Asamblea Legislativa, el país ya no tolera otra temporada de circo

» Por M.Sc. Milton Madriz Cedeño - Politólogo, experto en gestión pública y gobernanza

A menos de un mes de que asuma funciones la nueva Asamblea Legislativa, conviene recordar una verdad que cierta clase política olvidó hace tiempo. El respeto institucional no se hereda, no se alquila y no se decreta desde una curul. ¡Se gana! Se construye con trabajo serio, conducta sobria, inteligencia política, disciplina parlamentaria y resultados visibles para el país.

La Asamblea que se va no deja prestigio alguno, deja desgaste. No deja ejemplo, deja advertencia. Durante estos cuatro años, Cuesta de Moras descendió, paso a paso, de foro republicano a escenario de mezquindades, obstrucción e histrionismo. Lo que debió ser el Primer Poder del Estado terminó demasiadas veces pareciéndose a un plató de confrontación barata, donde el control político se degradó en espectáculo y la investidura parlamentaria se rebajó a clip para redes, micrófono rabioso y “comisionitis” usada como tarima de vanidades.

La ciudadanía tomó nota, y lo hizo con una severidad demoledora. La II Encuesta sobre Libertad de Expresión y Confianza en Medios de Comunicación, elaborada por PROLEDI y CIEP, mostró que un 72 % de las personas confía poco o nada en los congresistas cuando informan sobre temas nacionales, frente a apenas un 8,8 % que manifiesta alta confianza. No se trata de una mala racha reputacional. Es una desautorización social profunda. Cuando un Parlamento inspira tan poca credibilidad, el problema ya no es de imagen. Es de legitimidad de desempeño.

Y esa pérdida de respeto no cayó del cielo. Fue trabajada con esmero por una Asamblea saliente que muchas veces pareció más interesada en intoxicar el ambiente político que en mejorar la calidad del Estado. El Programa Estado de la Nación reportó que, en el período 2024–2025, se aprobaron 240 leyes, pero solo 109, es decir un 45 %, fueron clasificadas como sustantivas. El otro 55 % correspondió a materias de menor impacto estructural, como presupuestos, autorizaciones municipales, condonaciones y asuntos de alcance limitado. En otras palabras, hubo mucha espuma legislativa y menos músculo transformador del que algunos quisieron vender. Mucho papel, poca República.

Lo más irritante es que este rendimiento mediocre se produjo dentro de una institución que para 2025 contó con un presupuesto de ₡49.542,6 millones. La mayor parte de ese monto se destinó a gasto corriente. El país, por tanto, pagó muy caro por una legislatura que demasiadas veces rindió barato. Esa desproporción es política y moralmente indecente. No se puede sostener un aparato de ese costo para que termine convertido en un teatro de poses, desplantes, cámaras y pulsos estériles. Cuando una democracia financia tan generosamente a su Congreso, lo mínimo exigible es altura, eficacia y sentido de país. La Asamblea saliente entregó demasiado a menudo ruido, cálculo corto y fatiga institucional.

Decirlo sin rodeos no es exceso verbal, es higiene conceptual. La Asamblea 2022-2026 fue, en demasiados momentos, una de las expresiones más pobres y ridículas de representación política de la historia reciente. No por una sola votación ni por un episodio aislado, sino por la acumulación de pequeñeces. Por esa mezcla tóxica de mediocridad estratégica, narcisismo parlamentario y obsesión facciosa que convirtió al llamado “Búnker de Moras” en un circo de payasos solemnes al servicio de una oposición envejecida, sin imaginación y aferrada a la ilusión de que desgastar al Ejecutivo equivalía a servir al país. No sirvieron al país. Se sirvieron del desgaste como método, del micrófono como refugio y del bloqueo como sustituto de la propuesta. No existe nada más antiético en la función pública que este ridículo de cuatro años.

El electorado también juzgó eso. El 1 de febrero de 2026 Costa Rica eligió a Laura Fernández en primera ronda con 48,5 % de los votos, y además otorgó a su partido 31 de 57 escaños, algo que no ocurría desde 1986 para una sola fuerza política. Esa no fue una casualidad estadística ni un accidente sociológico. Fue una corrección política. Fue el rechazo del soberano a una Asamblea que había hecho demasiado poco por el desarrollo del país y demasiado por el teatro opositor. Las urnas dijeron con claridad lo que una parte de la vieja élite parlamentaria todavía no termina de aceptar. El circo fue visto, entendido y castigado.

Por eso la nueva Asamblea no puede empezar creyendo que el país le debe reverencia automática. Le tocará ganársela desde el primer día. Y deberá hacerlo bajo una presión mayor, porque recibe una institución constitucionalmente intacta, pero políticamente erosionada. Recibe un edificio formal en pie, pero una reputación agujereada. Recibe una curul, sí, pero también una deuda con la ciudadanía.

La fracción oficialista, precisamente por ser mayoría, tiene la responsabilidad principal. Ya no podrá vivir del diagnóstico ni del contraste con el desastre anterior. Tendrá poder real y, con él, un estándar más alto. Le corresponderá demostrar cohesión, seriedad y sentido de Estado. Tendrá que actuar con disciplina interna, solvencia técnica y firmeza política. No le bastará con ganar votaciones. Tendrá que probar que sabe usar una mayoría para construir, ordenar prioridades, mejorar leyes y acompañar al Ejecutivo sin caer en triunfalismos huecos, improvisaciones o peleas de ego. La mayoría sirve de poco si no tiene densidad política ni método legislativo.

Hay un punto clave que no debe perderse. Una mayoría oficialista también puede deteriorarse si se intoxica con la comodidad del número. Si se dispersa, si se fragmenta, si se deja seducir por el protagonismo individual o si olvida que el mandato que recibió no fue para administrar un botín, sino para empujar un rumbo. El país no votó continuidad para contemplar otra versión del mismo pantano. Votó para que la Asamblea deje de ser freno, boutique de vanidades o trinchera de revanchas, y vuelva a parecerse a una institución de trabajo.

La oposición, por su parte, también recibió un mensaje inequívoco, aunque algunos todavía lo escuchen con audífonos pseudoideológicos. La nueva correlación legislativa la obligará a redefinirse, porque ya no podrá obstruir con la facilidad de antes. Eso es exactamente lo que cambió. El tiempo de la Asamblea convertida en búnker de desgaste llegó a su límite político. Ahora la oposición tiene dos caminos. Puede transformarse en una minoría inteligente, útil y con aportes puntuales al interés nacional, o puede seguir representando el papel de charanga parlamentaria y caminar dócilmente hacia su propia extinción histórica.

En una república seria, la oposición no existe para sabotear por reflejo, ni para convertir cada sesión en un episodio de neurosis colectiva. Existe para controlar con seriedad, para corregir con argumentos, para resistir donde corresponda y para coincidir cuando el país lo exige. Lo demás no es pluralismo, es adolescencia política. Y Costa Rica ya pagó demasiado caro esa adolescencia prolongada de bancadas que confundieron fiscalización con histrionismo, República con show y debate con berrinche, amén de pésimos diputados (as) que hoy el pueblo los aborrece con solo verlos.

Desde la ciencia política, el problema de fondo ha sido evidente. Giovanni Sartori advertía que la democracia representativa se vacía cuando la competencia entre actores degenera en puro ruido faccioso y pierde sustancia programática. Algo de eso ocurrió en la Asamblea saliente. Se compitió demasiado por cámara, demasiado por titular y demasiado por humillación del adversario, pero muy poco por arquitectura institucional, calidad normativa y solución real de problemas nacionales. El resultado fue una mezcla tóxica de hiperactividad superficial y esterilidad estratégica.

La nueva Asamblea tiene, entonces, una obligación que va más allá de tramitar proyectos. Debe restaurar la idea misma de Parlamento como órgano serio. Debe convencer al país de que allí hay adultos en funciones republicanas, no figurantes de una guerra de micrófonos. Debe demostrar que el control político puede ser firme sin convertirse en circo, que la mayoría puede ser fuerte sin volverse torpe, y que la oposición puede ser crítica sin convertirse en una máquina de resentimiento.

El país, además, no tiene tiempo para otra legislatura perdida. La inseguridad sigue golpeando, la eficiencia estatal sigue siendo una tarea pendiente y la ciudadanía está cansada de ver desproporción entre la magnitud de los problemas y la pequeñez de ciertos debates parlamentarios. El Congreso entrante tendrá que concentrarse en seguridad, simplificación del Estado, calidad de la legislación, disciplina presupuestaria y control político responsable. Tendrá que trabajar más y posar menos. Tendrá que hablar menos para sí mismo y escuchar más el mensaje de un país que se cansó del teatro y la estupidez legislativa.

Porque esa es, al final, la lección más brutal del período que concluye. Una institución no siempre se destruye por un escándalo monumental. A veces se degrada lentamente por ridiculez reiterada, por banalidad moralista, por pequeñez de espíritu y por el hábito ruin de anteponer la vendetta al bien común. La Asamblea saliente perfeccionó demasiado bien ese arte miserable. Perdió respeto porque trabajó para perderlo. ¡Y seamos claros, lo hizo muy bien!

La nueva tiene ahora una oportunidad rara en política, la de empezar con poder y, al mismo tiempo, con un mandato de rectificación. Pero para honrarlo deberá entender algo elemental. El pueblo ya no premia solemnidades vacías. Exige resultados, seriedad y estatura.

Por eso este no es un ruego, es una exigencia republicana. La nueva Asamblea Legislativa debe ganarse el respeto del pueblo costarricense con sudor, sapiencia, disciplina y resultados. La mayoría oficialista deberá demostrar que sabe conducir y construir. La oposición deberá asumir que el circo se acabó y que, si quiere tener futuro, tendrá que aportar algo más que ruido y circo.

Costa Rica no necesita otra temporada del “show” del Búnker de Moras convertido en carpa de vanidades. Necesita un Primer Poder que vuelva a parecerse a una institución republicana. Menos histrionismo, más trabajo. Menos vendetta, más país. Menos vanidad, más República.

Porque el respeto, en política, no se hereda con la credencial. Se arranca con conducta, con trabajo y con estatura. Y la nueva Asamblea ya no tiene margen para seguir fallando. ¡El mensaje es claro, a actuar!

Los artículos de opinión aquí publicados no reflejan necesariamente la posición editorial de EL MUNDO. Cualquier persona interesada en publicar un artículo de opinión en este medio puede hacerlo, enviando el texto con nombre completo, foto en PDF de la cédula de identidad por ambos lados y número de teléfono al correo redaccion@nuevo.elmundo.cr, o elmundocr@gmail.com.

Últimas noticias

Te puede interesar...

[tipocambiocompra]
[tipocambioventa]

Últimas noticias

Edicto