rusia o Irán, mientras que en el plano económico y comercial tampoco logra doblegar a China, que se consolida como eje central del comercio, la manufactura y la tecnología global.

En ese contexto, plantear que Costa Rica debería darle la espalda a China resulta estratégicamente absurdo. Sería equivalente a que, en plena Revolución Industrial, un país hubiera decidido aislarse de las economías que lideraban la transformación tecnológica y productiva de su tiempo: no es un acto de autonomía, sino de autoexclusión del proceso histórico que define el desarrollo. En este entorno, alinearse exclusivamente con una potencia no es una muestra de coherencia estratégica, sino de sumisión al más alto nivel.

Para un país como Costa Rica, sin poder militar y altamente dependiente del comercio exterior, la única estrategia racional es el no alineamiento activo, la neutralidad: diversificar relaciones, evitar dependencias exclusivas, no importar conflictos ajenos y maximizar oportunidades allí donde existan. Esto implica entender que los valores compartidos, aunque relevantes en el plano discursivo, no son el motor de la geopolítica. Lo que mueve a los Estados son los intereses: acceso a mercados, tecnología, inversión, posicionamiento. Las relaciones internacionales no se sostienen por afinidad, sino por funcionalidad.

Desde esa perspectiva, pretender reducir o replantear la relación con China en función de criterios ideológicos no solo carece de sustento práctico, sino que implica un acto de analfabetismo geopolítico evidente. No existe hoy un actor que pueda sustituir el papel que China desempeña en el comercio global ni en la estructura de intercambio que Costa Rica ha desarrollado con ese país, que, dicho sea de paso, es nuestro segundo socio comercial.

La historia ofrece una lección constante: ninguna hegemonía es eterna. Apostar exclusivamente por una potencia, especialmente en un momento de transición del sistema internacional como el actual, es una estrategia para el fracaso. Más aún cuando esa potencia no puede, en términos estructurales, complementar el comercio que hoy sostiene Costa Rica con China. En un mundo multipolar, la verdadera soberanía no consiste en alinearse, sino en mantener autonomía. No consiste en escoger bandos, sino en preservar opciones. Y, sobre todo, no consiste en cerrar puertas en nombre de principios abstractos, sino en abrirlas en función del interés nacional.

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