Por Elizabeth McSheffrey y Sinikka Tarvainen (dpa)
Nairobi, 4 abr (dpa) – Los kenianos viven consternados los días posteriores al ataque de la milicia somalí Al Shabaab, que el jueves dejó 147 muertos en la universidad de Garissa. Pero también se empeñan en mantener la unidad y evitar las divisiones religiosas.
Los yihadistas que asaltaron la universidad, situada a unos 350 kilómetros al noreste de Nairobi, mataron a estudiantes que identificaron como cristianos después de que no fueran capaces de recitar versos del Corán.
Las 16 horas de asalto concluyeron con la muerte de cuatro de los terroristas, mientras que en las últimas horas fueron detenidos cinco sospechos relacionados con el atentado.
Se trata del peor atentado perpetrado en Kenia por Al Shabaab, una rama de Al Qaeda a la que Somalia combate en su territorio con ayuda de 20.000 soldados de la Unión Africana. La milicia terrorista lanzó ataques a menudo en Kenia para castigar al país africano por su partipacion en esa fuerza conjunta contra el yihadismo.
Ahora, muchos kenianos prometen unidad contra el terrorismo y aseguran que no se dejarán dividir por motivos religiosos.
“Tenemos que rezar para que (los extremistas) cambien sus vidas, para que Dios pueda cambiar sus mentes”, afirmó el predicador cristiano Patrick Mukala desde las afueras de Nairobi. “Cuando se produce un ataque como este no hay divisiones. Cristianos, musulmanes, todos somos hermanos, todos somos kenianos”, aseguró.
El obispo anglicano Julius Kalu instó a kenianos a evitar dividirse en facciones religiosas, mientras que el consejo de imanes pidió actuar en contra de los mensajes de odio.
Según las estadísticas oficiales, casi el 80 por ciento de la población de Kenia es cristiana, el 10 por ciento es musulmana y el resto sigue otras religiones, entre ellas algunas autóctonas.
“Sólo tenemos que seguir rezando por nuestra nación, Kenia. Dios ve y conoce nuestras preocupaciones, y abandonar no es una opción”, escribió un usuario de Twitter.
“No es el momento de buscar culpables, es el momento de rezar por las familias de los fallecidos”, apuntaba por su parte un lector del diario “Standard” en la web del periódico.
Garissa tiene unos 120.000 habitantes y está a 140 kilómetros de la frontera somalí. En los últimos años la ciudad sufrió varios ataques de Al Shabaab de menor envergadura y muchos padres cuentan que los jóvenes que estudian en la universidad local les habían advertido de que la región no era segura.
Los habitantes de la zona están más asustados que nunca, explicó a dpa un periodista de Garissa. “La forma en que ocurrió el ataque fue aterradora. Quienes viven alrededor de la universidad y tienen negocios allí están (…) aterrorizados y furiosos”, contó Enoch Sikolia.
“Es muy difícil comprender lo que está pasando en este país, especialmente cuando atañe a estudiantes, vidas jóvenes, gente que está trabajando para labrarse un futuro”, agregó el periodista.
La milicia terrorista perdió casi todas las ciudades importantes de Somalia frente al Ejército de ese país y las tropas de la Unión Africana. Por ello retomó con intensidad las tácticas terroristas y mató a decenas de personas en atentados terroristas en lo que va de año en la capital somalí, Mogadiscio.
La masacre de Garissa se produjo menos de dos semana después de que Kenia anunciase la creación de un sistema de seguridad de alta tecnología que incluye zonas neutrales y vigilancia electrónica en sus 700 kilómetros de frontera con Somalia.
“Sufrimos incesantemente debido a la falta de personal de seguridad”, admitió el jueves el presidente del país, Uhuru Kenyatta, que anunció el reclutamiento de 10.000 policías más.
Las fuerzas de seguridad siguen buscando al supuesto cerebro del atentado, Mohamed Kuno Gamadheere, conocido también como Mohamed Dulyadayn, por quien Kenia ofreció una recompensa de 20 millones de chelines (212.000 dólares). Kuno, antiguo profesor de una escuela coránica de Garissa, sería ahora un comandante de Al Shabaab.
Además se impuso el toque de queda en Garissa hasta el 16 de abril y se aumentaron las medidas de seguridad en partes de Mombasa, en la costa, y en Marsabit, en el norte.
Pero estas medidas no acaban de tranquilizar a los kenianos, que cada vez se cuestionan más la necesidad de que su país participe en el intento de pacificar Somalia. “¿Por qué estamos luchando la guerra de otros?”, se preguntaba otro lector del “Standard”. Y esa es una cuestión a la que el gobierno tendrá que responder.