Los kurdos: Un pueblo sin Estado, traicionado por Estados Unidos y Europa

Redacción, 16 oct (elmundo.cr) – El pueblo kurdo es el más grande grupo étnico sin un estado, esparcido en un extenso territorio que comprende: Turquía, Siria, Irak e Irán. Quien podrá ayudarlos, dijo hace pocos días Trump: “Bienvenida cualquier ayuda a los kurdos: rusos, chinos o Napoleón Bonaparte. Espero que tengan éxito. Nosotros estamos a 7 mil millas de distancia”.  Es claro el temor de los norteamericanos de ser absorbidos  en un sangriento conflicto en el desierto sirio, es mejor dejar el campo libre al interventismo de la Rusia de Putin.

Una verdadera traición, para los kurdos sirios el retiro de las tropas estadunidenses de Siria septentrional- una especie de vía libre a la invasión turca- parece otra pirueta diplomática de Washington en detrimento de un aliado considerado incómodo. La historia de los kurdos es una historia de grandes desilusiones.

El grande Kurdistán, ha sido siempre solamente un sueño. También cuando el Kurdistán iraquí había convocado un referéndum en el 2017, votando a favor de la independencia del Irak, que de hecho nunca llegó. Nadie quería el Kurdistán iraquí, pero nadie parece interesado tampoco a un Kurdistán sirio independiente. Sobre todo Ankara. Erdogan teme que un escenario de ese tipo pueda alimentar las aspiraciones secesionistas de los veinte millones de kurdos presentes en el territorio turco.

El pueblo kurdo- 35-40 millones – es el más grande grupo étnico sin un estado. Desde que se desató la insurrección  contra el régimen sirio (2011) el Nordeste de Siria es de hecho un territorio autónomo. De aquí nace la campaña turca con miras a crear una zona de seguridad en la frontera compartida con Siria.

Los kurdos tuvieron un rol clave en la lucha contra el Estado Islámico (ISIS). Cuando los E.U.A. organizaron una coalición internacional contra ISIS, ningún país de dicha coalición entendía desplegar sus propios soldados en el campo de batalla, los E.U.A. participaron solamente con ataques aéreos a las bases yihadistas.

Las YPG, (Unidades de Protección Popular) las milicias kurdo-sirias, conquistaron muchas ciudades bajo control del Estado Islámico. Lo lograron, pero pagaron un elevado tributo de sangre, once mil muertos. En el verano del 2017 los kurdos iraquíes, protagonizaron la liberación de Mosul (Ex Capital del ISIS en Irak) en el otoño del mismo año le YPG reconquistaron Raqqa (Ex Capital de ISIS en el Norte de Siria). Los kurdos sirios controlaban un territorio de alrededor un ¼ de Siria, que comprendían los pozos de petrolíferos en mano al régimen de Damasco hasta el 2012.

Demasiado para Erdogan. A sus ojos, las YPG han sido siempre aliados del PKK (Partido de los Trabajadores del Kurdistán), grupo kurdo separatista activo en Turquía. Por lo tanto “terroristas” también. Con el pretexto de alejar ISIS de su frontera, Ankara en el 2016 dio inicio a la operación “Escudo del Éufrates”. Diez meses después, el sultán de Ankara, reinició las hostilidades con la campaña “Ramo de Olivo”.

En agosto, Trump y Erdogan firmaron un acuerdo para hacer “estable” la frontera turco-siria, creando una zona de seguridad cuyo objetivo era tener separados los ejércitos kurdo y turco. Las YPG comenzaron la retirada. Dos meses después, Trump incumplió el acuerdo. Para los kurdos-sirios las cosas comenzaban a meterse muy mal.

Concentrado en sus egocéntricas prioridades, Europa y los E.U.A. se lavan las manos y se retiran de los escenarios de guerra en Siria, se olvidan de los sufrimientos indecibles a los que son sometidos los inermes civiles, nunca han abrazado la causa verdaderamente, solo cálculos geoestratégicos.

Mientras tanto la vieja Rusia, llena de problemas internos y con grandes carencias democráticas, toma el lugar de las democracias occidentales en las dunas sirias, afirmándose como el único mediador en la escena capaz de cambiar el estado de las cosas.

La inconsistente inercia política de Europa, unida a la recalcitrante reticencia de los E.U.A. a ejercer un rol que les compete en Medio Oriente,  y a la poca confianza que inspiran muchos actores regionales, le permitieron a la Rusia de imponer su propia estrategia, por cuanto discutible y desenvuelta pudo aparecer cuando irrumpió en ese escenario militar sirio en el septiembre del 2015.

Mientras todos apostaban en la caída de Assad, con un ejército extenuado y un régimen impresentable y repudiado a nivel internacional, Putin dio su apoyo al Rais de Damasco, afirmando de querer salvaguardar la integridad territorial de Siria y metiendo en guardia contra la fragmentación del país, acusando a los grupos rebeldes de inspirarse al radicalismo islámico, y a los occidentales y sus aliados en el área de no tener una estrategia clara, él sí la tenía.

Putin se encontró en el lugar justo, en el momento justo; convirtiéndose de la noche a la mañana en la aguja de la balanza en Oriente Medio, colmando así, sus atávicos apetitos de poder que lo obsesionan, esto gracias al titubante y complaciente desinterés con el cual E.U.A y Europa se escondieron y se lavaron las manos en la dramática tragedia de los kurdos en el Nordeste de Siria.

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