Un medio de subsistencia para toda la vida

» Diecisiete años después, la capacitación de la FAO sigue sustentando el medio de subsistencia y el día a día de una mujer venezolana.

© FAO/Pablo Varela Cuervas-Mons
© FAO/Pablo Varela Cuervas-Mons

En los llanos centrales de Venezuela, Ligia Elena Moreno Veliz se levanta a las 5.30 cada mañana para ir al encuentro de sus abejas. Le gusta ir cuando está oscuro, cuando las abejas están menos activas, así que o bien va a primera hora de la mañana, o bien lo hace por la tarde, después de ponerse el sol.

Tras caminar durante 40 minutos hasta el centro de apicultura, ella y sus colegas se visten de arriba abajo con su indumentaria de protección, preparan los ahumadores, que se utilizan para calmar a las abejas, y entran en el colmenar. Después, limpian las colmenas, observan la salud de las abejas, ponen en cuarentena a las que estén enfermas y realizan los procedimientos para la extracción de la miel.

De haber tenido miedo en el pasado a estos insectos voladores que pican, Ligia Elena ha pasado a valorar como un tesoro a estas criaturas que le han proporcionado un medio de subsistencia durante los últimos 17 años.

A sus 39 años, Ligia Elena ha vivido casi toda su vida en la localidad de La Fe. Ahora está casada y tiene dos hijas. Con los años, se ha convertido en una figura referente en la comunidad por su talento como apicultora. Ligia Elena confía en transmitir estas habilidades a sus hijas, enseñándoles desde muy pequeñas a respetar y no temer a las abejas.

Ligia Elena recuerda el momento en el que ella misma tuvo ese cambio de mentalidad. Comenzó con un programa de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) que llegó a su localidad.

“Cuando la FAO vino a mi comunidad, yo estaba terminando la enseñanza secundaria”, cuenta.

Trabajaba como niñera y peluquera para costearse sus estudios cuando la FAO puso en marcha el Programa Especial para la Seguridad Alimentaria (PESA) en su comunidad. El PESA de la FAO se creó con la finalidad de reducir el hambre y la malnutrición en el país mediante el aumento de la productividad de los pequeños agricultores. Esto se logró mediante la introducción de cambios tecnológicos relativamente simples, económicos y sostenibles en su agricultura.

En 2004, Ligia Elena fue elegida para participar en el programa junto con unas 600 familias de otras comunidades.

Recuerda los motivadores talleres y cursos de la FAO. “Aprendimos prácticas artesanales, a obtener semillas de frijol, maíz y hortalizas y a criar aves. Incluso aprendimos a preparar los suelos y recibimos herramientas agrícolas”.

Pero lo que realmente la entusiasmó fueron las actividades apícolas. “Como me mostré muy interesada, me seleccionaron para viajar a Barquisimeto (Venezuela) para especializarme en la apicultura. Gracias a una beca de la FAO, asistí a la Universidad Centroccidental Lisandro Alvarado”, dice Ligia Elena con emoción.

Allí se especializó en la cría de abejas reinas y, a su regreso, transmitió sus conocimientos a otros miembros de su comunidad.

La perspectiva de Ligia Elena cambió por completo: “Aprendí a amar a las abejas. Antes les tenía miedo, ahora conozco su temperamento. Sé cuándo están enfermas, y ellas advierten mi estado de ánimo. Si perciben miedo, se estresan y alteran. Si estás tranquila, ellas también”.

“Las abejas son insectos sumamente inteligentes”, concluye Ligia Elena. “Son animales hermosos”.

De esta capacitación proporcionada por la FAO nacieron 15 centros de apicultores, que recibieron sus primeras abejas, trajes, máscaras y guantes.

“Mientras realizábamos todos los procedimientos para cosechar la miel, yo seguí llevando a cabo mis actividades de niñera y peluquera. Cuando obtuvimos la primera cosecha, comenzamos a vender la miel. Así fue como empecé a ganar ingresos con la venta de miel”, explica Ligia Elena.

Aunque parezca inconcebible, cuenta la apicultora venezolana, “en 2005 y 2006, aún se decía en mi comunidad que la apicultura era un negocio de hombres, no de mujeres. Pero la FAO creyó en mí y me apoyó”.

Eso fue hace 17 años. “Hoy, solamente en La Fe, somos 30 apicultores”, indica. De ellos, únicamente cuatro son mujeres, pero ya no existe ese tabú en la comunidad.

Persistencia ante todo

En su trayectoria como apicultora, Ligia Elena llegó a un cruce en el camino en 2009, cuando tuvo que trasladarse temporalmente a otro lugar fuera de su comunidad. Dejó sus abejas a cargo de un colega, pero cuando volvió, un año y medio después, supo que sus colmenas habían ardido en un incendio en medio de una ola de calor. “Volvía a partir de cero… Pero no me permití deprimirme, e inmediatamente me puse a trabajar para recuperar mis abejas”.

Preparó una propuesta de proyecto en muy poco tiempo y la presentó al gobierno regional, solicitando ayuda económica para recomenzar la actividad. Con el dinero que recibió, los apicultores de la comunidad crearon una sala de extracción de miel y pusieron en marcha una empresa comunitaria, el centro de apicultura La Miel.

En los dos primeros años, la empresa comunitaria produjo 600 kilogramos anuales. “Después, la producción descendió a 200 e incluso a 150 kilos por año, y esa reducción se debe al cambio climático, que ocasionó una disminución del número de abejas en esta zona”.

Explica que, a causa del cambio climático, las abejas se comportan de un modo diferente. La inestabilidad climática, la irregularidad en las floraciones arbóreas y la contaminación hacen que las abejas adquieran nuevos patrones de conducta, adaptándose a los cambios en los tiempos de floración. Ligia Elena y sus compañeros de trabajo han plantado nuevos árboles para volver a atraer a las abejas.

Actualmente, la empresa La Miel emplea a muchas de las familias que viven en la pequeña ciudad de Ligia Elena. “Nosotros en La Fe descubrimos la apicultura como medio de subsistencia”, señala. “Es el trabajo con el que traemos el sustento a nuestros hogares”.

“La apicultura es mi forma de vida. Es el medio de subsistencia de mi familia y una actividad que espero que mis hijas continúen realizando en el futuro”, concluye Ligia Elena.

La FAO se enorgullece de haber trabajado en la República Bolivariana de Venezuela desde 1992. En estos tres decenios, la Organización ha proporcionado apoyo técnico para fortalecer las capacidades nacionales. Asimismo, ha ofrecido a las comunidades conocimientos y habilidades que perduran en las personas toda una vida, como en el caso de Ligia Elena, una apicultora de por vida y una heroína alimentaria local.

La historia y las fotos relacionadas se pueden encontrar en:

https://www.fao.org/fao-stories/article/es/c/1630045/.

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