
El inicio de este año 2020 nos ha dejado episodios tristes por las tragedias conocidas del asesinato de mujeres y niños en nuestro país. Es una violencia que parece no conoce límites y que enluta a nuestras familias. Debemos meditar, ¿qué estamos haciendo para revertir el crecimiento de esta violencia?
Tenemos que reflexionar si algunas de estas tragedias que han ocurrido se pudieron evitar…
Como lo he dicho en otras ocasiones, no podemos ser cómplices con el silencio; también he alertado que, si alguna persona conoce de situaciones de violencia en las familias, las denuncie. Este es un deber humano y cristiano.
Indignación, dolor y un panorama desolador es lo que se nos presenta cuando vemos estas noticias sangrientas. Ninguna forma de agresión debe ser admitida, cualquier signo de violencia debe ser atendido desde las instituciones públicas o privadas que están al servicio de la sociedad; pero también, todos somos corresponsables del cuidado del otro, de nuestro vecino, de nuestros familiares. Muchas veces se calla ante signos que parecen pequeños, pero identifican claramente la conducta agresiva de algunos.
Tenemos que poner un alto en el camino a estos hechos desgarradores que vemos pasar en noticias y que muchas veces estaban a la vuelta de nuestra casa o en el seno de nuestra propia familia.
No podemos ser ingenuos, lamentablemente el mal penetra el corazón del hombre cuando éste no se dispone al amor que Dios ha entregado a la humanidad.
Mi llamado a las autoridades para prestar atención a cualquier denuncia, a no dejar para después el clamor de muchas personas que acuden, a veces, como última instancia a poner la cara en contra de un ser querido.
Mi llamado a todos en la sociedad, para abrir bien los ojos, para escuchar y no ser indiferentes al sufrimiento a veces silencioso de compañeros de trabajo, de vecinos, de personas con las que nos encontramos de manera cotidiana.
Seamos solidarios, abramos nuestros corazones, arriesguémonos, valga la expresión, para entregarnos al prójimo con amor cristiano, y de esta forma detengamos esta ola de violencia que va acabando con la vida de muchos inocentes.
Recuperemos el valor de la familia y con ello el valor de la sociedad. La familia es la célula fundamental de la sociedad, si nos preocupamos realmente por fortalecerla, podremos cambiar el rostro de nuestro país.
En su Exhortación Apostólica, Amoris laetitia, el Papa Francisco dice: “El bien de la familia es decisivo para el futuro del mundo y de la Iglesia” (numeral 31).
Desde la fe, cultivemos los valores de la familia de Nazaret que, en medio de las dificultades, tuvo el valor de unirse y aceptar la voluntad de Dios, para hacerles frente y convertirse en modelo.
Para las personas de buena voluntad, cultivemos también esos principios de igualdad y solidaridad para que respetemos la vida como derecho sagrado y procurar un futuro distinto para nuestro país.
Dios, que quiso nacer en una familia, nos proteja y nos ayude para cuidar de este don fundamental para la sociedad.
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