En el fútbol costarricense hay cosas que se dicen en voz baja.
Y otras que se saben, aunque nadie las quiera reconocer.
Érick Lonis decidió hablar. Denunció una supuesta persecución contra el Deportivo Saprissa en la antesala de las semifinales. Enumeró situaciones, armó un relato y buscó instalar una idea: que al equipo lo están golpeando desde distintos frentes. El problema no es que lo diga. El problema es cómo lo sostiene.
Porque cuando uno repasa los argumentos, la teoría empieza a desarmarse.
El primer punto es el famoso dato del VAR. Durante años se habló de favoritismos arbitrales hacia Saprissa. Era una percepción instalada en la calle, en la grada, en la conversación del aficionado. Por primera vez, alguien puso números sobre la mesa. ¿El resultado? Saprissa aparece entre los más beneficiados. Si ese dato favoreciera al discurso morado, sería utilizado como bandera. Pero como incomoda, ahora es un ataque.
Ahí no hay persecución.
Hay información.
El segundo punto es más delicado. Lonis cuestiona los horarios, habla de altas temperaturas y deja entrever que hay una intención detrás. Pero ese argumento tiene un problema de origen: los horarios no los define un ente abstracto. Los define, en gran medida, la televisión. Y la televisión que tiene mayor injerencia en el fútbol nacional es parte del mismo ecosistema que hoy administra Saprissa.
Es decir, en esa queja hay un disparo cruzado.
Uno que termina pegando en casa.
Además, el calendario ha sido exigente para todos. Equipos que juegan en Guanacaste o en zonas calientes han hecho de eso una ventaja competitiva histórica. No es nuevo. No es contra Saprissa. Es parte del juego.
Luego aparece el tema político. La exclusión del Comité Ejecutivo de la Federación Costarricense de Fútbol. Ahí tampoco hay misterio. Dieciocho asambleístas votaron en contra de la candidatura de Roberto Artavia. Dieciocho. No es una decisión aislada, ni un movimiento oculto. Es una mayoría.
Llamarlo persecución es desconocer la realidad.
O intentar maquillarla.
También está el tema de los penales a Kendall Waston. La directriz de Enrique Osses sobre los agarrones es discutible. Incluso puede ser equivocada. Pero es una línea que se ha aplicado para todos. No solo para Saprissa. De hecho, bajo ese mismo criterio, el equipo morado ha sacado puntos importantes en clásicos.
Entonces, ¿dónde está el sesgo?
Y finalmente, las sanciones a Mariano Torres y Fidel Escobar. Si se considera que son injustas, hay un camino: apelar. Pero pretender que los jugadores puedan encarar, insultar o amenazar a un oficial sin consecuencias abre una puerta peligrosa. Una que ningún equipo debería querer cruzar.
En medio de todo esto, Lonis lanza una frase: que la lucha por el campeonato va más allá de la cancha. Tiene razón. Siempre ha sido así. Pero esa lucha también exige coherencia.
No se puede hablar de persecución cuando los hechos no la sostienen.
No se puede cuestionar al sistema cuando se forma parte de él.
Y no se puede disparar en todas direcciones sin medir a quién se le apunta.
Porque en este caso, entre dardos y discursos, uno terminó clavado en el lugar menos esperado.
En casa.