En una mañana de noviembre en Chikwawa, un distrito al sur de Malawi, 75 agricultores expusieron sus productos en una feria de semillas. El producto estrella fueron unas galletas a base de harina de sorgo y caupí, cultivos que los agricultores malawianos habían producido durante generaciones antes de que los mercados agrícolas convencionales favorecieran otros productos básicos como el maíz.
La feria de diversidad de semillas, que atrajo a más de 200 personas, incluidos investigadores gubernamentales, representantes del sector privado y líderes comunitarios, representó una propuesta tanto económica como agrícola. Tartas, galletas y harinas, todas expuestas para demostrar la versatilidad de cultivos que estas tierras conocían bien, pero que las personas habían olvidado. No obstante, oportunidades como esta permiten que los agricultores comiencen a redescubrir el sorgo y el caupí, cultivos que permanecieron marginados durante años, pero que tienen mucho que ofrecer en cuanto a adaptación climática.
La feria formaba parte de una iniciativa encabezada por la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) para revivir lo que se conoce como “cultivos de oportunidad” o, simplemente, cultivos olvidados. Se trata de variedades indígenas resistentes a la sequía que se adaptan de forma natural a entornos secos y son ricas en nutrientes pero que, sin embargo, atraen poca investigación, inversión o atención política.
El predominio gradual de un puñado de alimentos básicos a escala mundial, como el maíz, el trigo y el arroz, ha provocado que no se haya investigado suficientemente sobre estos “cultivos de oportunidad” y que se vean comercialmente marginados. Otros motivos que causaron su caída en el olvido fueron, por ejemplo, un apoyo limitado en materia de políticas, cadenas de suministro fragmentadas, la variabilidad y el suministro insuficiente de reservas de semillas tradicionales.
Pero el sorgo y el caupí se cultivaron ampliamente en Malawi en tiempos recientes, en particular durante las décadas de 1950 y 1960: el sorgo como alimento básico en años de baja pluviosidad y el caupí como cultivo intercalado con cereales para respaldar la nutrición de los hogares y la fertilidad de los suelos. El declive se aceleró tras la independencia, a medida que los servicios de extensión agrícola, las inversiones en investigación y los sistemas de comercialización pasaron a centrarse cada vez más en el maíz, cambio que se reforzó a partir de mediados de la primera década del siglo XXI con los programas de subvenciones para insumos que mejoraron el acceso de los pequeños productores a semillas de maíz híbrido y fertilizantes. El sorgo y el caupí no fueron completamente abandonados, pero quedaron relegados en los sistemas formales puesto que los agricultores pasaron a dedicar los terrenos al cultivo que más apoyo recibía en las políticas nacionales y de la infraestructura de mercado.
Ahora que la escasez de agua amenaza la productividad agrícola en toda la región, las variedades tradicionales que sobreviven sin precipitaciones predecibles están cobrando mayor relevancia a escala mundial.
La FAO, junto con el Ministerio de Agricultura, Riego y Aprovechamiento de los Recursos Hídricos de Malawi, presta apoyo a las comunidades para hacer frente a la escasez de agua promoviendo cultivos indígenas nutritivos y resilientes a la sequía que mejoran la biodiversidad al tiempo que generan puestos de trabajo y oportunidades de ingresos.
La iniciativa pertinente, Abordar la escasez de agua para la agricultura y el medio ambiente (AWSAMe), que se está ensayando en Malawi, comenzó con un cursillo de fortalecimiento de capacidades dirigido a 20 investigadores gubernamentales y oficiales de extensión, basado en reforzar su aptitud para el acopio y análisis de datos agrícolas de alta calidad y transmitirles técnicas de gestión hídrica en el campo para evaluar la tolerancia a la sequía.
Expertos gubernamentales evaluaron 24 variedades de caupí y 30 variedades de sorgo en condiciones tanto de regadío como de secano, obteniendo semillas tanto de las comunidades rurales como del banco nacional de germoplasma para reunir datos sobre cuáles tenían un mejor rendimiento en condiciones de sequía.
La evaluación se desarrolló en tres fases. En primer lugar, los investigadores caracterizaron y evaluaron las variedades tanto en condiciones de regadío como de secano. En la fase de madurez, se implicó a agricultores en una selección participativa en la que se otorgó prioridad a las variedades en función de criterios prácticos: tiempo de cocción, sabor, calidad y madurez temprana. A continuación, las variedades preferidas por los agricultores se sometieron a experimentos de tolerancia a la sequía.
“En el pasado, solíamos plantar muchas semillas de maíz en un único punto de siembra, pero ahora se nos ha formado en agricultura de conservación” dice Elda Saliva, un agricultor de la aldea de Thimba en Makanda. “Con estos nuevos métodos, nuestros rendimientos han aumentado, permitiéndonos no solo alimentar a nuestras familias, sino también generar ingresos con los excedentes”.
La FAO también organizó demostraciones culinarias y sesiones de formación destinadas a agricultores con miras a enseñarles cómo preparar diversas recetas de comidas nutritivas utilizando sorgo y caupí, así como explorar al mismo tiempo las oportunidades de adición de valor y creación de pequeñas empresas.
Las demostraciones culinarias produjeron, entre otras cosas, las galletas expuestas en la feria de noviembre.
Lameck Mofati, un agricultor de la aldea cercana de Matchangani, muestra los resultados de la demostración culinaria a la que ha asistido y dice: “Estas lecciones me ayudarán a enseñar a mi familia y a mi comunidad, además de ayudarnos a mejorar nuestra nutrición. También hemos adquirido habilidades empresariales”.
Este proyecto forma parte del Marco mundial sobre la escasez de agua en la agricultura de la FAO (WASAG), que agrupa a Miembros de la FAO y más de 80 asociados, tales como organismos gubernamentales, organizaciones internacionales, instituciones de investigación, grupos de promoción y organizaciones profesionales de todo el planeta, con el fin de abordar el desafío colectivo de hacer un mejor uso del agua en la agricultura.
El Jefe de equipo del WASAG de la FAO, Ruhiza Jean Boroto, considera que la iniciativa está proyectada de tal manera que tiene potencial de ampliación. “La magia de una iniciativa así es que cuando los miembros de la comunidad ven los beneficios que les aporta, se convierten en sus primeros embajadores. Ellos buscarán activamente estos cultivos y sus semillas por iniciativa propia para poder disfrutar de los beneficios que ofrecen estos cultivos, lo cual, por sí solo, acelerará su adopción”.
A medida que los agricultores experimentan los beneficios de estos cultivos indígenas y las técnicas que mejoran su producción, se convierten en embajadores del cambio, compartiendo conocimientos con sus vecinos y ayudando a propiciar una adaptación a gran escala, fomentando a su vez la resiliencia de sus comunidades y reviviendo los cultivos autóctonos de sus campos.
La historia y las fotos relacionadas se pueden encontrar en: https://www.fao.org/newsroom/story/the-return-of-the-forgotten-crop/es.