“Nos tienen peleando entre todos mientras se reparten el pastel”, la frase anterior es un claro ejemplo de lo que significa la Eristocracia, dicho de otra manera: es el arte de gobernar en medio de la discordia. Así como en el antiguo relato griego, donde Éris lanza al aire la manzana de la discordia y provoca la controversia; de esta misma manera, existe una forma de gobierno que siembra cuervos para llevar a la ceguera moral a sus ciudadanos y reinar en medio de la tempestad. La manzana de la discordia ya no está en el Olimpo, ahora está en casa presidencial. La tempestad como herramienta para la división social es la clave para gobernar, sembrando la desconfianza en los medios de comunicación, contraponiendo influencers a periodistas profesionales, alimentando la posverdad para desviar la mirada de los hechos. Por eso, a continuación, expongo 5 claves para comprender la Eristocracia en Costa Rica:
- Discordia, dividir el corazón del pueblo.
El gobierno actual llegó al poder a partir de la profundización del discurso de hastío y desidia frente al bipartidismo. Bajo la falacia del reduccionismo económico, se llevó a posicionar a un desconocido bajo el pretexto de ser un economista venido del primer mundo, “el especialista de la economía”. Otro elemento por considerar es la falacia de autoridad, que se comprende en el momento en que una figura mediática como una “presentadora de noticias”, se convierte en punta de lanza de la imagen política del presidente actual.
La manzana de la discordia que se lanza no solamente introduce el dado en la llaga, respecto a las quejas frente al bipartidismo, sino que también, de manera constante, propicia el conflicto a partir de las críticas a diferentes estructuras de la institucionalidad costarricense. El eje central de la comunicación política del gobierno, parte del conflicto que enciende emociones en las clases populares contra la institucionalidad, y en su lugar se introduce, lentamente la necesidad, del poder concentrado, como única vía.
- Violencia simbólica.
La manzana de la discordia, símbolo original del relato mitológico griego, es transformado ahora en una diversidad de elementos utilizados por el gobierno de turno. De esta forma, la violencia no es directa, se presenta desde una modalidad simbólica, por medio de gestos que son parte de la jerga popular (¡mírela!), así como carcajadas (burla), agitar con virulencia las manos mientras se dirige hacia alguna persona (como padre que regaña), y la amenaza sutil de un lapicero capaz de firmar lo que venga en gana.
- El caos como escenario.
El escenario ideal para poder gobernar surge desde la naturaleza misma del caos. Es materia prima la turbulencia social, para poder mantener viva la hierba mala con lo que se alimenta a los seguidores (que ahora son jaguares), que a su vez están siendo modelados por medio de estructuras de comunicación digital.
Entrégale un jardín de paz a un Eristócrata y en cuestión de minutos se encargará de convertirlo en un campo de batalla, a través de la confrontación indirecta, por medio de discursos de polarización, lanzando sal en la herida de memorias pasadas. Pero sin la intención de un cambio estructural, sino simplemente, con el afán de alimentar el ego del que gobierna.
- Instrumentalización del lenguaje popular
Es el uso de un lenguaje llano, con lo cual se intenta enganchar con las poblaciones más populares. A partir de esta estrategia se hace uno con la cotidianidad; por ejemplo, con términos como la Señora de Purral, así como otras formas de lenguaje coloquiales, en medio de las conferencias de prensa habituales, así como en cualquier oportunidad en la que se pueda exponer a través de los medios de comunicación masivo, incluso apelando a lenguaje ofensivo que contradiga la investidura que promulga. Dicha estrategia de instrumentalización, no es más que una forma de manipulación mediante la cual se arrastra a las masas. Si el lenguaje también marca las fronteras del mundo popular, el gobernante de turno se introduce en el mundo popular, modificando las fronteras de este y arrastra a su antojo con las redes de la discordia al pueblo que le escucha, con lo que define las fronteras del mundo popular.
- El gobernante es un narcisista político.
Finalmente, la Eristocracia, deja en evidencia la herida del gobernante, propia de un narcisista político, y esa es su condición de ausente -no reconocido-. El narcisismo político busca a toda costa por medio del discurso de discordia, consolidar una confrontación entre los diferentes sujetos del pueblo mediante la comparación. Sin embargo, el trasfondo de esto radica en el sentimiento de falta de validación y abandono presente en lo más íntimo del Eristócrata. En la Eristocracia, las heridas se profundizarán al punto de desangrar al pueblo, mientras que la sed del Eristócrata, que no es más que un narcisista político, nunca se verá saciada, hasta que el pueblo mismo decida reconocer la situación y elegirse y reconstruirse como comunidad ante la fuente y maquinaria de la discordia.
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El autor es profesor universitario, columnista desde el 2006 y militante del Partido de la Clase Trabajadora. Máster en Docencia Universitaria. Participó como autor en Global Manifestos for the Twenty-First Century (Routledge, 2024). Actualmente cursa la carrera de Derecho.