Por Kathrin Lauer y Thomas Brey (dpa)
Subotica (Serbia)/Szeged (Hungría), 10 ago (dpa) – El primer ministro húngaro habla de una “afluencia masiva” al referirse a los 86.000 migrantes que fueron atrapados en Hungría en los primeros meses del año. El gobierno quiere frenar la ola de refugiados hacia el oeste de Europa con una alambrada de espino, pero las posibilidades de éxito son escasas.
El número de solicitantes de asilo sirios, afganos y paquistaníes podría aumentar mucho próximamente. Según cifras de la agencia europea de control de fronteras (Frontex), tan sólo en julio llegaron a Grecia unos 50.000 refugiados cuyo objetivo es desplazarse al oeste de Europa.
Llegan a través de la ruta balcánica, ya que Turquía está a un salto de islas griegas como Quíos, Samos y Lesbos. El viaje en las desvencijadas barcas cuesta unos 1.000 dólares por persona (914 euros), cuentan los refugiados. De las islas griegas pasan a Atenas y de ahí a Macedonia, donde el gobierno mira para otro lado y deja la situación en manos de las organizaciones humanitarias.
Cada día llegan unos 1.200 refugiados y en septiembre se podría llegar incluso a 10.000, advierte Jasmin Redzepi, de Legis. Esta organización reparte cada día 1.200 raciones de comida y agua en Macedonia, tanto en Gevgelija, el lugar al que llegan los refugiados, como en Tabanovce, desde donde parten hacia Serbia. En la mayor parte de los casos los migrantes cruzan el pequeño país balcánico en los tres trenes regulares o en las numerosas conexiones especiales. Entre mediados de junio y mediados de julio hicieron esa ruta unos 20.000.
En Serbia los migrantes tienen que apuntarse en el “centro de recepción” de la ciudad de Presevo. Como normalmente llegan sin papeles, allí se les fotografía y se les toman las huellas dactilares y reciben comida, bebida y atención sanitaria. La siguiente etapa es la capital serbia, Belgrado, donde esperan en los parques públicos a los autobuses que los llevan a la frontera con Hungría.
La situación es caótica en la pequeña ciudad de Kanjiza, a 3,5 kilómetros de la frontera húngara. Cada noche llegan allí unos 20.000 refugiados en autobús y la mayoría acampan frente al ayuntamiento. “La población tiene miedo, está harta”, explica furioso el alcalde, Robert Lacko. Uno de los muchos problemas, cuenta, es que el paso de los refugiados deja cada día 12 toneladas de basura que debe limpiarse.
Con la caída de la noche la caravana de refugiados comienza a moverse hacia Hungría. Allí se quiere frenar el avance de los refugiados con una valla a partir de finales de este mes. A lo largo de 175 kilómetros se montará una especie de alambrada de espino con cuchillas afiladas de cuatro metros de alto. Orban a prometido que con ella se reducirá a una sexta parte el flujo migratorio.
Pero desde los servicios de protección de fronteras hay dudas sobre el éxito de esta medida. Alegan que hay muy poco personal para vigilar la valla y según la policía en los pueblos fronterizos de Serbia hay indicios de un nuevo mercado de tijeras para cortar alambradas. La última semana 18 migrantes cortaron el alambrado y lograron entrar en Hungría, aunque después fueron atrapados y expulsados.
A quienes consiguen pasar se les da algo de comer y beber y artículos de higiene en la cercana ciudad de Szeged. La ayuda la presta y organiza la organización humanitaria húngara MigSzol con ayuda municipal. En la capital de Hungría, Budapest, los refugidados se encuentran un paso más cerca de sus objetivos: Austria, Holanda, Escandinavia o Alemania.
