Brandon Toruño, o sobre la mala retórica

» Por Christopher Matamoros Rojas - Filósofo, graduado de la UCR con énfasis en filosofía política

Foto: Karla Pérez
Foto: Karla Pérez

Recientemente se ha popularizado la tonta idea -particularmente en personajes “políticos” (suponiendo que haya alguien afuera de la política, o de lo político, para ser precisos conceptualmente)- de que, es ventajoso que se hable de alguien, independientemente de los motivos por los cuales se habla de ese alguien. Siguiendo este razonamiento torpe y oportunista, la imagen de Óscar Arias se vería fortalecida con la investigación que lleva a cabo la fiscalía a propósito del “caso crucitas”, que es como le llamamos quienes no somos entendidos en las artes jurídicas,  y  todas y todos entendemos con claridad que, para el Nobel de la Paz esta no es una situación que beneficie a su -ya deteriorada- imagen pública, dicho esto: no, no siempre es ventajoso que se hable de alguien, particularmente cuando se expresan abiertamente intenciones de participar en el juego “democrático” que ofrece nuestro país para alcanzar una diputación, por decir un simple ejemplo.

Esta breve introducción nos lleva a discutir con el artículo de Brandon Marín (alias Brandon Toruño) quien a pesar de no ser abogado, o politólogo, o sociólogo, o médico, o especialista en bioética, pretende esbozar opiniones expertas sobre el aborto, el feminismo y sus posibilidades en el escenario de la política nacional. A Brandon lo conozco personalmente y de hecho, hemos conversado sobre estos temas, curiosamente nunca lo hemos hecho de manera pública (particularmente porque es opinión de quien escribe que, no somos dos hombres cis-género quienes debemos estar debatiendo sobre el derecho de las mujeres a decidir sobre su cuerpo), por ello, de pronto resulta útil escribir este artículo como respuesta al que publica Toruño en este periódico el día 21 de enero de 2019, intitulado «La norma técnica” abre un portillo para las feministas supremacistas puedan solicitar abortos a la libre», que, fiel al estilo de Toruño, termina siendo un artículo polémico, pero no por las razones correctas.

Empecemos por lo que parece más obvio para mí, pues debido a la formación como filósofo, los conceptos me resultan un asunto medular en cualquier texto (ya sea de opinión, o no), por ello llama la atención que Toruño indica que «Sólo en la mente de feministas supremacistas, acabar con la vida de una niña de 6 meses de gestación -con una familia que ha considerado adoptarla-, puede ser considerado un derecho humano», esto, a pesar de que un feto en gestación no es una niña, es un feto, que depende estrictamente del cuerpo de la mujer para continuar con su desarrollo vital, el derecho humano no consiste en “acabar con la vida”, sino con la afirmación del derecho de las mujeres sobre sus cuerpos, independientemente de las condiciones en que esta mujer haya quedado embarazada. Además, tendría que aclararnos el autor a qué se refiere con “feministas supremacistas”, porque dicho así, no significa nada, y solo deja entrever el miedo que le tiene al feminismo, primero porque no lo conoce, y además, porque parece ser que lo padece, o preguntémonos, ¿a cuál persona respetuosa de los derechos de los mujeres y con la convicción de que merecen los mismos derechos que hemos tenido los hombres desde siempre, que se indigne por el número terrorífico de femicidios que azotaron a Costa Rica el año pasado y que crea firmemente en una sociedad inclusiva y defensora de los derechos humanos le puede indignar tanto el feminismo?, ¿les parece radical?, ¿en qué nos debe molestar que el feminismo sea radical?, los derechos no se mendigan, decía José Martí, y yo creo para arrebatarlos se necesita radicalidad.

¿Por qué es radical el feminismo? Porque hay quienes se atreven a decir en una columna de un periódico de circulación nacional que el patriarcado habita solamente en la “mórbida cabeza” de las feministas, como afirma Toruño. Una sociedad en donde hayan hombres que consideren que un gol en contra de su equipo de fútbol favorito merece que su pareja (mujer) sea golpeada -a veces hasta la muerte- no puede ser llamada de otra forma que sociedad patriarcal. ¿Los hombres sufrimos violencia? Por supuesto que sí, pero estamos hablando de la sociedad como estructura y asentamiento de una cultura determinada, los casos aislados no constituyen un problema a nivel macro, por ello, las razones para que exista el Instituto Nacional de las Mujeres sobran, a pesar de que figurillas “pro-vida” como Fabricio Alvarado o Brandon Toruño, consideren que el patriarcado no es un problema, pero, ¡por supuesto que no comprenden que es un problema, porque no lo padecen!

Toruño además se deleita con teorías de conspiración al decir que la firma de la “norma técnica” (las comillas se utilizan en el artículo, aunque no ofrezca razones para ello) es un acto del PAC y sus aliados (tampoco sabemos quiénes son) para complacer los intereses de empresas transnacionales y lo que él denomina “la industria del aborto”, ignorando por completo el problema real: todos los años están muriendo mujeres o cuando menos poniendo en riesgo sus vidas en abortos clandestinos (de los cuales, por supuesto, no tenemos cifras exactas, pues, son clandestinos). La vida de esas mujeres no es asunto de Toruño, pues es pro-parto.

Otro de los asuntos que “preocupa” a Brandon Toruño, es que se abran “portillos legales” para que las “neofeministas” (supongo que son distintas de las feministas supremacistas, pero tampoco lo aclara. Aunque desde el primer párrafo quedaba claro que hacer distinciones no es la especialidad del autor) aborten a diestra y siniestra pagado con los bolsillos de las costarricenses y los costarricenses. Es obvio que Toruño considera que abortar es el equivalente a escribir en Facebook y recibir miles de reacciones de “me divierte” (que a él le resulta muy bien), cree que es divertido abortar, es obvio que no quiere comprender que muchas veces las mujeres no quieren parir, y que nadie debe obligarlas a hacerlo, porque es su decisión. Toruño llama a esto “sexo sin responsabilidades”, lo cual deja en claro lo que le atemoriza es que las mujeres puedan empoderarse de sus cuerpos sin tener que pedir permiso. No se trata de ser pro-vida, sino de convertir en prohibición legal sus “convicciones morales”.

Toruño, por otra parte, menosprecia el trabajo de valoración de profesionales en trabajo social o áreas distintas a la medicina, lo cual deja en evidencia nuevamente su amplio desconocimiento de los debates alrededor del aborto, que son fundamentalmente éticos, es decir, filosóficos, o sea, que no corresponde únicamente a los profesionales y las profesionales en medicina tomar las determinaciones en estas situaciones.

Por último, cualquier persona que quiera discutir sobre estos asuntos debería revisar y pensar con detenimiento los principios de bioética: 1) autonomía, 2) beneficencia, 3) no maleficencia y 4) justicia. Si Toruño hubiese seguido esto, como consejo, comprendería que lo que buscan las feministas contemporáneas y lo que buscaban las feministas  de los siglos XIX y XX es exactamente lo mismo, y que siempre ha habido hombres en traje que han buscado callar sus bocas, usualmente con mala retórica.

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