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Ariel Robles y los vientos de su propia conveniencia

» Por Bryan Acuña Obando - Máster en Diplomacia, profesor universitario y analista internacional.

En una publicación de “X” el exdiputado Ariel Robles presentó los resultados de Brasil y Estados Unidos como señales de un cambio que terminará alcanzando a Costa Rica. Su planteamiento tiene una intención política reconocible; transmitir confianza a sus seguidores y advertir a sus adversarios que también pueden perder. El problema aparece cuando esa expectativa se convierte en una certeza electoral sin explicar los pasos que permitirían sostenerla.

Robles puede celebrar victorias de fuerzas con las que encuentra afinidades y desear que sus adversarios costarricenses sufran una derrota semejante. Eso pertenece al terreno legítimo de la competencia política. Sin embargo, hacer una afirmación de que unos resultados anuncian otros exige algo más que entusiasmo y deseos. Entre observar una coincidencia internacional y pronosticar una consecuencia nacional hay diferencias que su mensaje deja sin resolver.

La primera está en el significado del cambio. En Brasil, Lula fue reelegido presidente, según el Tribunal Superior Electoral. Ese resultado representa continuidad presidencial, aunque suponga una derrota para sus adversarios. Presentarlo como expresión de unos nuevos “vientos de cambio” requiere precisar qué estaría cambiando; quién gobierna, la correlación de fuerzas o las posibilidades de determinados proyectos políticos. Son interpretaciones diferentes y creer que Lula va a cambiar lo que viene haciendo Lula es extraño, porque no hay cambio, hay continuidad de un proyecto político.

En Estados Unidos, los demócratas conquistaron el control de ambas cámaras del Congreso. Allí sí se produjo una pérdida de poder legislativo para el partido gobernante. El resultado brasileño y el estadounidense pueden celebrarse desde determinadas preferencias, pero expresan relaciones distintas entre electorado y oficialismo. En uno se confirmó al presidente; en el otro se fortalecieron sus contrapesos parlamentarios.

La comparación entre ambos países exige, además, reconocer la diversidad interna de sus fuerzas políticas. Los grandes partidos estadounidenses reúnen corrientes que van desde sectores progresistas hasta conservadores tradicionales y expresiones de extrema derecha; compartir una afiliación partidaria no supone coincidir en todas las posiciones ni votar por las mismas razones.

Esa competencia opera dentro de un entramado federal de leyes, tribunales y contrapesos constitucionales que condiciona el ejercicio del poder, aunque no garantiza inmunidad frente al deterioro institucional. Brasil también presenta una considerable fragmentación partidaria y coaliciones ideológicamente heterogéneas, por lo que tampoco corresponde asumir que su escenario sea más homogéneo. Ambos fenómenos pueden compararse, pero esa comparación debe identificar actores, instituciones y motivaciones concretas antes de atribuirles una misma dirección política.

Esta diferencia impide explicar ambos casos mediante una simple ola contra quienes gobiernan o como el inicio de una oleada de “progresismo” regional. Lo que podría proponerse es otra hipótesis; que fuerzas asociadas con determinadas derechas y movimientos conservadores enfrentan dificultades en sus respectivos países, sin pretender que esto ya es un fenómeno generalizado, porque cada situación de los países es distinta, no se pueden ver como parte de lo mismo, aunque compartan algunos aspectos ideológicos.

Esa interpretación merece examinarse, aunque tampoco convierte dos resultados en evidencia suficiente de una tendencia general. Mucho menos establece que esa tendencia alcanzará necesariamente a Costa Rica o beneficiará a quienes Robles considera políticamente cercanos, son saltos políticos que requieren no solo matices sino contextualizar la situación política a nivel nacional para pensar que cualquier rechazo al gobierno actual significa un acercamiento a la tendencia política que representa Robles.

Para identificar una tendencia habría que establecer primero qué estamos comparando. ¿El rechazo a ciertos liderazgos? ¿La defensa de contrapesos institucionales? ¿La preocupación económica? ¿La capacidad de construir coaliciones? Cada explicación supone indicadores diferentes. Si todas las victorias que agradan al observador se incorporan a una misma categoría, el supuesto patrón termina dependiendo más de sus preferencias que de características compartidas por los procesos electorales.

También conviene distinguir las afinidades ideológicas de las causas del voto. Que dos candidaturas compartan posiciones sobre ciertos asuntos no demuestra que sus respectivos electorados las apoyen o rechacen por esos asuntos. Una persona puede votar por razones económicas, otra por seguridad y otra para impedir que gane el adversario. El resultado agregado reúne motivaciones diversas que una lectura exclusivamente ideológica puede simplificar en exceso.

Una victoria electoral tampoco entrega automáticamente un mandato sobre cada componente del programa ganador. Mucho menos acredita que todos sus votantes compartan la interpretación internacional de sus dirigentes. Quienes celebran un resultado suelen atribuirle una claridad doctrinal que las urnas, por sí mismas, no proporcionan. Ganar demuestra que una opción reunió los votos necesarios bajo reglas concretas; explicar por qué ganó exige información adicional.

El segundo salto aparece con la idea de un efecto en cadena. Las elecciones de otros países pueden influir en el debate nacional; ofrecen ejemplos, modifican expectativas y permiten adaptar estrategias. Un triunfo extranjero puede animar a una oposición que se sentía debilitada, hasta ahí esa influencia es plausible. Pero la inspiración política constituye apenas un punto de partida, no una transferencia automática de votos entre sociedades diferentes.

Para hablar de contagio habría que mostrar cómo opera. Podría existir aprendizaje entre partidos, circulación de mensajes, cooperación entre organizaciones o una modificación verificable de las expectativas ciudadanas. También podría haber problemas económicos internacionales que afecten simultáneamente a varios gobiernos, lo cual sin duda serían mecanismos distintos. Que dos acontecimientos ocurran cerca en el tiempo no demuestra que uno produzca el otro ni que ambos respondan a una misma causa.

Incluso cuando existe un contexto compartido, sus consecuencias pueden ser opuestas. Una presión económica puede castigar a un gobierno de izquierda en un país y a uno de derecha en otro. En ese escenario, el elemento común sería el malestar con la gestión, no una conversión ideológica regional. Seleccionar únicamente las derrotas del sector contrario impediría reconocer esa posibilidad y produciría una explicación incompleta del comportamiento electoral, aparte que seguiría dando demasiado peso a un espectro político binario, algo que en la sociedad actual no funciona de ese modo, no todo partido señalado de derecha o izquierda funciona en todos sus ámbitos dentro de esa designación o etiqueta, puede ser una simplificación para explicar con “dibujitos” una circunstancia, pero jamás puede sustituir el análisis crítico del fenómeno en su profundidad.

Hay otra dificultad; el universo de casos, porque para sostener que vienen nuevos vientos habría que considerar también los países donde fuerzas semejantes conservan apoyo, ganan elecciones o recuperan posiciones. Una hipótesis se fortalece cuando resiste casos que podrían contradecirla. Si solo incorpora acontecimientos favorables, funciona como una selección de buenas noticias para una audiencia, aunque se presente con el lenguaje de una transformación histórica.

El tercer salto consiste en trasladar esa lectura a Costa Rica. Las comparaciones internacionales sirven para formular preguntas, pero necesitan pasar por las condiciones nacionales. Importan las candidaturas disponibles, la credibilidad de los partidos, la organización territorial, la participación electoral y la evaluación ciudadana de los problemas cotidianos. Ninguno de estos factores queda resuelto porque una fuerza políticamente cercana haya perdido una elección en el extranjero.

Tampoco basta señalar semejanzas entre discursos presidenciales. Dos liderazgos pueden compartir un estilo confrontativo y, aun así, descansar sobre coaliciones sociales diferentes. Sus votantes pueden atribuirles capacidades distintas o juzgar sus resultados mediante prioridades particulares. La semejanza retórica permite construir una comparación inicial; convertirla en equivalencia electoral borra precisamente las diferencias que podrían explicar por qué uno pierde mientras otra conserva respaldo.

La oposición tiene, además, responsabilidades propias. El desgaste de sus adversarios no garantiza que ella sea considerada una alternativa convincente. Puede haber descontento sin confianza en quienes aspiran a reemplazarlos. También puede producirse abstención, dispersión del voto o preferencia por una tercera opción. Suponer que cualquier pérdida de apoyo oficialista terminará beneficiando al sector de Robles introduce otra conclusión que requiere demostración.

Por eso, una predicción seria debería identificar qué señales nacionales la respaldan. Encuestas comparables, cambios sostenidos en aprobación, evolución de la intención de voto y capacidad de coordinación opositora permitirían evaluar escenarios. También habría que reconocer sus límites y las condiciones bajo las cuales podrían cambiar; la afirmación de que aquí también perderán omite ese trabajo y presenta como desenlace lo que todavía necesita una explicación.

La referencia al autoritarismo añade un plano diferente. Es legítimo examinar si un gobierno intenta debilitar controles, desacreditar instituciones o reducir espacios de fiscalización. Esas preocupaciones deben discutirse mediante decisiones, conductas y efectos observables. El término adquiere fuerza analítica cuando describe prácticas identificables, pero usarlo como una etiqueta compartida entre adversarios nacionales y extranjeros no demuestra que todos los casos tengan la misma naturaleza o intensidad.

Esto no niega posibles deterioros democráticos, pero sí es importante señalarlos puntualmente y no de manera antojadiza, en este sentido, la crítica consiste en pedir precisión sobre lo que se está denunciando y sobre su relación con el pronóstico electoral. Un gobierno puede enfrentar cuestionamientos institucionales y conservar respaldo ciudadano, mientras otro puede perder apoyo por razones económicas sin que la defensa democrática sea la principal motivación del voto, se trataría de dimensiones relacionadas, pero no intercambiables.

El mensaje de Robles puede leerse, entonces, como una intervención para disputar expectativas. Cuando un dirigente anuncia que sus adversarios perderán, también intenta convencer a sus simpatizantes de que vale la pena movilizarse. No necesita ser un estudio comparado para cumplir esa función, sin embargo, sus afirmaciones quedan abiertas al escrutinio cuando atribuyen a acontecimientos externos una capacidad predictiva sobre la política costarricense.

La objeción más sólida no consiste en asegurar que su pronóstico será falso, ya que eso repetiría el mismo problema mediante una certeza opuesta. Sus adversarios pueden perder, pero esa posibilidad debe evaluarse con evidencia pertinente e incluso si finalmente pierden, el resultado no demostraría por sí solo que Brasil o Estados Unidos lo anticiparon correctamente, no se trata de un reforzamiento de un fenómeno, sino que cada coyuntura tiene razones específicas.

Las victorias extranjeras pueden ofrecer estímulos y aprendizajes a oposiciones costarricenses, siempre que estas sepan adaptarlos a sus circunstancias y contextos. Esa hipótesis conserva espacio para la influencia internacional sin borrar la autonomía de los procesos nacionales. También obliga a mirar las tareas concretas; construir confianza, presentar propuestas, seleccionar candidaturas y conectar con ciudadanos que no comparten de antemano las mismas preferencias.

La política costarricense tendrá que decidirse entre sus propias opciones, con sus conflictos y sus prioridades. Celebrar lo ocurrido afuera puede alimentar el ánimo de una organización; pero convertirlo en respaldo exige trabajo interno más allá que vítores y frases prefabricadas en redes sociales y quien quiera anticipar una derrota aquí tendrá que explicar qué está cambiando entre los votantes costarricenses y por qué ese cambio beneficiaría a una alternativa determinada.

Principalmente, qué se está haciendo en Costa Rica para que los grupos sociales más cansados de la casta política tradicional; de la cual también la tendencia del partido de Robles es parte, cambien de opinión y dejen de votar por posiciones políticas cercanas al actual gobierno que ha repetido fórmula sin necesidad de utilizar siquiera los mismos colores políticos.

Sin ese análisis interno, es probable que los cambios políticos que ve como grandiosos en los contextos externos no lleven absolutamente a ningún cambio importante en la política a nivel costarricense, sino más polarización que realmente no necesitamos.

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