Por qué el populismo es tan difícil de pronosticar

ANÁLISIS

Por Max Fisher y Amanda Taub

Nueva York, 13 jun (NYT) – Theresa May, la primera ministra británica, se ha integrado a una larga fila de políticos que se la jugaron con que entendían que la ola populista rebasaría a la política occidental, y perdieron.

Las elecciones del jueves completaron un año en el que pareció que la teoría más reciente en la política, en la era populista, resultaba estar perpetuamente incorrecta, como lo sucedió con muchas proyecciones de los resultados electorales. ¿Qué explica a esta aparente inexplicabilidad?

Los efectos individuales del populismo, después de todo, se han hecho bien conocidos. Los electores se oponen a las elites partidistas, revuelven a las coaliciones demográficas y están más motivados por lo aquello a lo que se oponen que por lo que apoyan.

El problema es que, aun entre los principales académicos, el cómo interactúan estos factores en cualquier elección dada es algo que no se comprende bien.

Los cambios son, simplemente, demasiado complejos y demasiado nuevos.

Todos saben que el populismo ha alterado fundamentalmente las reglas de la política occidental. Sin embargo, nadie ha deducido cuáles son las nuevas reglas.

El resultado es que los políticos y observadores llegan a cada elección, lo sepan o no, meramente adivinando. Errores de juicio y sorpresas se han convertido en la normal nuevo.

Eso ha sido más pronunciado en Gran Bretaña, donde la política está avanzando en torno a un problema, el “brexit”, el voto del Reino Unido para salirse de la Unión Europea, que tiene apoyo casi de 50-50, de forma que hasta un ligero error de cálculo puede cambiar las elecciones, con consecuencias mundiales. Sin embargo, el fenómeno se extiende por todas las democracias occidentales.

Los votantes no están esperando a que los académicos entiendan su comportamiento cambiante, ni tampoco pueden los políticos. Mientras los dirigentes tratan de considerar a las fuerzas a las que no pueden comprender del todo, la incertidumbre y la volatilidad son parte del sistema, por ahora.

Un año de apuestas fallidas

May estaba actuando con base en el mejor y más actual conocimiento del votante populista, y de cómo motivarlo, lo que muestra cuán poco se entiende al populismo.

En el año anterior a las elecciones, parecía que se había demostrado que abogar por el “brexit”, prometer medidas enérgicas contra el terrorismo y restringir las leyes de derechos humanos llevarían a su Partido Conservador a la victoria.

Esos votantes no solo le entregaron una derrota, sino que se cambiaron al Partido Laborista de centro izquierda cuando lo dirige un populista de izquierda, Jeremy Corbyn, lo cual vuelve a confundir el conocimiento que hoy se tiene del momento populista.

No se puede decir que ella haya sido la primera política en sucumbir a la falsa creencia de que entendía al populismo. David Cameron, su predecesor, realizó el referendo de junio sobre la salida de la Unión Europea creyendo que se apropiaría del sentimiento nativista que se veía como demasiado marginal para prevalecer.

En Estados Unidos, los dirigentes del Partido Republicano y, a decir de algunos, hasta el propio equipo de campaña del presidente Donald Trump, todos subestimaron el gran impulso antielite que lo lanzó a la presidencia en las elecciones del 2016.

Y en los Países Bajos este año, el primer ministro de centro derecha, Mark Rutte, buscó integrar al populismo incorporando algunas de sus actitudes duras hacia los inmigrantes, pero perdió una quinta parte de los escaños de su partido en el Parlamento.

Algunas sorpresas han reforzado a las elites, subrayando que la única certeza es la incertidumbre.

En las elecciones neerlandesas, el líder de la extrema derecha, Geert Wilders, no cumplió con las expectativas, lo que sugiere que hasta los populistas están batallando para emplear al populismo.

En Francia, después de que la candidata de extrema derecha, Marine Le Pen, ganó más votos en la contienda presidencial de los que su partido había ganado alguna vez, muchos esperaban que lo haría en las elecciones legislativas. Sin embargo, las encuestas de opinión sugerían una derrota catastrófica.

En su lugar, los electores franceses, en una acción que no se anticipó en ningún modelo de política en la era populista, parecen seguir al partido de Emmanuel Macron, que, de alguna forma, está tanto a favor de la elite como en su contra; es recién fundado, y abraza una política centrista y mundialista.

En Alemania, el mayor cambio en el apoyo electoral, aunque efímero, surgió del partido de centro derecha, liderado por la canciller Angela Merkel, que votó por el centro izquierda.

En casi todos los casos, las expectativas y la realidad han chocado, a menudo, en formas totalmente nuevas.

Esto importa más allá de las elecciones. Los dirigentes ahora deben gobernar a sociedades remodeladas por fuerzas a las que apenas se conoce.

Encontrar una nueva teoría

No se puede culpar a los políticos por su incertidumbre. Mientras que los académicos han avanzado en la comprensión del populismo, siguen lejos de tener una teoría que pueda explicar o pronosticar por completo unas elecciones.

Matthew Goodwin, un profesor de la Universidad de Kent que estudia la política radical en Gran Bretaña, escribió el mes pasado en Twitter: “No creo que los laboristas, con Jeremy Corbyn, saquen 38%. Alegremente me comeré mi nuevo libro del “brexit” si lo hacen”.

El jueves, cuando las encuestas de salida mostraban que los laboristas iban ganando 40 por ciento del voto, Goodwin tuiteó: “¿Alguien tiene cátsup?”.

A los encuestadores no les ha ido mejor. Si bien saben que deben ajustar sus modelos, apenas si pueden diseñar una fórmula para explicar la dinámica que está plagada de incógnitas. En las elecciones británicas, la mayoría de las encuestas pronosticaban una victoria conservadora. YouGov atrajo las burlas por pronosticar un Parlamento sin mayoría, y resultó que fue preciso.

Ben Lauderdale, quien ayudó a diseñar el modelo de YouGov, reconoció que sus colegas transitaban a tientas por un terreno desconocido y dijo que hasta él estaba sorprendido con su precisión.

“Realmente, se revolvió la lealtad partidista en un mayor grado de lo usual”, dijo Lauderdale y mencionó uno de varios factores que han confundido a los encuestadores. “Hubo algunas personas que cambiaron hacia una dirección y otras que cambiaron hacia otra dirección”.

El sentido común tampoco ha mantenido el paso de los cambios, notó Lauderdale, y señaló a la creencia en ambos partidos de que Corbyn era un personaje marginal, de quien se tenían pocas esperanzas de ser atractivo para el elector de la corriente dominante.

Las elites políticas, que tienen sus propias subculturas difíciles, se han apegado al sentido común, aun cuando las ha llevado por el mal camino; por ejemplo, al descartar el potencial de Corbyn.

Sin embargo, esas elites políticas también han sido reactivas, han recalibrado drásticamente sus expectativa tras cada nueva elección sorpresiva, han impuesto una teoría nueva con el propósito de encontrarle sentido al mundo. Estas teorías, inevitablemente, sobreviven solo hasta la siguiente elección, pero, entre tanto, le dan forma a los modelos de encuestas, a la cobertura mediática y al comportamiento partidista.

Una imposibilidad compleja

Pocos sistemas en el mundo son más complejos que el que hay entre las orejas de una persona, particularmente cuando está decidiendo cómo votar. Es un acto tanto político como social, regido por un montón de factores que se conocen en lo general, pero que interactúan en formas profundamente complicadas.

No siempre parece ser así. Cuando los problemas y los candidatos encajan en un molde claramente similar año tras año, la votación tiende a seguir patrones predecibles. Sin embargo, el populismo ha introducido un conjunto de factores nuevos, o, al menos, recientemente poderosos, lo que ha obligado a cualquiera que trabaje en política o la estudie a desechar los modelos de larga data.

Por ejemplo, el sentimiento en contra de la elite está revolviendo a los partidos y sus plataformas.

Los dos partidos delanteros en Gran Bretaña contendieron en contra de la elite desde dentro, May puede presentarse como la defensora del “brexit” y Corbyn como quien rechaza décadas de centrismo.

Sigue sin estar claro si los votantes contra la elite, en estas elecciones y en otras, tendieron a escoger la plataforma más antielite, al dirigente que estaba más fuera del sistema o al opositor de quien quiera que haya estado en el poder.

Otro factor: los partidos se están debilitando, pero la polarización se está fortaleciendo. Los electores se ven a sí mismos cada vez más votando en contra del partido o la persona que les desagradan, en lugar de por una que sí les agrade.

A veces, eso lleva a que las personas abandonen en tropel a los partidos de la corriente dominante, como pasó en las elecciones neerlandesas.

En otras, la polarización lleva al votante a apoyar a un partido de la corriente dominante porque esa es la mejor forma de oponerse a otro. En Gran Bretaña, los laboristas y conservadores se han vuelto más dominantes de lo que han sido en años.

Estos cambios se han exacerbado con los movimientos tectónicos en las coaliciones demográficas. Los blancos de la clase trabajadora se están cambiando de los partidos de izquierda a los de derecha, impulsados por una reacción negativa en contra del cambio económico y demográfico. Se está haciendo más factible que los votantes se dividan por edad e instrucción. Tales cambios están forzando a los partidos a alterar drásticamente sus plataformas y estrategias.

Sin embargo, los académicos apenas están empezando a entender estas nuevas coaliciones, las cuales están motivadas por asuntos que afectan a múltiples áreas.

Por ejemplo, después de las elecciones británicas y las estadounidenses, parecía que los electores de mayor edad habían cambiado en forma significativa hacia la derecha. No obstante, en Francia. Le Pen, rindió poco entre esos votantes relativos a otros grupos de edad. No está claro si el nuevo sentido común de los electores de más años estaba equivocado o si influyó algún otro factor en ellos, en Francia.

Esto es solo un muestreo de los factores que alteran a la política. Entender completamente a cualquiera de ellos se requeriría de años, pero juntos, han confundido la capacidad de pronosticar la política hasta de los profesionales más experimentados.

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