El presidente del Deportivo Saprissa, Roberto Artavia, puso sobre la mesa un anhelo que no pasó desapercibido en el fútbol nacional: que el club morado cuente, en el futuro, con un Centro de Alto Rendimiento (CAR) cercano al Estadio Ricardo Saprissa, en Tibás, similar al que hoy posee Liga Deportiva Alajuelense.
“Por el momento. La pura y limpia verdad es que nos gustaría tener una instalación más cerca del estadio, una instalación más moderna. Eso sí, todo a su debido tiempo. Espero que cuando yo me retire tengamos algo equivalente al CAR de Alajuelense”, afirmó Artavia a ElMundo.CR.
La declaración es directa y reveladora. Saprissa reconoce que no tiene hoy una infraestructura propia y cercana a su estadio para entrenar, una condición que Alajuelense ya resolvió desde hace años y que se ha convertido en uno de los pilares de su proyecto deportivo.
El Beto Fernández: uso, pero no propiedad
Actualmente, Saprissa entrena en el Centro Deportivo Roberto “Beto” Fernández, ubicado en Guayabos de Curridabat, a unos 12 kilómetros del estadio. Sin embargo, ese complejo no pertenece al club.
El centro es propiedad de la desarrolladora Aleste, que realizó la inversión inmobiliaria y mantiene la titularidad del terreno y las instalaciones. Saprissa opera bajo un modelo de alquiler, renovable cada cinco años, con un acuerdo de largo plazo que garantiza el uso por al menos 15 años.
Ese modelo, que en su momento fue defendido como una solución responsable, hoy vuelve al centro del debate.
Los números detrás del alquiler
Los estados financieros del club reflejan el peso del compromiso:
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En 2023, Saprissa pagó ₡35,7 millones por el uso del centro.
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En 2024, el monto subió a ₡41,8 millones.
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A largo plazo, el club debe ₡915 millones (aproximadamente $1,78 millones) por este concepto.
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El pasivo acumulado por derecho de uso al cierre de 2024 asciende a ₡956 millones, con un plazo de pago de 11 años.
Es decir, Saprissa tiene garantizado el uso del centro, pero no construye patrimonio propio con esa inversión.
El discurso que envejeció
Cuando el complejo fue inaugurado en noviembre de 2022, el entonces gerente general Gustavo Chinchilla explicó que el modelo de alquiler era “la forma más responsable y disciplinada” de financiar infraestructura, permitiendo que un tercero asumiera la inversión mientras el club se beneficiaba del uso.
También dejó claro que Saprissa no compraría el centro y que ese esquema se mantendría en el tiempo.
Hoy, en febrero de 2026, Chinchilla ya no está en el club —salió en mayo de 2025, con una gestión cuestionada— y no existe una segunda parte del proyecto en ejecución. Las fases prometidas (gimnasio completo, área médica ampliada, residencias y una tercera cancha) quedaron en el papel.
Mientras tanto, la situación financiera del club se volvió un tema imposible de ignorar.
El contraste con Alajuelense
La comparación que hace Artavia no es casual. El CAR de Alajuelense es un proyecto que jugadores nacionales, con experiencia en el extranjero, lo califican como una infraestructura de primer mundo futbolístico.
Es propiedad del presidente manudo, Joseph Joseph, quien lo presta a manera de comodato.
Ese modelo permitió a la Liga:
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centralizar entrenamientos,
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fortalecer ligas menores,
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y construir patrimonio institucional.
- Alajuelense recaudó $11 millones en ventas de jugadores producto del semillero formado en el CAR. Esto en los últimos cinco años.
Saprissa, en cambio, alquila, paga un pasivo creciente y proyecta a futuro lo que hoy no tiene.
Un deseo que admite una brecha
El mensaje del presidente morado es claro: Saprissa quiere alcanzar un estándar que hoy pertenece a su rival directo. Pero también deja en evidencia una brecha estructural que no se resuelve con declaraciones.
Tener un CAR propio, cercano al estadio y alineado al alto rendimiento no es solo un deseo, es una decisión estratégica que implica inversión, planificación y estabilidad financiera.
Por ahora, Saprissa sigue entrenando lejos de Tibás, pagando alquiler y mirando de reojo un modelo que Alajuelense ya convirtió en realidad. Los tibaseños trabajan para dejar atrás la deuda con la Caja Costarricense del Seguro Social y encontrar mejores condiciones crediticias para una deuda de $12 millones que arrastran durante casi dos décadas.
Al momento que el empresario Jorge Vergara (q.d.D.g) vendió a Horizonte Morado, la deuda era de $8 millones. Llegó hasta casi $19 millones.
El deseo está planteado. La pregunta abierta es cuándo —y cómo— podrá dejar de ser una aspiración para convertirse en patrimonio propio.