Reportaje

Heroína en sopas y caramelos: Cómo los cárteles traspasan las fronteras de Estados Unidos

Eric Thayer/The New York Times

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Baltimore, 10 dic (NYT) — El último día de enero de 2014, a los agentes especiales del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas les llegó la información: una persona estaba a punto de aterrizar en el aeropuerto de Baltimore con un gran cargamento de drogas.

Unas horas más tarde, los agentes le solicitaron al hombre en cuestión —el guatemalteco Édgar Franco López— registrar tres grandes bolsos de viaje que estaba metiendo en un auto afuera del aeropuerto. Sin embargo, los agentes solo encontraron comida. Así que se la jugaron con una mentira: dijeron que habían encontrado evidencia de drogas en las bolsas y el chofer confesó.

Edwin Quintana Carranza, un mexicano que estaba ilegalmente en Estados Unidos, aseguró que las bolsas le pertenecían y accedió a la revisión; además dijo que las drogas estaban escondidas en las galletas.

López y Quintana eran eslabones clave de una red de contrabando de drogas que se extiende a lo largo de miles de kilómetros desde Guatemala hasta Baltimore, según las actas judiciales y las entrevistas con los agentes involucrados en el caso. Funcionarios estadounidenses señalaron que los miembros del Cártel de Ipala —llamado así por la ciudad guatemalteca donde tiene su base— enviaron a Estados Unidos grandes cantidades de heroína escondida en comida, principalmente: galletas, bizcochos de chocolate, sopas, caramelos y otras golosinas.

En vez de contrabandear la droga por puertos de entrada o a través de la frontera, los traficantes del cártel explotaban las debilidades de la seguridad fronteriza: paquetes enviados por medio del correo, UPS y FedEx; cargas aéreas y viajes en sistemas de transporte que cuentan con relativamente poca seguridad, como el tren Amtrak. Los paquetes tenían sello de fábrica y no mostraban signos de haber sido alterados, lo cual sugería que tal vez el cártel ha tenido acceso a una fábrica de procesamiento de alimentos, señalaron agentes involucrados en la investigación.

El caso pone en evidencia las tácticas cada vez más sofisticadas que emplean las organizaciones de narcotraficantes para evadir los tradicionales sistemas de revisión fronteriza y los muros. Aunque Estados Unidos invierte miles de millones de dólares a lo largo de la frontera mexicana —la principal ruta del tráfico de drogas— como parte de las rigurosas medidas implementadas por el gobierno de Donald Trump en materia de seguridad fronteriza, los traficantes ya encontraron maneras de evitar las cámaras, los drones, los perros antinarcóticos y los agentes en la frontera, aseguraron los funcionarios.

Los agentes señalaron que el grupo también podría haber usado el servicio postal y los paquetes para evitar que los carteles mexicanos les cobraran por cruzar su territorio.

“Mucha gente piensa que estas organizaciones de narcotraficantes son pandillas, y no lo son. Son un adversario que se adapta mucho”, afirmó Jayson P. Ahern, el excomisionado interino del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas durante la administración de George W. Bush. “Si les cortamos una de sus redes de transporte como en la frontera, de todas maneras seguirán intentando mover su mercancía por otros medios”.

La investigación de casi tres años sobre la organización trasnacional de contrabando de drogas concluyó este año cuando 23 personas se declararon culpables de intentar distribuir heroína. Las sentencias varían de un año de arresto domiciliario a más de cinco años en prisión. Los agentes también decomisaron 5,2 millones de dólares en heroína e identificaron más de 2 millones de dólares en ganancias producto de la venta de drogas durante un año.

Baltimore lleva mucho tiempo sufriendo el flagelo de la heroína. En esa ciudad de 614.000 habitantes, más de 21.000 personas son adictas, aseguró Leana S. Wen, la comisionada de salud.

El año pasado, casi 700 personas murieron de sobredosis de drogas en Baltimore, más del doble de los 318 homicidios de los que tienen registro las autoridades locales. La mayor cantidad de muertes se atribuyen a la mezcla de heroína con fentanilo, según el Departamento de Salud de la ciudad: un síntoma de la crisis de drogas que está padeciendo Estados Unidos.

“Teníamos una crisis de opiáceos antes de que el país se percatara de que había una”, comentó Wen.

Seis días a la semana, grupos del Departamento de Salud entregan jeringas limpias a los adictos, con la esperanza de contener la epidemia. Hace poco, al oeste de Baltimore, una multitud de personas, muchos de ellos consumidores de heroína, se formaron afuera de una unidad móvil de salud para obtener jeringas limpias.

Derrick Hunt, quien dirige una de las unidades móviles, señaló que quienes se acercan a las unidades son personas de todos los niveles socioeconómicos y todas las razas. Y mencionó que los consumidores cada vez son más jóvenes. “Llevo años haciendo esto, y es lo peor que he visto en mucho tiempo”, comentó.

En la misma calle donde se encuentra la unidad móvil de salud, varios jóvenes con aspecto de adolescentes estaban parados frente a una hilera de casas mientras distintas personas, que parecían clientes, se acercaban constantemente. También varios autos se estacionaban o se detenían en medio de la calle mientras los adolescentes se aproximaban a los conductores y parecían entregarles una bolsita.

Una mujer salió por la ventana de una de las casas para gritarles: “Váyanse de aquí con esa cosa”.

A pesar del mercado de drogas que existe en la ciudad, el cartel de Guatemala encontró muchos clientes allí. Los funcionarios de Seguridad Nacional aseguran que el grupo tal vez llevaba operando años y podría haber permanecido inadvertido si no hubiera sido por el dato que recibieron en 2014 los agentes especiales de Investigaciones de Seguridad Nacional.

Esta división es una parte poco conocida del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas, la agencia conocida más por reunir y deportar inmigrantes que entran al país de forma ilegal. Investigaciones de Seguridad Nacional, que persigue contrabandos, lavado de dinero y cibercrímenes, tiene cerca de 6000 agentes especiales que forman la segunda agencia de seguridad pública de investigación más grande del país después del FBI.

Los agentes dijeron que en un inicio pasaron por alto las drogas en la comida empaquetada, incluso después de revisar durante horas, porque no vieron que hubiera alteraciones en los paquetes. El hecho de que los estupefacientes estuvieran dentro de la comida también sirvió para ocultar el olor de las drogas a los perros antinarcóticos del aeropuerto.

El aeropuerto de Baltimore dio información clave a las autoridades federales, que la usaron para intervenir 19 teléfonos y escuchar a los cómplices mientras discutían transacciones relacionadas con drogas que solían hablarse en código. Los agentes grabaron reuniones en video e interceptaron paquetes enviados a varios aeropuertos por medio del Servicio Postal, UPS, FedEx y pequeñas empresas de paquetería, donde los recogían otros miembros de la organización narco. El grupo también utilizó empresas de transporte de Guatemala que tenían aún menos controles.

“Como estaban usando paquetes, no estaban preocupados de que fueran a atrapar a alguien”, explicó Adam Parks, agente especial adjunto a cargo de la oficina en Baltimore de Investigaciones de Seguridad Nacional del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas. “Aunque hubiéramos interceptado los paquetes, no habríamos podido relacionarlos con nadie porque los nombres y las direcciones eran falsas”.

Las entrevistas y las actas judiciales mostraron que en el centro de la operación de contrabando de drogas se encontraban Eddy Germán Bello, un ciudadano de República Dominicana que llegó a Estados Unidos y permaneció más tiempo del que le permitía la visa, y Edin Gámez Barrios, un guatemalteco que ingresó al país de manera ilegal. No quedó claro cuándo entraron a Estados Unidos por primera vez.

Bello y Gámez supervisaban envíos de heroína cuando llegaban a los aeropuertos en Nueva York, Atlanta, Boston, Miami y Baltimore, y los recogían operadores que trabajaban para los dos hombres.

A uno de ellos llamado Raúl Villatoro, un propietario de una empresa de importaciones en Miami que estaba intentando obtener la ciudadanía estadounidense, le enviaban paquetes con heroína desde Guatemala y los pasaba a un mensajero para que los llevara hasta Baltimore, donde los recibía Bello. Otro mensajero que trabajaba para Gámez llevaba drogas desde Nueva Jersey a Baltimore en el Amtrak.

La policía local detuvo al mensajero en la estación Pennsylvania en Baltimore mientras llevaba una bolsa llena de drogas, después de que los agentes recibieran un aviso por medio de un teléfono intervenido. Los agentes sospechaban que había viajado muchas veces.

Una investigación posterior que realizó la división sobre los registros de viajes de López mostró que había hecho 25 viajes similares, y los agentes sospechan que se hicieron para entregar drogas. Esto ayudó a que los agentes identificaran y detuvieran a decenas de otros mensajeros con patrones similares de viaje, lo cual a su vez obligó a que el grupo de narcotraficantes tuviera que hacer un cambio: enviar las drogas por medio de servicio postal y paquetería.

Bello también recibió varios cargamentos por medio del Servicio Postal que eran enviados directamente desde Guatemala, con las drogas mezcladas con harina, chocolates y caramelo. En una ocasión, los agentes vieron cómo un paquete de UPS lleno de heroína era entregado en una dirección de Silver Springs, Maryland, donde vivía Gámez.

El dinero de las transacciones de drogas se enviaba a Guatemala por medio de servicios de transferencia de dinero o a través de servicios de mensajería. Los funcionarios aseguraron que los dos millones de dólares que decomisaron eran producto de solo un año de ganancias en la zona de Baltimore.

Los investigadores federales aseguran que Bello y Gámez se reportaban en Guatemala con Salvador Ramos Miguel, quien supuestamente trabajaba para el alcalde de Ipala, Esduin Javier, también conocido como “Tres Kiebres”. Javier es un personaje carismático de pecho ancho que alguna vez trabajó en el sector de la construcción en Estados Unidos, según los investigadores federales, y ha negado tener numerosos vínculos con narcotraficantes, en particular colombianos. Javier ha dicho que estas acusaciones son falsas y ofensivas.

Quintana, el ciudadano mexicano, fue detenido y luego deportado. López aseguró que no sabía nada sobre el contenido de las bolsas; que solo las entregaba. Salió libre pero le cancelaron la visa.

Las autoridades federales y los expertos de seguridad nacional mencionaron que la explotación que hizo el grupo de narcotraficantes de los sistemas de correo y paquetería demostraba un entendimiento sofisticado de los huecos en la seguridad fronteriza posterior a los ataques del 11 de septiembre.

El alto volumen de correos y empaques —solo el Servicio Postal procesa miles de millones de paquetes al año— prácticamente imposibilita que cada artículo o cargamento sea registrado en busca de drogas, afirman los expertos.

La Oficina de Aduanas y Protección Fronteriza, agencia matriz de la Patrulla Fronteriza, también inspecciona el correo y la paquetería que provienen del extranjero, pero solo revisa paquetes de forma aleatoria cuando se le alerta que hay problemas.

“Estas organizaciones siempre se están adaptando a lo que hagamos en términos de seguridad fronteriza”, señaló Juliette Kayyem, ex secretaria adjunta del Departamento de Seguridad Nacional durante la administración de Obama. “No se puede solamente decir que se va a hacer un muro para detener las drogas. Estos grupos han identificado que nuestros sistemas postales y de paquetería, así como otros modos de transporte como los trenes, son una debilidad y los han explotado”.

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