
Por Can Merey (dpa)
ESTAMBUL (dpa) – El que más se juega en las elecciones parlamentarias turcas del próximo domingo, el presidente Recep Tayyip Erdogan, ni siquiera participa, aunque se haya hecho de notar durante toda la campaña. Todos los ojos están puestos sobre el resultado del menor de los partidos opositores, el pro kurdo HDP. De cómo quede dependerá en gran medida el futuro de Turquía y, sobre todo, de su jefe de Estado.
Los cálculos funcionan de la siguiente manera: si el HDP logra superar la cuota del 10 por ciento, el conservador AKP de Erdogan no sólo perdería su mayoría absoluta -se da prácticamente por descontado que ganara 60 escaños-, sino que esto supondría que no podría llevar a cabo su referéndum para modificar la Constitución. Y este tiene un objetivo muy claro: que Turquía se convierta en un sistema presidencialista, con Erdogan a la cabeza.
Ni el AKP ni Erdogan aportan datos sobre cómo será ese sistema o qué función desempeñarán el primer ministro y el Parlamento. Esas cuestiones “se abordarán durante los debates sobre la nueva Constitución”, dice el candidato del AKP Ozan Ceyhun. El objetivo del sistema es reforzar “la democracia y la economía turcas”, sostiene. “Casi todos los países con democracias y economías más fuertes, como Estados Unidos y Rusia, son gobernados por un sistema presidencialista”.
Sin embargo, la oposición teme que Erdogan se convierta en un presidente con poderes ilimitados. El líder del HDP, Selahattin Demirtas, habla incluso de “dictadura”, un temor que también se extiende a Occidente. Y sin embargo, Erdogan fue antaño un político esperanzador, que durante años -aún como primer ministro- se esforzó en demostrar que podía existir una democracia islámica y que funcionara en la región.
Erdogan luchó por la entrada de Turquía en la Unión Europea (UE), aunque el bloque lo dejara a las puertas. En medio de las caóticas revueltas en el mundo árabe, Turquía, como socio de la OTAN, fue un anclaje de estabilidad. Y después de unos 30 años de guerra civil, el ahora presidente logró establecer un proceso de paz con el ilegalizado partido de los trabajadores kurdos PKK.
Por otro lado, bajo el liderazgo del AKP Turquía logró enormes avances económicos, un argumento clave para explicar por qué el partido cofundado en 2002 por Erdogan ganó todas las elecciones parlamentarias hasta la fecha. Turquía presenta unas tasas de crecimiento que son la envidia de la Europa en crisis. El AKP combatió la pobreza y reforzó el sistema social, promovió la economía e impulsó las infraestructuras. Ciudades como Estambul gozan de una creciente red de metro y los aeropuertos crecen como setas.
Sin embargo, la otra cara de la moneda es el estilo cada vez más autoritario de Erdogan. Éste hizo que la policía reprimiera las protestas de Gezi, en el verano (boreal) de 2013, reaccionó a las investigaciones sobre corrupción destituyendo a policías y funcionarios judiciales incómodos y fracasó en su política exterior de “cero problemas con el vecino”. Además, las negociaciones con la UE están congeladas y la economía ya vuela como antaño. Incluso el proceso de paz con el AKP amenaza con fracasar.
El pasado agosto, Erdogan fue elegido presidente y, como jefe de gobierno y del AKP situó a su seguidor Ahmet Davutoglu. Nadie en Turquía duda de que quien lleva las riendas es Erdogan. Cuando se lo acusa de violar los principios constitucionales, responde argumentando que él fue elegido por el pueblo. Y como jefe de Estado, gobierna con mano de hierro. Basta una orden suya para que los afectados se pongan inmediatamente en marcha.
Con la reforma de la Constitución, Erdogan pretende ampliar sus poderes y, sobre todo, asegurarlos. “La pregunta clave de estos comicios es si el presidente Recep Tayyip Erdogan podrá consolidar su poder en Turquía a través de la introducción de un sistema presidencial”, opina Fadi Hakura, del think tank londinense Chatham House.
Requisito para ello es que el 7 de junio el HDP se quede sin entrar en el Parlamento, lo que en el peor de los casos podría conducir a un nuevo capítulo de la guerra civil con el PKK. Sin embargo, si el AKP no logra la mayoría absoluta, la posición de poder de Erdogan se verá debilitada. Turquía se enfrentará a un gobierno de coalición y tiempos inestables. Pero cualquiera de las dos opciones augura un futuro tormentoso.