Opinión ciudadana desde una patria que traiciona sus propios himnos.
Soy un costarricense sin partido, pero con dignidad.
Amo a Costa Rica.
La amo con esa devoción profunda que no necesita banderas en la camisa ni hashtags patrióticos en redes sociales. La amo porque crecí bajo su cielo azul, corrí entre sus cafetales y aprendí desde niño a respetar su historia, sus símbolos, su gente.
Pero también —y con el mismo peso— estoy cansado.
Cansado de ver cómo los que dicen defenderla son los primeros en venderla. Cansado de que ondeen la bandera mientras saquean el erario.
Cansado de que canten el himno nacional con el pecho inflado, pero con la conciencia vacía. Estoy cansado de la corrupción que ya no se oculta, porque sabe que nadie la enfrenta
Corrupción no es solo robar dinero.
Corrupción es cuando la Contraloría silencia auditorías incómodas.
Cuando la Procuraduría General actúa con prontitud para unos y con amnesia para otros. Cuando los jueces protegen a los que tienen apellido, padrino o curul.
Corrupción es cuando diputados se turnan para manosear leyes, blindarse mutuamente y llamar “oposición” a un juego de teatro que no engaña a nadie.
Es cuando un político acusado de corrupción regresa al Congreso con votos del mismo pueblo que lo insultó meses antes.
Estoy cansado de los medios que ya no informan, solo repiten la línea del poder Teletica, Repretel, CRHoy, La Nación, La República…
Medios que antes eran sinónimo de fiscalización, hoy se han convertido en intérpretes del guión del establishment.
Omiten, editorializan, sesgan. No por ignorancia, sino por conveniencia.
¿Por qué tanta saña con un presidente que ha intentado hacer las cosas distintas, aunque no sea perfecto?
¿Por qué tanto silencio ante décadas de saqueo por parte de PLN, PAC, PUSC, FA y sus derivados?
La respuesta es simple: porque el que les incomoda no les pertenece.
Estoy cansado del pueblo que canta libertad pero vive de rodillas.
“Los hijos del pueblo levanten la frente…”, dice un himno.
Pero en la realidad, el tico moderno baja la cabeza ante la injusticia si le dan un bono, una plaza, un favor.
Se quejan del sistema pero votan por los mismos.
Denuncian la corrupción pero repiten todo lo que dicen los canales que protegen a los corruptos.
Y cuando alguien alza la voz, lo llaman radical, problemático, “antisistema”.
¿Qué pasó con la valentía de Juan Santamaría? ¿Con la dignidad de Alfredo González Flores?
¿Con la audacia de Francisca Carrasco?
Hoy nos quedaríamos viéndolos morir… desde la comodidad de una pantalla.
¿Y qué decir del caso Parmenio Medina?
En un país que se jacta de su libertad de expresión, asesinaron a un periodista por hablar demasiado claro.
Parmenio Medina, un colombiano más costarricense que muchos nacidos aquí, hizo lo que hoy no se atreven los que se llenan la boca con himnos y banderas: denunciar la corrupción desde el micrófono.
¿Su recompensa? Un disparo. Un silencio. Un caso aún lleno de sombras. Ese crimen no fue solo contra él. Fue contra la verdad.
Y lo peor es que hoy no hay nuevos Parmenios, porque el pueblo aprendió que es más seguro callarse.
Parmenio Medina, sin ser tico de cuna, hizo más por esta patria que miles de cobardes que nacieron aquí.
Y junto a él, el noble Tomás Guardia, militar, reformador, abolicionista de la pena de muerte, debe estar revolcándose en su tumba, al ver en lo que se ha convertido el país que ayudó a construir.
No defiendo a ningún mesías, pero no puedo seguir siendo cómplice
No, no escribo esto para defender a Rodrigo Chaves Robles ni a ningún político en particular.
Todos los que tienen poder deben ser cuestionados.
Pero lo que hoy vivimos no es fiscalización honesta: es una operación sistemática de desgaste, desprestigio y sabotaje político por parte de quienes perdieron privilegios.
No lo atacan por mentir: lo atacan por no arrodillarse ante ellos. Y lo más triste: el pueblo coopera con sus propios verdugos.
Un legado traicionado.
“Costa Rica es mi patria querida, la defiendo, la quiero, la adoro, y por ella mi vida daría.”
Eso dice otro himno.
Pero la mayoría no daría ni una tarde, ni una amistad, ni una discusión en redes por defenderla con coherencia.
Los héroes del pasado —Santamaría, Carrasco, Madriz, González Flores, Tomás Guardia, y sí, también Parmenio Medina— no entregaron su vida para que hoy el pueblo prefiera callar por un puesto, repetir consignas, o burlarse de quien se atreve a denunciar.
En vida defendieron una patria sin miedo.
Hoy sus nombres descansan en silencio, mientras esta nación canta en falso y obedece de verdad.
Y para los que ya están buscando cómo burlarse…
“Es mucho texto…”
“¿Y usted qué ha hecho para cambiarlo?”
“Es un troll del presidente…”
“Es un chavestia…”
Déjenme decirles algo:
Al menos yo lo expreso. Al menos no me quedo callado como lo hace la república de gallinas y tontos en la que se ha convertido Costa Rica.
Esto no es un grito de violencia armamentista.
Es un grito de guerra contra lo podrido, lo asqueroso, lo impune, y contra esa maldita indiferencia que parece sentarle muy bien a casi todos.
Porque como bien lo dijo Roberto Gómez Bolaños:
“Y mientras esperamos héroes, cuántos mártires (fusilados) existen.”
Un grillo no hace concierto.
Y si solo yo denuncio esto, nada cambiará a nivel real.
Pero si todos los cobardes agarran agallas, ni las moscas podrán quedarse, porque hasta ellas tienen mejor gusto que vivir entre tanto hedor humano.
Y si con todo esto usted aún prefiere callar, burlarse o minimizarlo, entonces recuerde esta verdad final:
Una patria no se muere cuando la atacan desde fuera. Se muere cuando sus hijos la traicionan desde adentro… y lo hacen cantando el himno con la boca, pero no con el alma.