Bajo la lluvia Dios sí existe

De los terremotos se dice que sirven para que la tierra se acomode, y libere energía. De las crisis podríamos bien decir, de forma analógica, lo mismo. En Costa Rica, y en gran parte del mundo, los escándalos por abuso sexual están a la orden del día. Y no es de extrañarse: Estas cosas tarde o temprano ven la luz, porque a los seres humanos siempre nos ha costado entender que, en cualquier persona, la falta de sinceridad y de congruencia en la vida son una bomba del tiempo que, cuando explota, termina por destrozar la vida de inocentes, debido a su onda expansiva.

Haciendo un recuento de los daños contados a la fecha, llevamos entre los denunciados cientos de profesores (que desconocemos, porque nadie ha movido un dedo para averiguarlo), varios sacerdotes (que conocemos, porque a los medios nacionales olvidaron a los profesores), un premio de literatura (vulgar para escribir… y para actuar), un transexual y un premio nobel.

Ayer, Semanario Universidad -aprovechando la obtusa cobertura que los medios de comunicación le han dado al tema de los abusos por parte de sacerdotes- publicaba un artículo con testimonios de exseminaristas, donde comentaron, entre otras cosas, situaciones penosas que se daban en los seminarios nacionales. Y, como respeto profundamente su derecho a decir estas cosas, me aprovecharé de ellas para hacer una explicación sobre algunas cuestiones que, de buenas a primeras, a los entrevistados quizá no les quedó claro mientras estuvieron en el seminario.

En primer lugar, es necesario aclarar al lector algunos aspectos sobre la vocación al sacerdocio. Cuando se dice que alguien descubrió su vocación -en el ámbito religioso, profesional o incluso en el artístico- significa que esa persona se ha sentido llamada para desarrollar un fin concreto. Y, cuando aquella persona acepta seguir su vocación, lo hace con la clara intención de seguir inexorablemente el fin para el cuál se ha sentido llamado.

Dicho esto, nunca es lícito seguir una vocación cuando el detonante que la promueve no es el deseo de atender a un llamado, sino es afán ocultar algún fenómeno -interno o externo- que la persona no puede controlar. La razón primordial que hace a un adolescente escoger una ingeniería es el amor por el diseño, las matemáticas y la innovación, no el miedo a la sangre, o a las culebras. De igual forma, el contrae matrimonio debería hacerlo como producto del amor, pero a nadie se le ocurre (esperemos) casarse por miedo a quedarse soltero. La vocación tiene, por su naturaleza, una orientación a la apertura universal, no a la privación de la libertad.

En esta línea, la vocación al sacerdocio -y cualquier otra que contenga en ella la vivencia del celibato- sólo puede ser real si aquello que la motiva es el amor a la divinidad. Y esto por una sencilla razón: La aceptación de la vocación al celibato nunca constituye un sacrificio negativo, porque quien la acepta ha de tener el criterio suficiente para entender que aquello que gana con su sí es infinitamente mayor a lo que por su sí deja atrás.

Si es que, claro está, se deja algo tras adoptar el celibato: este no constituye una renuncia del matrimonio, ni se pueden plantear estas vocaciones como si fueran radicalmente opuestas; más bien, son ambas opciones nobles y lícitas de escoger, atiendo a lo que Dios pida. Del mismo modo, el celibato no representa nunca una renuncia a la vivencia de la sexualidad; hay que aclarar que, para los célibes, el dominio propio y la abstención -cosa que es lógica y humana, pero chocante para la actual revolución sexual- son la manera propia en que viven su sexualidad.

Así pues, no se entra al seminario para esconder las tendencias de ninguna naturaleza, para obtener una posición de poder, o para “ser una persona alabada en su pueblo, escuchada, amada, querida e importante”, como afirmó uno de los exseminaristas. La única razón por la que es lícito entrar al seminario, o a cualquier institución de la Iglesia, es por el llamado de Dios, que siempre es en positivo.

En segundo lugar, aunque los exseminaristas afirman que la crisis de los abusos radica en que la Iglesia ha fomentado la homofobia, me inclino a pensar que la crisis de los abusos radica en que quizás -por hacernos de la vista gorda en estos temas- hemos sido demasiado progresistas. ¿Cómo dicen estos exseminaristas que hay “sacerdotes homosexuales” ubicados en puestos medulares de parroquias y centros de formación, para luego decir -bajos los parámetros que ellos mismos pusieron- que la Iglesia es homofóbica? Y, ¿Cómo plantean que la Iglesia, con una sutilidad casi obvia- avale que personas con tendencias homosexuales sean ordenadas, si casi la totalidad de los casos de acoso y abuso son justamente contra -niños, jóvenes o seminaristas- varones?

Con las preguntas anteriores, no planteo, ni de lejos, que las personas con tendencias homosexuales sean en su mayoría abusadores. Planteo, más bien, que los actos deshonrosos cometidos por algunos sacerdotes son una triste consecuencia de no haber sido radicalmente sinceros cuando tenían su acompañamiento espiritual en el seminario, lo que provocó que hoy sean sacerdotes que -quizá- por preferir el qué dirán, a la voluntad de Dios, no tenían porqué llegar a serlo.

Es muy cierto que los católicos que sienten atracción hacia personas del mismo sexo se han sentido durante siglos aislados, y es justo decir que en la Iglesia nos han faltado esfuerzos para desarrollar modos e instituciones que les orienten para guiarles hacia la santidad.

Me atrevo a decir -y este párrafo constituye una opinión meramente personal- que la razón por la cual una persona con inclinaciones afectivas hacia personas del mismo sexo no tiene cabida en el sacramento del sacerdocio radica en que la tendencia misma que posee es medio y fin –vocación, podría decirse- para alcanzar su santidad. No ocupa, por tanto, acceso a algún sacramento, consecución de votos religiosos o compromiso de celibato alguno para ser más propicio a Dios, pues la lucha por vivir su castidad ya contempla la gracia suficiente para obtener el favor divino. En el misterio de la fe católica, ganamos en santidad cuando luchamos contra nuestras inclinaciones -las que cada uno posea- y es por medio de nuestra lucha ascética donde más favor de Dios se obtiene.

Hoy por hoy, gracias a programas internacionales como Courage, y a los valientes testimonios de católicos con estas características que se han propuesto encontrar la santidad (como la chica norteamericana Ave María Santo, entre otros), se van abriendo nuevos horizontes, donde la vivencia de estas personas en una castidad ejemplar para alcanzar la santidad, en un occidente presionado completamente por el lobby LGTB, se convierte en una novedad disruptiva. Con todo criterio, puedo afirmar que la Iglesia tendrá santos y mártires que morirán -como muchos otros antes, esto no es ninguna novedad- por adoptar la alegría de la castidad en este estado y negarse a aceptar la imposición de las políticas de género.

En tercer lugar, la Iglesia Católica tiene en su constitución una multitud global de fieles, y todos nosotros, parte de esta Iglesia, con una serie aún más innumerable de imperfecciones. Pero hemos dejado que nos acorralen nuestras imperfecciones: Olvidamos la sinceridad. Olvidamos la oración, por no ser sinceros. Y olvidamos la humildad, por no hacer oración. En un mundo materialista, fue muy simple caer en la tentación de rezarnos a nosotros mismos.

En no muchos años, he conocido sacerdotes que no creían en la confesión, en las rúbricas de la misa, en la corrección fraterna, en la santidad, en el pecado o en el celibato. Pero, gracias a Dios, he conocido sacerdotes -varoniles, recios, piadosos, respetuosos, estudiosos y fieles- que saben poner amor y fe en lo que hacen. Solo por esos, vale la pena creer en el sacerdocio. De todas maneras, quien determine su permanencia en el catolicismo según la santidad -o inclinaciones, o pecados, o modos de ser- de los sacerdotes y laicos, comete el diminuto error de no haber entendido nada del catolicismo. El católico no sigue a un grupo de personas; el católico sigue a Cristo. Y, siguiendo a Cristo y cumpliendo los preceptos que Él dejó, camina por el mundo afrontando las adversidades y perdonando a quienes nos ofenden -con amor y misericordia- entendiendo que solamente Dios no se equivoca.

En cuarto (y último) lugar, ¿Qué tienen en común algunos profesores, algunos sacerdotes, el escritor de “Bajo la lluvia Dios no existe” y un expresidente nobel? ¿Será acaso que todos viven en celibato? ¿Quizás que todos han sido profesores alguna vez? ¿O que escriben bien? Pues ninguna. El problema de los abusos -haciendo referencia a uno de los entrevistados por Semanario- no es “sistemático”, sino es completamente social. Vivimos en una era de quebranto social, donde las vidas de las personas están llenas de contradicciones.

Son muchos los que simulan lo que no son por sentir que para la sociedad son algo; muchos recurren a métodos -drogas, alcohol o entretenimiento digital- que les ayuden a acallar las miserias que cargan por dentro; unos quieren obligar a otros a definir como diverso la unión de cosas prácticamente idénticas. También hay quienes luchan contra el acoso hacia la mujer fomentando la pornografía; hay quienes defiende la libertad de un ave de corral por encima de la libertad de un niño por nacer, y hay quienes creen que con cien mentiras puede construirse una verdad.

La Iglesia es parte del mundo -está inmersa en él y se ha desarrollado de forma entretejida-  y padece, por tanto, las decadencias que en el mundo se presentan. Las duras situaciones que se ha estado viviendo en los últimos meses son las réplicas de mayo de 68, de la crisis posconciliar, de la teología de la liberación y sobre todo -siéntase enfático acá mi escribir- del clericalismo, una mala hierba muy difícil de desarraigar. No puede acusarse a los miembros de la Iglesia, y a la divinidad, de provocar un problema en los seres humanos que se ha dado -casualmente- por la falta de humanidad.

Termino diciendo que, la futura solución al asunto de los abusos y al fortalecimiento de la formación dentro de la Iglesia y el mundo no se acabará con desarrollo de programas estratégicos y planes de mejora. Se acabará con la oración incesante y el trabajo tenaz de todos sus fieles. Se acabará cuando los sacerdotes celebren sus ceremonias con devoción; usando, como es debido, sus ornamentos y siempre según la liturgia; se acabará cuando atiendan con mayor frecuencia a las almas, y no se deje a nadie vivir en soledad; se acabará cuando todos aquellos quienes trabajan con jóvenes tengan trato respetuoso y transparente con menores. Se acabará cuando nos formemos mejor, y tengamos la valentía de luchar contra nuestras debilidades; cuando volvamos a predicar cómo ganarse el cielo mientras se está en la tierra; se acabará cuando dirijamos todos nuestros afectos hacia a los demás, como el cristianismo siempre lo ha enseñado, pasando todos nuestros afectos a través del corazón llagado de Cristo.

Los artículos de opinión aquí publicados no reflejan necesariamente la posición editorial de EL MUNDO. Cualquier persona interesada en publicar un artículo de opinión en este medio puede hacerlo, enviando el texto con nombre completo, fotocopia de la cédula de identidad por ambos lados y número de teléfono al correo redaccion@elmundo.cr.

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