08 de marzo: entre la igualdad proclamada y la desigualdad persistente

» Por M.Sc. Sabrina Mora Alvarado - Colegio de Profesionales en Orientación

Cada 8 de marzo, en el marco del Día Internacional de la Mujer, volvemos a un punto de encuentro que no es festivo ni superficial. Esta fecha invita a la memoria histórica, la reflexión y al compromiso con las luchas que las mujeres han sostenido durante generaciones y que siguen siendo urgentes hoy. Con el paso del tiempo, una verdad se vuelve evidente: la igualdad formal, la que aparece en leyes y discursos, no siempre se traduce en una igualdad real y vivencial.

La brecha de la desigualdad se siente, sobre todo, en la vida laboral. Muchas mujeres siguen enfrentando entornos donde sus capacidades deben demostrarse una y otra vez para que su voz sea escuchada y finalmente validada. No basta con cumplir a cabalidad sus funciones, a menudo se exige un desempeño excepcional para acceder al mismo nivel de reconocimiento y legitimidad profesional que reciben los varones.

Identificarse como feminista o declararse a favor de la igualdad tampoco basta para transformar estas dinámicas. La experiencia demuestra que la desigualdad persiste incluso en espacios donde se habla constantemente de equidad. A veces las brechas son sutiles, pero se manifiestan con claridad en quién toma la palabra, quién define las agendas y quién es escuchado sin interrupciones.

La participación en los espacios donde se toman decisiones todavía opera, en muchos casos, bajo razones implícitas de exclusión. Levantar la mano en una reunión, presentar un criterio técnico o asumir un liderazgo no debería exigir un esfuerzo extraordinario cuando proviene de una mujer. Sin embargo, esas barreras invisibles siguen ahí.

La mujer es tan capaz como el hombre de sostener procesos, liderar equipos, impulsar innovaciones, aportar creatividad, constancia y visión estratégica. Su contribución es real y esencial. Pero la disparidad en el reconocimiento, la incidencia, la distribución del poder y el acceso a puestos de decisión siguen marcando diferencias.

El 8 de marzo no es un recordatorio simbólico, es una llamada urgente a cuestionar las estructuras que perpetúan desigualdades. No se trata de felicitaciones ni de gestos conmemorativos, sino de mirar de frente la distancia entre lo que se proclama y lo que realmente ocurre en nuestra sociedad. También, es una oportunidad para preguntarnos qué legado estamos construyendo para las generaciones más jóvenes y si la igualdad que soñamos será la que ellas finalmente vivan.

Desde el Colegio de Profesionales en Orientación consideramos que esta reflexión debe traducirse en acciones concretas y sostenidas. La violencia de género, en todas sus manifestaciones, impacta directamente el desarrollo laboral, académico y personal de las mujeres. Limita trayectorias, afecta la salud mental, condiciona oportunidades y reproduce círculos de dependencia y exclusión que luego se reflejan en múltiples problemáticas sociales.

Por ello, hacemos un llamado a las instituciones públicas y privadas a revisar sus prácticas, fortalecer protocolos de prevención y atención y garantizar entornos laborales seguros, equitativos y libres de cualquier forma de violencia o discriminación.

También a las familias para identificar y erradicar hábitos que promueven conductas de machismo y poder de los hombres sobre las mujeres. Por más naturales que parezcan estas conductas, fomentan una construcción equivocada de la masculinidad, que es la raíz de la problemática de la violencia de género.

Reiteramos nuestro compromiso de seguir trabajando desde la Orientación en la prevención, detección temprana y acompañamiento de situaciones de violencia, así como en la promoción de relaciones basadas en el respeto, la corresponsabilidad y la igualdad real de oportunidades.

La lucha contra la violencia de género no es una tarea aislada ni temporal: es una responsabilidad colectiva que exige coherencia entre el discurso y la práctica. Este 8 de marzo reafirmamos que la igualdad no puede quedarse en el plano declarativo, debe vivirse plenamente en cada espacio laboral, educativo y comunitario de nuestro país.

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