Por Pablo Sanguinetti (dpa)
Berlín, 12 jul (dpa) – Cuando Europa llega a una hora decisiva por la crisis griega y las propuestas de solución chocan una y otra vez contra Wolfgang Schäuble, muchos recuerdan que el superpoderoso ministro de Finanzas alemán se comparó alguna vez con Sísifo.
El personaje de la mitología griega estaba condenado a empujar hasta la cima de una montaña una roca que día tras día volvía a caer. Es la frustrante sensación que deja a muchos europeos -y al propio Schäuble- la interminable cadena de cumbres sin solución para Grecia.
Hay mucho de esfuerzo repetido y de persistencia ciega en la biografía del cristianodemócrata de 72 años, comenzando por la ya proverbial obsesión por la austeridad con la que se convirtió en ogro para parte de Europa y en el político más popular para los alemanes.
“Estamos decididos a no proyectar cuentas en las que todo el mundo sabe que no se puede creer”, dijo el sábado en Bruselas al entrar en la cumbre de sus pares de la eurozona. Llevaba ya bajo el brazo una propuesta inédita: excluir a Grecia del euro por cinco años.
El futuro de la eurozona podrá ser aún incierto, pero nadie discute el lugar de Schäuble entre las figuras más respetadas y decisivas de las últimas décadas en la política alemana.
El abogado nacido el 18 de septiembre en 1942 en Friburgo e hijo de un político de la CDU ingresó en Parlamento por primera vez en 1972 y renovó desde entonces década tras década su mandato.
Un perturbado mental le disparó durante un mitin en 1990. Schäuble, entonces ministro del Interior, sobrevivió postrado en una silla de ruedas. “En lugar de hundirlo, la experiencia lo hizo más fuerte”, contó su mujer y madre de sus cuatro hijos, Ingeborg.
Ocupó varios cargos clave en los gobiernos de Helmut Kohl (1982-1998), su admirado mentor y de algún modo su contrafigura: el canciller católico, contundente, flexible y vital contrastaba con un Schäuble protestante, brillante, riguroso y legalista.
La sociedad se rompió tras el escándalo de financiación ilegal de la CDU que forzó a Schäuble a dejar la presidencia del partido -y los sueños de cancillería- en 2000. “Nuestra relación terminó”, zanjó años más tarde, describiéndola como de alianza, no de amistad.
También en el primer gobierno de Angela Merkel (2005-2009) fue ministro del Interior. Pero fue su salto al de Finanzas en 2009 lo que lo convirtió en uno de los políticos más influyentes de Europa por el papel decisivo de la primera economía europea en la crisis.
“No soy cómodo, no soy fácil. Soy leal”, definió alguna vez. Merkel experimentó en carne propia ese carácter. La escalada de la crisis los distanció, al menos políticamente, debido a la política “paso a paso” con que la canciller impacientó al ministro.
Artífice en 2015 del primer presupuesto alemán con endeudamiento cero en casi medio siglo, Schäuble creía encaminada la crisis en Grecia hasta que el gobierno de izquierda de Alexis Tsipras llegó al poder en Atenas y, con él, su nuevo homólogo: Yanis Varoufakis.
“Estamos de acuerdo en que no estamos de acuerdo”, dijo elusivo Schäuble tras un primer encuentro en Berlín. Pero el contraste con el griego de las chaquetas de cuero y la moto no podía ser mayor. Y pronto ambos dejaron de lado los eufemismos.
Mientras Schäuble aireaba su desconfianza en cualquier promesa de Atenas, el ya renunciado Varoufakis lo acusaba esta semana de forzar la salida de Grecia del euro para “imponer su modelo de una eurozona en donde impera una severa disciplina”.
El legado europeo de Schäuble sigue abierto. Pero todo indica que se definirá junto a la crisis griega en los próximos días. La política no es mitología: alguna vez la roca de Sísifo se sostendrá definitivamente en la cima de la montaña. O caerá para siempre.
