ANÁLISIS
Por Martin Bialecki (dpa)
Washington, 6 nov (dpa) – Salvo que ocurra un milagro, el siguiente presidente o presidenta de Estados Unidos gobernará a partir de enero de 2017 una nación dividida como pocas veces se ha visto en la historia, con las graves consecuencias que eso acarrea tanto para el país como a nivel internacional.
“Este proceso electoral no tiene nada que ver con los anteriores”, afirma Charlie Cook, del “National Journal”, uno de los medios más especializados en elecciones presidenciales.
¿Por qué?
El trasfondo:
Nunca antes los ciudadanos estuvieron tan polarizados ideológicamente como ante los comicios del 8 de noviembre de 2016. “El centro moderado prácticamente ha desaparecido”, comenta Cook. Los demócratas se han desplazado más hacia la izquierda y los republicanos hacia la derecha.
“Esto se fomenta tanto desde los medios clásicos como desde incontables plataformas en Internet”. Todos quieren sacar partido avivando rápidamente el fuego. Además fomentan esta polarización las encuestas publicadas casi a diario, muchas veces de fuentes desconocidas.
El segundo elemento se basa en la economía, que aún yendo bien, es muy frágil y podría esconder un “efecto yo-yo”. Es un hecho que las consecuencias positivas no alcanzan al ciudadano medio estadounidense, cuyos ingresos se mantienen en el mismo valor desde 1999.
Tercero, la batalla política se ha tornado en algunos campos en una “lucha cultural”. El aborto, el medio ambiente o el cambio climático son algunos de los temas en los que cada uno de los candidatos defienden de forma encarnizada y obstinada los valores “correctos”.
Por otro lado, existe un rechazo abrumador de los ciudadanos a los políticos tradicionales. Según una encuesta del “Washington Post”, más de tres cuartos de los encuestados afirmaron no confiar en los políticos.
Este clima ciudadano ha propiciado el “auge del outsider”, que ha disparado en las encuestas a políticos no profesionales como Donald Trump, Ben Carson y Carly Fiorina. Los tres son la antítesis del dirigente clásico estadounidense. En el caso de los republicanos, cuyos líderes siempre fueron militares o políticos de renombre, el asunto de los outsiders es flagrante.
Y por último, la sensación de que en Washington “no se avanza” se está tornando tóxica. El experto Peter Hart (Pennsylvania) describe con preocupación cómo se ve al Congreso estadounidense como totalmente disfuncional en sus decisiones, pero a la vez se rechaza cualquier cooperación entre los dos bandos.
Los candidatos:
En el caso del Partido Republicano, hay nada menos que 17 precandidatos que luchan por ser el elegido. Trump continuará haciendo ruido algún tiempo hasta que su efecto se disipe. Carson, más suave en su estilo, debería aguantar algo más. Lo mismo le ocurre a Fiorina, aunque ella no dispone de una maquinaria electoral tan poderosa como la de algunos de sus contrincantes. Será complicado a pesar de los elogios a su actuación y preparación.
Uno de los favoritos del partido es Marco Rubio, senador por Florida y considerado hasta ahora el más versátil de los candidatos. Joven y nuevo, podría atraer al inmenso número de latinos del país. Jeb Bush, ex-favorito, continúa algo desorientado por las dificultades que está encontrando a lo largo de la campaña. Su carrera aún no ha terminado, pero necesita un éxito con urgencia.
Por su parte, Ted Cruz protagonizó una intervención explosiva en el último debate televisivo. El senador por Texas es un talentoso comunicador. Habrá que esperar y ver.
Si Hillary Clinton no comete ningún error en el bando demócrata, tendrá la candidatura asegurada. El problema es que no goza de popularidad y su perfil político es demasiado clásico, además de que su currículum ofrece numerosos puntos flacos que la hacen vulnerable a ataques.
Una gigantesca maquinaria política trabaja para ayudar a suavizar su imagen y humanizarla. La polémica con los e-mails parece superada.
El senador Bernie Sanders se quedará fuera del juego en algún momento, pero los puntos que trata gustan tanto a algunos sectores de la población, que Clinton no ha dudado en seguirlo en ese camino hacia la izquierda. Esto supone un problema para los votantes más moderados, y además, esta no es la verdadera Hillary.
Los gastos de campaña:
Muy altos, como siempre. Cada elección presidencial celebrada en Estados Unidos ha sido siempre más cara que la anterior. Obama y Mitt Romney gastaron 1.000 millones de dólares cada uno en 2012. Para esta ocasión, los más de 1.000 PAC’s (Comités de Acción Política) para obtener donaciones para las campañas tienen mucho más recaudado.
Además:
La renovación parcial de 34 de los 100 escaños en el Senado será muy ajustada y emocionante. Según los pronósticos, los republicanos perderán entre dos y cuatro mandatos y mantendrán la mayoría por un margen muy estrecho.
En conclusión:
La demografía estadounidense evoluciona rápido y favorece a Clinton. Cada vez hay menos voto conservador y las minorías suponen un gran número de votos para el Partido Demócrata. Pero por otro lado, es muy complicado que el partido que ha gobernado la Casa Blanca durante dos mandatos sea capaz de revalidar un tercero.
Hoy en día es imposible decir con seguridad quién ganará las elecciones de 2016. Podría haber un atentado o tal vez aparezca un candidato independiente (¿Michael Bloomberg?). Quién sabe.
Lo que es seguro es que el o la presidenta que gane se encontrará con el complicado papel de dirigir un país profundamente dividido y que no deja de preguntarse “¿Quién queremos ser?” en un mundo cada vez más complejo.
El comienzo oficial de la carrera presidencial será el 1 de febrero del 2016.
