A la ultraderecha no se le vence con progresismo

» Por Jorge Soto Paniagua - Activista/gestor sociocultural de Puntarenas

Foto: Archivo/ElMundo
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Probablemente usted haya escuchado la palabra “progresismo” o en su caso “progre”, como parte de la retórica a la que más recurren actualmente las personas posicionadas políticamente a la derecha. Roberto Mionis en su artículo “¿qué significa ser progresista?”, escribe lo siguiente: “los progresistas sostenemos que el statu quo, la desigualdad intrínseca que genera el capitalismo, requieren ser transformadas”, pero ¿hacia dónde y de qué manera se da esa transformación? Y escribe: “solamente sentiremos que vivimos bien cuando todos vivan bien”; esto podría pensarse ubicado inmediatamente a la izquierda, pero resulta ser el fin que también se profesa desde la derecha.

Para iniciar de manera directa con el mensaje principal de este artículo: el progresismo es un modelo/sistema/posicionamiento político fracasado. Se posiciona actualmente como la alternativa ante el surgimiento (de manera pública) de figuras como Jair Bolsonaro, Santiago Abascal, José Antonio Glas, Fabricio Alvarado, entre otros más, junto con sus respectivos movimientos. Partidos que se mueven con una línea ubicada en la derecha conservadora, del discurso de la defensa de la “familia”, la nación, la honestidad, contra la corrupción, y el planteamiento de un “cambio radical” del sistema.

El progresismo actualmente se proyecta como la única opción que podría salvar y sostener el sistema democrático actual, a salvo de la derecha y la ultraderecha (pero también la izquierda). La ultraderecha se ofrece con un discurso antisistema, que se propone dar un cambio al modelo actual, para terminar con la corrupción, la violencia, inseguridad, y, sobre todo: la izquierda. Este último queda en evidencia al ver la nueva agrupación política fundada por Fabricio Alvarado, que desde su nombre (Nueva República), se proyecta como una opción que lo transformará todo.

¿Dónde surge el problema? En que el progresismo se plantea la defensa de un sistema en crisis, basado en la explotación, desigualdad, pobreza y la violencia sistemática. De esta forma la derecha ha encontrado en el progresismo su mejor aliado, o en palabras más claras: un disfraz. Podríamos pensar que, si la ultraderecha se plantea un cambio radical del sistema descrito anteriormente, no es una opción tan mala; pero detrás del discurso antisistema de la ultraderecha/derecha conservadora se encuentran los mismos intereses económicos, las mismas elites e influencias. Estos discursos antisistema, son enarbolados por personas que precisamente llevan años siendo parte del sistema, viviendo y sacando provecho de este. Conclusión: no es más que retórica.

El mejor ejemplo del progresismo, se encuentra en el PAC. De haber surgido de las protestas y luchas sociales, para defender a las clases más afectadas por las políticas neoliberales, este partido pasa a formar una alianza con el PLN y el PUSC, para impulsar una reforma fiscal injusta e insuficiente. Aplica una herramienta clásica en el progresismo despolitizando todos los espacios y discusiones posibles, y se posiciona “en el centro” (Boaventura De Souza comenta que: quienes dicen posicionarse en el centro, o en la neutralidad, se posicionan del lado del opresor). De esta manera terminamos con una coyuntura en la cual Restauración Nacional se muestra como la bestia de la derecha conservadora (ultraderecha), y el PAC como la opción viable para evitar que el sistema actual sea desmantelado.

El progresismo poco a poco ha ido perdiendo la simpatía de las clases populares. Un viraje claro a la derecha, cayendo en casos de corrupción y discursos mal empleados han radicado en que una gran cantidad de votos “progresistas”, de zonas que han sido abandonadas por el sistema, estado y política, sean presa fácil de la ultraderecha y la manipulación. Mientras que el uso de discursos como la inclusión, la defensa de la diversidad y los derechos de la mujer, no han pasado de las palabras (seguimos sin tener matrimonio igualitario, aborto terapéutico, por mencionar poco, y con un Plan Fiscal nefasto a punto de ser aprobado).

En la ultraderecha y el progresismo el miedo y la manipulación son grandes aliados. Existe un gran esfuerzo para hacer creer que realmente existe una polarización en la cual ambos bandos se encuentran representados en las elecciones. Detrás de la ultraderecha, y detrás del progresismo, existen los mismos intereses económicos, influencias y alianzas. Ambas son opciones viables y convenientes para las políticas neoliberales, que hacen creer a la sociedad que representan bandos antagónicos. Poco a poco la ultraderecha va consumiendo a la derecha, y el progresismo es consumido por la derecha (a donde realmente pertenece).

El progresismo resulta ineficiente, e inútil, al plantearse como una opción “moderada”, alejada de los radicalismos, ante una amenaza claramente radical. Para entender esto último simplemente basta escuchar los discursos de personajes ya mencionados como Bolsonaro, o Fabricio Alvarado, desde posiciones claramente dictatoriales, y amenazantes, ante discursos débiles, frágiles y moderados de personajes como Carlos Alvarado (igualmente aliado estratégico de la ultraderecha).

La caída del progresismo frente a la ultraderecha es fácil de diagnosticar. Los fracasos del progresismo se deben al mismo fracaso de su proyecto político, y a la manipulación mediática de la cual saca más provecho la ultraderecha con discursos y temas sobre la defensa de la “familia”, “ideología de género”, “marxismo cultural” y el miedo al “comunismo”. En palabras de Juan Carlos Monedero: “los brasileños eligieron a un fascista de verdad, pensando que era un fascista de mentira, por miedo a elegir un comunista de mentira, pensando que era un comunista de verdad”: realidad que pronto podría darse en nuestro país.

Finalmente, muchas agrupaciones o tendencias políticas se denominan a sí mismas “progresistas” (solo por mencionar tres ejemplos: el PAC, la Juventud del PLN y la Juventud del PUSC). En algunos casos recurriendo de manera descarada al intento de reivindicar el feminismo, la lucha por el aborto impune, la igualdad de derechos o los derechos de la población LGBTI+. Mientras conviven y respaldan los discursos de odio, discriminación y violencia, que ejercen miembros de esas mismas agrupaciones. Tomando en cuenta que el progresismo es enemigo de todos los movimientos mencionados anteriormente, y estos solo son tomados en cuenta, cuando son serviles como herramienta para alcanzar el poder.

Para hacer frente a la ultraderecha que se extiende y toma fuerza nuevamente por todo el mundo (y América Latina principalmente) se necesita radicalizar todo movimiento opositor que realmente busque y reivindique la lucha contra el fascismo. La historia nos demuestra que al fascismo (y cualquier expresión de este) no se le discute, se le combate. El progresismo no es más que una herramienta del fascismo para asegurar tarde o temprano la llegada de este al poder. Es necesaria una opción radical, feminista, diversa, sin miedo a llamarse antifascista, que nazca, se forme y se defienda desde y por el pueblo.

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