Últimas noticias

Edicto

Acuerdo Transpacífico: no se corta un árbol por una rama dañada

» Por MSc. Juan Luis Zúñiga - Director y profesor del Bachillerato en Comercio Internacional, Universidad ULEAD

Quien corta un árbol por una rama dañada no soluciona el problema, pero sacrifica las cosechas futuras.

El debate sobre el Acuerdo Transpacífico ha generado mucho ruido y poca reflexión. Sus detractores se suelen concentrar en los riesgos. Sus defensores, en ocasiones, minimizan las dificultades de los sectores vulnerables. Ambas posiciones contienen parte de verdad, pero ninguna basta para decidir el rumbo del país.

Los acuerdos comerciales abren oportunidades y, al mismo tiempo, intensifican la competencia. La cuestión no es negar sus riesgos ni presentar la apertura como una solución mágica, sino ponderar si los beneficios superan los costos y cómo atender a quienes podrían resultar afectados.

El Transpacífico y la coherencia de la política comercial. Las preocupaciones legítimas de un sector no deberían llevarnos a desautorizar una de las políticas públicas más consistentes del país. Sería paradójico que, mientras otros países avanzan hacia nuevos mercados, Costa Rica optara por regresar a mitad del camino. Lo prudente no es reconocer las preocupaciones de los productores, sino resolverlas, sin renunciar a una estrategia que ha generado resultados para el conjunto de la economía.

Durante más de cuatro décadas, sin importar el color político, la apertura comercial ha impulsado la atracción de la inversión extranjera, la diversificación exportadora y la integración del país a la economía internacional.

Las inquietudes del sector agropecuario, especialmente del lechero, merecen especial atención. La competencia de Nueva Zelanda es real. Pero la pregunta de fondo va más allá de un tratado: ¿vamos a revisar riesgos concretos o a poner en duda toda nuestra estrategia de inserción internacional? La respuesta exige valorar tanto las vulnerabilidades como las oportunidades que perderíamos al quedar fuera. La discusión merece menos consignas y más argumentos. Una decisión de esta magnitud debe considerar las consecuencias inmediatas para los productores, pero también sus efectos sobre las generaciones que dependerán de nuevas fuentes de empleo y crecimiento.

Lo que está en juego es la continuidad de esa estrategia. Según COMEX y PROCOMER, en el 2025 las exportaciones costarricenses de bienes y servicios alcanzaron aproximadamente US$35.243 millones, lideradas por los dispositivos médicos, los servicios empresariales, las tecnologías de información y los productos agrícolas tradicionales. Esta transformación no fue espontánea. Responde a decisiones estratégicas y sostenidas de política pública que permitieron ampliar destinos, incorporar actividades de mayor valor agregado y conectar empresas costarricenses con cadenas internacionales de producción, en suma, diversificar nuestra oferta exportable.

Proteger al sector agropecuario es una obligación del Estado. Si existen rezagos desatendidos, corresponde enfrentarlos con medidas concretas, en lugar de cerrar la puerta a nuevas oportunidades comerciales.

El Transpacífico no es cualquier tratado comercial. Sus doce miembros – Australia, Brunéi, Canadá, Chile, Japón, Malasia, México, Nueva Zelanda, Perú, Singapur, Reino Unido y Vietnam- representan aproximadamente el 15% del PIB mundial y un mercado de unos 600 millones de consumidores. El acuerdo abarca, además de la negociación arancelaria, otras temáticas, tales como: servicios, inversión, comercio digital, empresas estatales, contratación pública, propiedad intelectual y competencia.

Es una plataforma para integrarnos en cadenas productivas, atraer inversiones y crear relaciones comerciales duraderas. Mercados hoy secundarios pueden adquirir importancia estratégica ante cambios tecnológicos, productivos o de la demanda internacional. También, crea un marco de reglas más previsible para empresas que buscan expandirse. Más aún, es un espacio geopolítico donde encontrar nuevos aliados. Ahora, más que nunca, no basta con vender a los mismos compradores. Es imprescindible contar con varias puertas abiertas cuando nuestros principales socios comerciales cambian las reglas del juego.

La diversificación de mercados es seguridad económica. En un mundo de creciente incertidumbre geopolítica, concentrar el comercio en pocos destinos aumenta nuestra vulnerabilidad a decisiones ajenas. Los aranceles, aunque no estemos de acuerdo, se están volviendo a utilizar como instrumentos de presión; las cadenas de suministro buscan resiliencia; y la Organización Mundial del Comercio enfrenta dificultades para fortalecer sus reglas y resolver controversias.

La diversificación comercial no se debe entender como un debilitamiento de nuestros vínculos con Estados Unidos u otros socios comerciales, sino como una estrategia para ampliar oportunidades, reducir dependencia y fortalecer nuestra inserción internacional. Significa ampliar las opciones en Asia, Europa, América Latina y otros mercados. El Transpacífico no eliminará la concentración comercial, pero sí puede contribuir a reducir sus riesgos. La dependencia excesiva puede ser costosa aun cuando la relación con el principal socio comercial sea sólida. Diversificar permite responder con mayor flexibilidad ante tensiones comerciales o cambios regulatorios inesperados.

El Transpacífico y las sensibilidades agropecuarias. Sería irresponsable ignorar las condiciones difíciles de algunos productores o promover una apertura sin examinar sus efectos. La negociación comercial debe reconocer esas sensibilidades, pero necesita complementarse con políticas internas efectivas.

Los problemas de infraestructura rural, financiamiento, asistencia técnica, transferencia tecnológica, costos, reconversión productiva y comercialización no desaparecerán por quedar fuera del acuerdo. Los sectores afectados deberían aprovechar este debate para lograr compromisos específicos, con recursos, plazos y resultados medibles, que eleven su competitividad. Las medidas de acompañamiento deben tener responsables claros y seguimiento público, para que no vuelvan a convertirse en promesas vacías que se olvidan una vez concluida la discusión comercial.

Al agro se le protege fortaleciéndolo, no aislándolo. Costa Rica necesita productores competitivos, sostenibles y capaces de obtener ingresos dignos. Esa responsabilidad existe con o sin Transpacífico. El desafío no es elegir entre la apertura comercial y el sector agropecuario. Es tener la capacidad de impulsar ambas cosas. Renunciar al Transpacífico no corregirá los rezagos del campo, únicamente, nos privará de nuevas oportunidades, mientras esos problemas persisten.

No se corta un árbol para salvar una rama. La verdadera defensa del interés nacional consiste en corregir las debilidades internas sin hipotecar las posibilidades de crecimiento del país.

Los artículos de opinión aquí publicados no reflejan necesariamente la posición editorial de EL MUNDO. Cualquier persona interesada en publicar un artículo de opinión en este medio puede hacerlo, enviando el texto con nombre completo, foto en PDF de la cédula de identidad por ambos lados y número de teléfono al correo redaccion@elmundo.cr, o elmundocr@gmail.com.

Últimas noticias

Te puede interesar...