El 7 de octubre de 2023 quedó grabado en la historia como uno de los días más dolorosos para Israel y para quienes creemos que la vida humana debe ser respetada sin distinción. Ese día, Hamás perpetró un ataque terrorista contra comunidades y población civil israelí, asesinando, secuestrando y aterrorizando a familias enteras. Recordar lo ocurrido no es alimentar el odio: es defender la memoria, la verdad y la dignidad de las víctimas.
No existe justificación para asesinar a civiles. Cuando una organización terrorista convierte deliberadamente a la población civil en objetivo, el lenguaje no debe esconder la naturaleza de los hechos. Llamar a un ataque terrorista simplemente “incidente”, “enfrentamiento” o “altercado” puede terminar desdibujando la realidad y contribuyendo, aun involuntariamente, a su relativización.
Hamás comete además un doble crimen de guerra al atacar a civiles en Israel y, al mismo tiempo, utilizar centros y población civil para lanzar ataques contra la población civil israelí. Esa práctica pone deliberadamente en peligro a personas que deberían estar protegidas y agrava el sufrimiento de las propias comunidades que la organización dice representar.
Entre las víctimas y los secuestrados quedó para siempre el rostro de la familia Bibas. Shiri Bibas, su esposo Yarden y sus pequeños hijos, Ariel y Kfir, se convirtieron en un símbolo del horror que padecieron tantas familias. Recordarlos significa recordar que detrás de las cifras hay nombres, rostros, padres, madres, niños y sueños interrumpidos.
También es necesario recordar que Israel tiene el derecho y la responsabilidad de defender a su población frente al terrorismo. Reconocer ese derecho no significa ignorar el sufrimiento de ningún civil palestino. Por el contrario, significa sostener un principio universal: toda vida civil merece protección y ningún grupo terrorista puede convertir a los civiles en instrumentos de guerra.
En este contexto, la responsabilidad de los medios de comunicación es enorme. El periodismo debe informar con rigor, verificar los hechos y utilizar conceptos que correspondan a la realidad. La libertad de expresión no exime de la responsabilidad profesional de distinguir entre una controversia política, una operación militar y un acto terrorista deliberadamente dirigido contra civiles.
La memoria del 7 de octubre también exige rechazar la desinformación, la propaganda y los relatos que borran la identidad de las víctimas. Se puede debatir sobre las decisiones de los gobiernos, sobre la conducción de una guerra o sobre las vías para alcanzar una paz duradera. Lo que no debería ser objeto de relativización es el asesinato y secuestro deliberado de civiles.
Tres años después, recordar el 7 de octubre sigue siendo necesario. No para perpetuar el conflicto, sino para impedir que la historia sea manipulada. La paz necesita verdad; la reconciliación necesita justicia; y la convivencia necesita que el terrorismo sea condenado sin ambigüedades.
Recordar a las víctimas es también defender el derecho de las futuras generaciones a vivir sin miedo. Que el 7 de octubre no sea reducido a una fecha más en el calendario ni a una cifra estadística. Que permanezca como una advertencia: cuando el terrorismo es relativizado, cuando la verdad se sustituye por propaganda y cuando las víctimas son invisibilizadas, la sociedad entera queda expuesta a que la tragedia se repita.
Por eso, al recordar el 7 de octubre, corresponde honrar a quienes fueron asesinados, mantener viva la memoria de los secuestrados y exigir un periodismo responsable, preciso y humano. Recordar no es odiar. Recordar es reconocer lo ocurrido, defender la verdad y afirmar, una vez más, que ninguna causa política puede justificar el terrorismo.